jueves, 3 de julio de 2014

Capítulo 23 (Sevilla tiene un color...)

La noche con mis padres había sido larga. Tan larga que llegamos al hotel a las tantas de la madrugada. Pero había merecido la pena ver su sonrisa mientras mi madre le enseñaba toda la retahíla de fotos de cuando era enano. 

Ya casi estaba amaneciendo. Así que tuve una idea que a mi parecer era genial. Subimos al ascensor y presioné directamente el botón del último piso. Mi chica me miró extrañada.

—¿Nacho, donde vamos?

—Shhh -la callé poniendo mi dedo índice sobre su boca- Te va a encantar.

El elevador se detuvo en el piso número quince. La cogí de la mano y la guié conmigo. Subimos a pie un piso más, hasta donde el ascensor no podía acceder. Nos dimos de frente con una puerta gris metalizada. Donde un cartel sobre ella prohibía el paso a cualquier persona que indagara por aquel lugar. La abrí igualmente ignorando la advertencia. 

Era justo lo que buscaba. La azotea de aquel edificio. Entramos con sigilo. Malú me miro sorprendida. Sus ojos se iluminaron acompañados de una lenta pero irresistible sonrisa. Y ahora fue ella la que tiró de mi hasta llegar a la barandilla.

—¡Guuuau! -exclamó mirando al frente.

Las vistas eran inmejorables. Sevilla a nuestros pies. Tan pequeñita y a la vez tan grande. Como ella.

El sol comenzaba a asomar tímidamente por el horizonte. La luna se desdibujaba de manera sutil. Escondiéndose hasta donde nuestros ojos no podían llegar. Una mezcla de tonos anaranjados pintaban completamente el cielo. Y escasas nubes con forma de algodón hacían presagiar un día de lo más despejado.

Me situé justo detrás de ella. La abracé desde esa posición. Rodeándola con los brazos y apoyando mi cabeza en su hombro. Cerré los ojos un momento. Su aroma me cautivaba incluso más que aquel bello amanecer. 

—Te dije que te encantaría -susurré en su oído.

—Es precioso... -dijo sin moverse.

Ninguno de los dos lo hicimos. Nos quedamos embobados observando el nacimiento del nuevo día. Los signos de la pasada noche ya eran prácticamente inexistentes. El mundo parecía insignificante desde aquí arriba. Pero todo daba igual. Daba igual porque en aquel insignificante mundo tenía lo que necesitaba. Ella. La culpable de mi felicidad.

—¿Sabes una cosa? -dije sin alzar apenas el tono.

—¿Qué? -se interesó

—Hoy hacemos un mes -aseguré.

—¿Ah si? ¿Y desde cuando empezamos a contar? -preguntó dudosa.

—Desde el día en que me dijiste te quiero.

Se giró sobre si misma. Nuestras miradas volvieron a encontrarse. Sus ojos brillaban con fuerza. Me alegraba saber que el motivo lo había provocado yo. Su sonrisa se dibujó entera. Y como era habitual, ese gesto fue suficiente para conseguir volverme loco de amor. Un día me enamoré de su sonrisa. Y creo que lo sigo haciendo cada día que pasa. Tan dulce, tan sincera, tan cálida. Esa sonrisa que solamente por estar presente ya me hace inmensamente feliz.

No quiso esperar mas. Besó mis labios. Suave y lentamente como a ella le gustaba. Delicadeza que curiosamente conseguía encenderme a un ritmo frenético. Respondí a cada uno de los besos que me daba. Y acaricié su espalda y su cintura con suaves movimientos de arriba a abajo. Siempre por debajo de su camiseta. Sintiendo su piel completamente con las palmas de mis manos.

Se separó interponiendo una mínima distancia entre nosotros. Me miró sensualmente y se mordió el labio haciéndome perder la cordura. Le encantaba hacerlo. Verme desesperar. Excitarme utilizando sus poderosas e incontables armas de mujer.

La atraje hacia mi enredando mis manos en su precioso cabello ondulado. Nuestras lenguas se buscaban desesperadamente. Encajaban a la perfección. Como dos piezas de puzzle destinadas a encontrarse.

Sí. Lo habíamos hecho. Acabábamos de encender la chispa de la pasión en aquella azotea. Ambos sabíamos que no debíamos hacerlo. Pero había una fuerza superior que nos impedía parar. Aquel deseo irrefrenable de tenernos. Era mía. Y quería hacerla mía. No me importaba el momento ni el lugar. Con ella cualquier sitio era mágico.

Me dejé caer en el suelo. Estaba ligeramente mojado por el rocío. La senté encima mía. Me deshice de su camiseta y acaricié con mi lengua todos los rincones de su cuerpo a los que me fue posible acceder.

Hicimos el amor bajo la luz de aquel nuevo día. La suave melodía del canto mañanero de los pajarillos se mezclaba con nuestros jadeos cada vez más intensos. Y la combinación me volvía absolutamente loco. 

Apoyó su frente contra la mía. Sus respiraciones terminaban en mi boca. La acaricié empapándome de ella. Incontables gotas de sudor resbalaban por su espalda. Permanecimos así durante varios minutos. Relajados.

El calor de nuestros cuerpos descendía en picado y el frescor propio del amanecer empezaba a apoderarse de nosotros. Nos vestimos rápidamente y bajamos a nuestra habitación. Donde dormimos hasta bien pasada la mañana.


Desperté al sentir sus labios juguetear sobre mi pecho en forma de besos. ¿Había mejor regalo que despertar de esa manera? Sonreí al sentirla pero no abrí los ojos.

—Buenos días dormilón -pronunció divertida.

—Estoy muerto de sueño -dije cubriéndome la cabeza con la sábana.

—¡Venga Nacho! Que por la noche eres muy valiente -apuntó mi chica.

—Un ratito más -supliqué.

—Te doy diez minutos. Voy a la ducha.

Me destapé la cabeza de nuevo para observarla mientras se iba. Sus curvas perfectas se contoneaban ante mi atenta mirada. Pero pronto desapareció. Sonreí como un tonto. En ese preciso momento sonó mi móvil. Estiré el brazo hasta conseguir alcanzarlo. Lo leí sin moverme de la cama. Aunque me incorporé de un salto al ver de quien se trataba.

"Laurita"
-Tenias razón. Me iba a enterar por twitter...

Era Laura, mi ex. O Laurita, como todavía la tenía registrada en la agenda de contactos. Dudé en contestarle o no. Pero lo de ser un borde no iba conmigo. Así que lo hice.

-Y que te parece?
-Me encanta. Pero como has acabado de guitarrista de la jefa?
-Es una larga historia. He recuperado mi afición.
-Me alegro. Se te daba bien.
-Tu nunca me apoyaste en eso Laura. Decías que era una tontería más.
-Supongo que me equivocaba. A veces nos damos cuenta tarde de las cosas.
-A veces incluso demasiado tarde.
-...
-Tengo que dejarte. Un beso.
-Chao.

Suspiré dejando el móvil de nuevo en la mesita. Me deshice de mi pereza, me levanté y fui hasta el baño. Malú ya había salido de la ducha. Y se arreglaba el pelo frente al espejo, cubierta únicamente por una toalla. La abracé por detrás y me miró sonriente a través del cristal.

—Cariño ¿Y si no volvemos? -propuse convencido.

—Si no volvemos nos matarán -dijo riéndose.

—Malú hablo en serio. Vamos a quedarnos todo el fin de semana aquí. 

—¿Qué? -preguntó sorprendida.

—Tú y yo solos... ¡Apagamos los teléfonos! Sin twitter, sin llamadas, sin gente especulando... ¿Qué me dices?

—Qué estás loco -afirmó dándome un beso- Y lo peor es que me encantan tus ideas.

—Lo sé.

No sé de que forma me las apañé para convencerla. Pero lo hice. La banda se marchó a Madrid esa misma mañana. Y nosotros por el contrario nos quedamos a disfrutar de Sevilla lo que quedaba de fin de semana. Desconectados del mundo. Aislados totalmente. Sin nadie que nos molestara. Solos ella y yo en aquella maravillosa ciudad.


—¿Me vas a decir ya donde vamos? -pregunté curioso.

—Nacho no seas pesado -dijo sin levantar la vista de la carretera.

No le había sido difícil hacerse con un coche con el que movernos por la ciudad durante nuestra estancia aquí. Y por supuesto con el que volver a la capital. Ella era así. Adoraba mirarla mientras conducía. Esa cara de concentración no tenía desperdicio. Y moría literalmente de amor cuando lo daba todo cantando algún tema de los que sonaban en la radio.

—Cierra los ojos -ordenó.

—Malú...

—Cariño cierra los ojos -dijo dándome una palmada en el muslo.

Le hice caso. Cerré los ojos. Me encantaba cuando se ponía en plan sorpresa. Odiaba las sorpresas, pero con ella todo era bonito. Todo era diferente. Era única para hacerlo todo especial. 
Paró el coche. Me ayudó a bajar y de la mano me guió hasta el lugar que ella consideró oportuno.

—Ábrelos.

Estábamos en mitad de un circuito enorme. De karts aparentemente. Era una pista bien cuidada. Con multitud de curvas pronunciadas y amplias rectas. A simple vista parecía divertido. La verdad es que siempre me había gustado esto del motor y la velocidad. Pero no recordaba habérselo comentado nunca a ella. No sé como haría esta mujer para enterarse de todo. Pero lo hacía.

—¿Y esto?

—¿Te hace una carrera? -preguntó divertida.

—¿En serio? -contesté asombrado.

—¿Qué pasa no te atreves? -dijo con tono desafiante.

—Perdona bonita. Alonso a mi lado es un mero aficionado -comenté en plan chulesco.

—Eso ya lo veremos...

Malú conocía al dueño de aquel kartodromo a las afueras de Sevilla. Tras las presentaciones y los correspondientes saludos nos facilitó dos coches de idénticas características. Cascos y demás elementos de seguridad para salir a la pista. Estábamos solos en aquel paraíso de la velocidad.

Pasamos la tarde como dos niños con un juguete nuevo. Agotamos la gasolina en apenas tres o cuatro carreras. Y descargamos adrenalina en cantidades industriales. Menudo subidón de energía.

—Hacía mucho que no me divertía tanto -añadí entusiasmado.

—Pero has de reconocer que te he ganado.

—De casualidad -dije divertido- Además te he dado ventaja.

—Soy una crack al volante. No pasa nada por decirlo.

—Y una creída -me acerqué cariñosamente. —Pero mi creída -dije finalizando con un beso.

El resto del día fue igual de agotador. Cenamos en la terraza de un restaurante a orillas del río Guadalquivir. Conocía el sitio de haber estado con mis padres en varias ocasiones. Me gustaba bastante así que no dudé en llevarla. Sabía perfectamente que le gustaría. Y le encantó.

Era un sitio súper discreto. Con velas y luz bajita que nos proporcionaban la suficiente intimidad como para seguir compartiendo gestos y miradas sin que nadie pudiera molestarnos.

Afortunadamente para nosotros, allí nadie se fijaba en nadie. Tanto es así que de vuelta al hotel fuimos caminando cogidos de la mano. Me encantaba hacerlo. Supongo que sería porque normalmente no podíamos ir así por la calle. Era un simple gesto. Pero dicen que la vida se basa en las pequeñas cosas. Y es verdad.

A la vista de todos solo éramos una pareja más. Dos enamorados caminando por la noche sevillana. Y bien pensado, eso es lo que éramos...

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