viernes, 18 de julio de 2014

Capítulo 25 (Días de sol)

Desperté totalmente empapado en sudor. El calor de la ciudad era sofocante. Tanto que apenas había podido pegar ojo en toda la noche. Retiré cuidadosamente las sabanas que cubrían mi cuerpo. Aquellas sabanas viejas que todavía guardaban la esencia de nuestro arrebato pasional de la noche anterior.

De nuevo su perfecta espalda desnuda era la primera imagen que me regalaba el amanecer. El perfecto y más bello amanecer. Me incorporé ligeramente sobre el colchón. Apoyé la cabeza sobre mi mano y la contemplé desde esa posición con una sonrisa pintada en la cara. Rocé su piel con la mano que me quedaba libre. Y utilizando solamente mi dedo índice comencé a trazar líneas. Líneas rectas que unían cada uno de los lunares de su espalda. Y que decidían por si solas la forma de mi dibujo invisible.


Dio un respingo al sentir aquel recorrido sobre su piel. Arqueó la espalda ligeramente rompiendo el contacto con mis dedos. Y gimió hundiendo su cabeza en la almohada. Me reí al ver su gesto. Era sencillamente adorable. 

Buenos días princesa… -susurré bajito en su oído.

Se giró sobre sí misma. Todavía mantenía los ojos cerrados. Sin embargo su sonrisa ya iluminaba toda la habitación. Incluso más que el sol que se filtraba a través de la persiana. Besé sus labios fugazmente en un movimiento rápido. Abrió los ojos y buscó mi mirada pidiéndome más.

Buenos días -respondió al fin.

Venga arriba dormilona –dije dándole una palmada en el muslo y levantándome de la cama.

¿Y mi beso? -preguntó sin moverse.

Me acerqué de nuevo hasta sus labios para besarlos. Una mala idea, porque antes de conseguirlo ella tiró de mí y caí de nuevo sobre el colchón. Mi chica rió inmediatamente. Y yo como venganza comencé con una larga guerra de cosquillas. Reía descontroladamente suplicándome que parara. Pero no le hice caso. Solo me detuve cuando sonó la puerta un par de veces. Ambos nos miramos sin movernos del sitio.

El desayuno niños -se escuchó al otro lado.

Ya vamos mamá -se adelantó a decir.

Nos vestimos rápidamente y salimos al salón. Su madre nos había preparado unas tazas enormes de chocolate y su padre acababa de llegar con churros recién hechos. Malú abrió unos ojos que casi se le salen de las orbitas. Adoraba el chocolate. Corrió hacia la mesa y se sentó en la primera silla que encontró. Los tres la miramos riendo. A pesar de estar ya entrada en la treintena, era una autentica niña. Y eso era algo que me encantaba de ella.

Que buena pinta -dije sentándome también.

Cada vez que visito a mis padres engordo cinco kilos -comentó divertida.

Hija eres una exagerada. Si luego pierdes otros cinco en cada concierto.

Eso puede ser -añadió.

Desayunamos sin prisas. Era temprano. Así que teníamos todo el día por delante para ir a la playa. Como el plan había sido improvisado yo no venía preparado para esto y por supuesto no llevaba bañador. Aunque no hay problema que se le resista a mi querida novia, que rebuscó hasta encontrar un bañador de su hermano.

La playa no quedaba muy lejos de aquí, pero Malú se empeñó en coger el coche. Al parecer quería llevarme a un lugar más apartado de la ciudad. Según ella era un sitio íntimo que no conocía casi nadie. Eso serviría para encontrar la tranquilidad que buscábamos. Sin gente alrededor, sin fans, sin curiosos, Ella y yo solos...

¿Malú?

Nada más salir por la puerta una voz masculina pronunció su nombre. Ambos nos giramos automáticamente al escucharlo. Era un chico de aspecto alegre y despreocupado. Moreno, media melena y una barba un tanto descuidada. Cubría sus ojos con unas oakley de cristales azulados. Vestía unas bermudas vaqueras, unas chanclas de playa y una camiseta básica bastante ajustada que dejaba entrever unos abdominales perfectamente marcados. Un enorme tatuaje asomaba ligeramente por el corte de la manga del brazo izquierdo. El tipo no debía tener más de treinta años. La miraba entusiasmado sin mediar palabra.

Soy yo, Sergio -aclaró el muchacho

¿Sergio? -preguntó incrédula

El chico afirmó con la cabeza. Al principio pensé que era un fan más. Alguien que la había reconocido y quería un autógrafo. Pero conformé pasaban los segundos comprobé que me equivocaba. Parecía que se conocían de antes. Una antigua amistad tal vez. Enseguida Malú reaccionó y se acercó a él para fundirse en un efusivo abrazo.

¡Joder tío, cuánto tiempo! -exclamo mi chica con su habitual desparpajo.

¿Qué haces por aquí? -se interesó él.

Ya ves… de vez en cuando también toca visitar a la familia -comentó.

Malú me miró y me hizo un pequeño gesto para que me acercara. Yo no había querido intervenir en aquel reencuentro. De hecho me había mantenido bastante al margen.

Sergio te presento a Nacho, es mi… -me miró dudosa antes de pronunciarlo.

Soy su guitarrista. Y amigo de Jose –dije sin titubear tendiéndole la mano.

Encantado.

No sé porque motivo me presenté de aquella forma. Bueno si lo sé. Su mirada me lo había dicho todo. Me había pedido que lo hiciera. Por la forma en la que dudó estaba claro que no quería decirle al chico que yo era su novio. Había olvidado que ante los ojos de la gente únicamente éramos dos amigos. Dos conocidos sin más. Estaba algo molesto por ello, pero intenté disimularlo.

Igualmente Sergio -dije con una sonrisa algo forzada.

Charlamos con su amigo un rato más. O mejor dicho charlaron. Por un momento sentí que no pintaba nada allí. Y por si no era suficiente, ella decidió por los dos que íbamos a cenar con él. La verdad es que no me hacia especial ilusión estar en la cena de reencuentro de dos amigos que llevaban más de quince años sin verse. Porque básicamente yo pasaré a un segundo plano cuando ellos comiencen a contar sus anécdotas de adolescencia. 
Subimos en el coche y Malú puso rumbo a la playa.

¿Por qué no le has dicho que eras mi novia? -solté de repente.

A ver cariño… hace 16 años que no le veo, no sé nada de él… podría ser hasta un paparazzi de alguna revista. Así que no le importa lo que somos.

¿Solo erais amigos? -pregunté de nuevo.

Bueno… Éramos algo más -respondió segura – ¡Aquí es!

Llegamos en el momento más inoportuno. Aparcó el coche en mitad de la nada. Había arboles, tantos que no dejaban ver el mar. Miré a mi alrededor. Ni rastro de la playa. Malú me miró divertida.

Pensaba que íbamos a la playa…

Es que hay que andar un poquito.

Me cogió de la mano y tiró de mí con un brusco movimiento que me colocó de golpe a su lado. Estaba entusiasmada. Andamos durante un rato por una senda de tierra. Atravesamos un camino de rocas hasta que por fin pisamos la ansiada arena de playa. Allí estaba, escondida tras aquellos arboles. Era una pequeña cala aislada entre rocas. Me quité las chanclas y hundí mis pies en la cálida arena. Estábamos solos en aquel paraíso. Ambientado por la agradable melodía del romper de las olas. Creo que era una de las cosas más relajantes del mundo. Me quedé embobado admirando la inmensidad del mar y sus infinitos tonos de azul. Estiré los brazos hacia los lados, respiré hondo y me dejé envolver por su inconfundible aroma a sal. Numerosas gaviotas decoraban la estampa veraniega volando al ras del agua. 



Noté como se acercaba cuidadosamente y se quedaba justo detrás de mi.

¿Qué te parece? -preguntó rodeándome con los brazos

Me encanta.

Lo imaginaba. Este lugar es mágico.

La observé mientras se desvestía. Se deshizo de la ropa en dos tirones. Llevaba puesto un biquini de color negro a juego con los tatuajes que decoraban su cuerpo. Le sentaba realmente bien. Parecía diseñado a medida para ella. Ni pequeño ni grande, lo justo para resaltar de forma perfecta todas sus curvas de escándalo. Desprendía sensualidad por todos los poros de su piel. La miré de arriba a abajo de forma descarada mordiéndome el labio inferior. Me devolvió la mirada con una sonrisa provocativa.

¿Vienes al agua? -dijo con voz de niña.

No pude resistirme a esa forma de pedírmelo. Me quité la camiseta. Me levanté y corrí hacia el agua. Me adentré en el mar salpicando todo lo que venía a mi paso. Hasta que hubo la suficiente profundidad como para tirarme de cabeza y sumergirme totalmente. El agua estaba en la temperatura adecuada. Ni muy fría ni muy caliente. Salí y miré a Malú, que entraba pasito a pasito con mucha indecisión. Me reí al mirarla.

Cariño, ¿vienes o que? -dije divertido picándola.

No me metas prisa. Yo voy a mi ritmo… Además está helada.

Eres una exagerada.

Fui hacia ella con disimulo. Sabía perfectamente cuales eran mis intenciones. Se alejó del agua refugiándose en la arena. Aunque no le sirvió de nada. Salí corriendo tras ella hasta que la alcancé. La cogí en brazos y me dirigí hacia dentro. Me pegó repetidas veces en el hombro suplicándome que no lo hiciera.

Nacho ni se te ocurra. Te aseguró que te arrepentirás -dijo amenazante.

Pero me iba el riesgo. Ignoré sus palabras y la hundí hasta empaparla por completo. Después me dejé caer con ella. Protestó hasta la saciedad por lo que acababa de hacer. Me miró y rió echándose el pelo hacia atrás. De repente me empujó violentamente contra la arena. Caí en la orilla y la atraje hacia mi para que cayera conmigo.

Eres un cabrón.

De nuevo desatendí sus palabras. Le sonreí. Me acerqué hasta sus labios y la besé apasionadamente recorriendo su espalda con mis manos. Nuestras lenguas se acariciaron con suavidad. Encajando a la perfección como habitualmente hacían. Mientras la espuma de las olas rotas invadía nuestros cuerpos. Y el agua del mar calmaba nuestra temperatura.


Oye ¿Y el Sergio este y tu…? -dije dejando la frase en el aire. Sabía que me entendería a la perfección. Y lo hizo.

¿Qué si me acosté con él?

La mire atentamente y afirmé asintiendo con la cabeza. En realidad no me importaba. Pero tenía curiosidad desde que me había confirmado que fueron más que amigos.

No. No lo hice ¿Contento? -aclaró sin dejar de sonreír.

Pues no, porque creo que eres su cuenta pendiente ¿No has visto como te miraba?

Oye ¿tu no estarás celoso no? –Me miró levantando una sola ceja. Ese gesto me mataba muy lentamente. Como la gran mayoría.

¿Celoso yo? Venga ya Malú por favor -dije serio intentando negar lo evidente.

Nacho… -insistió.

Bueno un poquito -confesé poniendo cara de niño bueno.

¡Ay mi chico! Que está celosillo –comentó divertida pellizcándome un moflete- Si yo solo tengo ojos para ti tonto.

Sonreí y me dejé hacer todo tipo de gestos cariñosos por ella. Me encantaba cuando lo hacía. Eso significaba que no le importaba nada ni nadie. Solo yo. Solo nosotros.

Pasamos el día entero disfrutando de aquella playa paradisiaca. Escribiendo con letras mayúsculas otro día imborrable para nuestra memoria. El mar entero era nuestro. Jugamos como dos niños pequeños. Incluso acabé enterrado en la arena. Me habría encantado que el día nunca hubiese acabado. Pero era imposible. Y aunque los imposibles también existen, ese no iba a ser uno de ellos.

La brisa del mar acariciaba sutilmente nuestros cuerpos al atardecer. El sol comenzaba a caer en el horizonte dejando su reflejo en el agua. Limpia y clara pero sin sus tonos azules del día. Una mezcla de colores anaranjados se apoderaba de aquel cielo. Y las nubes cada vez más oscuras nos indicaban que la noche se instalaría en pocos minutos.

Y así, nos convertimos en testigos directos de los últimos suspiros de aquel maravilloso día de verano… 


No hay comentarios:

Publicar un comentario