Volvimos a casa al atardecer. El nivel de agotamiento después de haber pasado el día caminando por aquel lugar era bastante evidente.
Malú se durmió casi todo el camino. No podía evitar mirarla cada vez que la carretera me lo permitía. Me transmitía tanta paz, que tuve que hacer un gran esfuerzo para mantenerme despierto.
Llegamos a su casa tras algo más de media hora de viaje. Paré el coche. Ella todavía dormía. Podría haberme tirado horas mirándola y sonriendo como un tonto. Le acaricié la cara suavemente para despertarla. Abrió los ojos algo desconcertada. Pronto descubrió que se había quedado dormida. Me miró con esa sonrisa tan suya.
—Hola, bella durmiente.
—Hola -dijo ella sin borrar la sonrisa.
—Ya hemos llegado -apunté yo.
—¿Que hora es?
—Creo que serán las 9 o así -contesté.
—Mmm ¿Te quedas a cenar?
—Si me lo pides así -sonreí.
—¿Eso es un sí?
—Eso es un, lo estoy deseando.
Entramos en casa de Malú. Nos sentamos en el sofá del salón. Aquel donde surgió nuestro primer beso. Ella se recostó sobre mi, apoyando su cabeza en mi pecho. Intuitivamente le acaricié el pelo.
—Como sigas haciendo eso me voy a volver a dormir -dijo ella.
—Estás muy guapa cuando duermes.
—Ya, pero te vas a quedar sin cenar.
—Pido unas pizzas -dije riendo.
—Oye, pues no es mala idea -añadió ella.
El teléfono de la jefa empezó a sonar, cortando así nuestra conversación. Se levantó perezosa a por el. Lo había dejado nada más entrar sobre la mesa del salón. Descolgó y se puso a hablar. La miré atento sin moverme del sitio.
Pude intuir por lo que había escuchado que no íbamos a cenar solos. La miré tras colgar y antes de que pudiera decir nada, se adelantó ella.
—Mi hermano y Vanesa, que se apuntan a cenar. ¿No te importa no?
—En absoluto. Me gusta la idea -dije mirándola.
—Me apetecía cenar a solas contigo -dijo acercándose y sentándose sobre mis rodillas- Pero no podía decir que no.
—Ya tendremos tiempo -añadí finalizando la frase con un beso.
—Te veo muy seguro de eso -dijo ella vacilándome.
—Lo estoy jefa -dije picándola.
—¡Fantasma! -me pegó con la mano en el pecho.
—Auuu -me quejé de broma- Te vas a enterar guapa -la miré con cara de malo.
—No te tengo miedo.
Seguía sobre mis piernas. La cogí de la cintura, la tumbé en el sofá y empecé una tortura de cosquillas. Se moría de la risa. Intentaba decirme que parara pero apenas le salían las palabras de la boca. Solo podía reír. Paré enseguida.
—Te odio -añadió ella dándome con el cojín.
—¡Empezaste tú!
—Esta te la guardo -dijo seria incorporándose en el sofá.
—¿Te has enfadado?
No dijo nada. Solo se levantó. Cogió el móvil y se encaminó hacia otro lugar de la casa. Yo estaba algo desconcertado en ese momento. No sabía si le había sentado mal lo de las cosquillas. Pero a juzgar por lo visto parecía que si. Me levanté y fui tras ella.
—Oye Malú, que era una broma -la frené en mitad del pasillo cogiéndola de un brazo. —Perdona...
Se giró hacia mi. Todavía con el mismo gesto serio. Me miró a los ojos y a los tres segundos de mantenerme la mirada sonrió.
—¡Tontoo! -me calló con un beso.
Beso que seguí sin pensar en nada más. Me había tomado el pelo completamente.
—Me habías asustado -dije yo.
—Te dije que te la guardaría -añadió ella con una sonrisa triunfante.
—Eres muy mala.
Me reí por la situación. Volví a besarla. Esta vez con más intensidad. Adoraba sus labios. Podría pasarme la vida en ellos. La levanté en el aire, sosteniendo sus muslos a ambos lados de mi cuerpo. La apoyé contra la pared del pasillo donde nos encontrábamos. Ella rodeó mi cuello con sus brazos para no caerse. Pronto empecé a besar y a mordisquear su cuello.
—¡Nacho! -dijo ella entre suspiros ahogados.
La escuché pero no paré. Me volvía aún más loco verla así. Era tan perfecta.
—¡Nacho para! -dijo no muy convencida de querer parar- Van a llegar estos de un momento a otro.
—Sosa -dije bajándola al suelo.
—Eso no me lo dices luego a solas -dijo susurrándome al oído con tono pícaro.
—Ya lo veremos.
Creo que era bastante obvio que empezaba a haber una importante tensión sexual en el ambiente. Y a mi me encantaba ese jueguecito que nos traíamos entre manos. Ese tira y afloja de piques amistosos. Me encantaba toda ella.
—Oye por cierto. ¿Vanesa y tu hermano están liados? -pregunté sin pensarlo dos veces.
—Pues ni idea. Mi hermano nunca me cuenta nada. Y con Vane hace tiempo que no hablo de eso.
—No se, que igual son imaginaciones mias. Pero eso me pareció en la fiesta.
El timbre sonó en ese preciso instante. Malú fue a abrir la puerta. Me quedé justo detrás de ella.
Entraron los invitados de la jefa.
—Ah chicos, he invitado a Nacho a cenar con nosotros -aclaró Malú.
Ambos me saludaron con la misma amabilidad que el día de la fiesta. Entramos al salón. Malú se fue a ducharse y a ponerse cómoda. Mientras nosotros, pedimos unas pizzas y charlamos durante un rato. Veía la complicidad entre ellos dos. Esas miradas que delataban a cualquier enamorado. Esas miradas que seguramente yo tendría hacia la jefa. Esas que creo que pilló Jose el día de la fiesta.
—¿Bueno que? ¿Pedimos unas pizzas no? -dijo Malú, que acababa de llegar.
Había salido de la nada. Iba especialmente guapa. Se había puesto un pijama ancho con pantalón a cuadros que le quedaba estupendamente. ¿Y que no le quedaba bien a esta mujer? La miré atontado. Esa mirada de la cual hablaba antes. Afortunadamente me di cuenta de que no estábamos solos y reaccioné a tiempo.
—Llegas tarde hermanita -se adelantó Jose.
—Espero por vuestro bien que me hayáis pedido la barbacoa.
—¿Y si no? -preguntó él.
—Si no os mato y me hago una pizza barbacoa con vosotros.
—Hija que agresividad -comentó Vane con su peculiar acento malagueño.
Todos reímos por su comentario. Pronto llegó el pizzero. Abrí yo la puerta. A decir verdad era el menos conocido de los tres. Y no era cuestión de crear alarma entre fans.
Cenamos en el salón. La post-cena se hizo larga. Empezamos con el café y terminamos con las copas. Estaba entre ellos como si estuviera en una cena familiar. Como si los conociera de toda la vida. Así me hacían sentir y eso era de agradecer.
—Bueno, se me ocurre que podíamos jugar a un juego... -dijo Malú mirándonos a todos.
—¿Que juego? -pregunté yo.
—Yo nunca. Se trata de ir diciendo cosas y si las habéis hecho bebéis.
—Eso suena peligroso -añadió Vanesa.
—A ver no. Por ejemplo... Yo nunca he montado en bici -dijo Malú mirándonos- Pues todo el que haya montado en bici bebería.
—Fácil -dije yo riendo.
Recargamos nuestras copas y empezamos a jugar. Unas cuantas preguntas de precalentamiento básicas en las que los cuatro bebíamos, sirvieron para caldear el ambiente y romper el hielo. Hasta que Malú no espero más para soltarlo. Quería poner a prueba a Vane y a su hermano.
—Yo nunca me he acostado con nadie de los aquí presentes -soltó sin más.
Ella no bebió. Y yo obviamente tampoco. Vanesa dudó. Miró a Jose, que sin pensárselo dos veces bebió de su copa. Vane al verlo hizo lo mismo. Malú los miró sorprendida y al momento estalló en risas.
—¡Sois unos cabrones! -exclamó todavía riéndose.
—Ya dije que este juego era peligroso -dijo Vanesa riendo también.
—Ya podríais haberme contado algo. Mi hermano y mi mejor amiga, ¿y ninguno me dice nada?
—No había surgido hermana -dijo Jose.
—Bueno pues contarme ahora -insistió ella.
—Pues na' chiquilla. Que tu hermano y yo estamos juntos -concluyó la malagueña.
Jose la miró y se acercó para darle un beso en los labios.
—Estoy enamorado de esta mujer hermanita.
—Anda que, ya os vale. No decirme nada a mi... Oye que me alegro mucho –añadió Malú.
Yo miraba la conversación divertido sin entrar en ella. Hasta que Jose me metió sin comerlo ni beberlo.
—Bueno ¿y vosotros que? -dijo mirándonos a ambos.
—¿Nosotros que de que? -disimuló Malú.
—Venga, a ver si te piensas que no me he dado cuenta -insistió Jose.
—Cariño, el juego continua. Y me toca a mi... -dijo su chica- Yo nunca he besado a nadie de esta sala -pronunció hábilmente Vanesa.
Ellos dos lógicamente bebieron. Yo no sabía que hacer. Pero no quería mirar a Malú porque se iba a notar mucho. Me resistí esperando a que ella lo hiciera en primer lugar. Tras unos segundos me decidí a beber. Malú también bebió. Lo hicimos prácticamente a la vez. Ambos nos miramos y nos reímos.
—Han cambiado los papeles. Ya estáis contando -dijo Jose.
—Que lo haga ella -dije yo algo cortado.
—No hay nada que contar. Nacho me gusta y punto -afirmó muy segura de si misma.
Ante esa respuesta no pude evitar sonreír. Lo había dicho delante de su hermano y de su mejor amiga. Le gusto. Le gusto de verdad.
—Haceis buena pareja -comentó Vane.
—Nachete me gusta de cuñaó hermanita -dijo Jose de manera divertida.
Los cuatro reímos. Aquel juego se nos había descontrolado ligeramente. Queriendo descubrir a ellos, nos descubrimos todos. Pero había confianza.
Me gustaba además que Malú no hubiera tenido ningún problema en contarlo. Eso debía significar que no era un capricho de artista. Que del alguna forma le gustaba de verdad.
La parejita se fue a eso de las 4 de la madrugada. Yo me quedé a ayudar a Malú a recoger todas las bebidas y demás.
Me acerqué a ella por detrás. La rodeé por la cintura. Le besé el cuello con delicadeza.
—¿Puedes repetir eso de que te gusto? -le susurré bajito al oído.
Ella rió automáticamente. Dejó las botellas que tenía entre las manos y poniendo sus brazos alrededor de mi cuello, se giró hacia mi.
—Me gustas mucho -dijo también en un susurro.
La besé dulcemente saboreando sus labios. Me guió hacia su habitación. Convirtiendo el camino en un camino de besos. Levanté su camiseta del pijama y me desprendí de ella antes de adentrarnos en el cuarto.
Me empujó de forma autoritaria. Caí sobre el colchón de su cama con ella encima. La miré mordiéndome el labio. Me ponía a mil esa manera agresiva que tenía de llevar las riendas. Era la jefa en estado puro.
—¿Puedes repetir eso de que soy una sosa? –me susurró.
—Eres una sosa... -dije yo para picarla un poco.
Tras eso, me arrancó la camiseta casi literalmente. Acarició y besó a placer cada rincón de mi torso desnudo. Bajó sin ninguna prisa hasta llegar al principio de mi pantalón. Lo desabrochó y me lo quitó sin vacilar. Volvió a subir a mis labios. Respondía sus besos siguiendo con el ritmo que ella marcaba. Me estaba volviendo absolutamente loco.
Pronto decidí cambiar los papeles. La cogí de la cintura y la giré para conseguir que quedara justo debajo de mi.
Besé su cuello mientras con un hábil giro de muñeca me deshacía de su sujetador. Bajé hasta su pecho. Me entretuve un buen rato. Los besé repetidas veces. Jugué con ellos a mi antojo.
Al mismo tiempo deslicé su pantalón de cuadritos por sus piernas perfectas. Lo hice casi de manera imperceptible. Al ser el pijama resultó mucho más fácil.
A la que nos quisimos dar cuenta estábamos desnudos el uno encima del otro. Pegados. Sin ningún espacio entre nosotros. Sintiéndonos completamente. Entregándonos todo. Fue tan especial y delicado como parece. Esa noche hicimos el amor apasionadamente. Hicimos el amor por primera vez. Nuestra primera vez juntos. Esa que pasara lo que pasara, ya había dejado huella...
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