Desperté
totalmente empapado en sudor. El calor de la ciudad era sofocante. Tanto que
apenas había podido pegar ojo en toda la noche. Retiré cuidadosamente las
sabanas que cubrían mi cuerpo. Aquellas sabanas viejas que todavía guardaban la
esencia de nuestro arrebato pasional de la noche anterior.
De nuevo su perfecta espalda desnuda era la primera imagen que me regalaba el
amanecer. El perfecto y más bello amanecer. Me incorporé ligeramente sobre el
colchón. Apoyé la cabeza sobre mi mano y la contemplé desde
esa posición con una sonrisa pintada en la cara. Rocé su piel con la mano que me quedaba libre.
Y utilizando solamente mi dedo índice comencé a trazar líneas. Líneas rectas
que unían cada uno de los lunares de su espalda. Y que decidían por si solas la
forma de mi dibujo invisible.
Dio un
respingo al sentir aquel recorrido sobre su piel. Arqueó la espalda ligeramente
rompiendo el contacto con mis dedos. Y gimió hundiendo su cabeza en la
almohada. Me reí al ver su gesto. Era sencillamente adorable.
—Buenos días princesa… -susurré bajito en su oído.
—Buenos días princesa… -susurré bajito en su oído.
Se giró
sobre sí misma. Todavía mantenía los ojos cerrados. Sin embargo su sonrisa ya
iluminaba toda la habitación. Incluso más que el sol que se filtraba a través
de la persiana. Besé sus labios fugazmente en un movimiento rápido. Abrió los
ojos y buscó mi mirada pidiéndome más.
—Buenos
días -respondió al fin.
—Venga
arriba dormilona –dije dándole una palmada en el muslo y levantándome de la
cama.
—¿Y
mi beso? -preguntó sin moverse.
Me
acerqué de nuevo hasta sus labios para besarlos. Una mala idea, porque antes de
conseguirlo ella tiró de mí y caí de nuevo sobre el colchón. Mi chica rió
inmediatamente. Y yo como venganza comencé con una larga guerra de cosquillas.
Reía descontroladamente suplicándome que parara. Pero no le hice caso. Solo me
detuve cuando sonó la puerta un par de veces. Ambos nos miramos sin movernos
del sitio.
—El desayuno niños -se escuchó al otro lado.
—El desayuno niños -se escuchó al otro lado.
—Ya
vamos mamá -se adelantó a decir.
Nos
vestimos rápidamente y salimos al salón. Su madre nos había preparado unas
tazas enormes de chocolate y su padre acababa de llegar con churros recién
hechos. Malú abrió unos ojos que casi se le salen de las orbitas. Adoraba el
chocolate. Corrió hacia la mesa y se sentó en la primera silla que encontró.
Los tres la miramos riendo. A pesar de estar ya entrada en la treintena, era
una autentica niña. Y eso era algo que me encantaba de ella.
—Que
buena pinta -dije sentándome también.
—Cada
vez que visito a mis padres engordo cinco kilos -comentó divertida.
—Hija
eres una exagerada. Si luego pierdes otros cinco en cada concierto.
—Eso
puede ser -añadió.
Desayunamos
sin prisas. Era temprano. Así que teníamos todo el día por delante para ir a la
playa. Como el plan había sido improvisado yo no venía preparado para esto y
por supuesto no llevaba bañador. Aunque no hay problema que se le resista a mi
querida novia, que rebuscó hasta encontrar un bañador de su hermano.
La playa
no quedaba muy lejos de aquí, pero Malú se empeñó en coger el coche. Al parecer
quería llevarme a un lugar más apartado de la ciudad. Según ella era un sitio
íntimo que no conocía casi nadie. Eso serviría para encontrar la tranquilidad
que buscábamos. Sin gente alrededor, sin fans, sin curiosos, Ella y yo solos...
—¿Malú?
Nada más salir por la puerta una voz masculina pronunció su nombre. Ambos nos giramos automáticamente al escucharlo. Era un chico de aspecto alegre y despreocupado. Moreno, media melena y una barba un tanto descuidada. Cubría sus ojos con unas oakley de cristales azulados. Vestía unas bermudas vaqueras, unas chanclas de playa y una camiseta básica bastante ajustada que dejaba entrever unos abdominales perfectamente marcados. Un enorme tatuaje asomaba ligeramente por el corte de la manga del brazo izquierdo. El tipo no debía tener más de treinta años. La miraba entusiasmado sin mediar palabra.
Nada más salir por la puerta una voz masculina pronunció su nombre. Ambos nos giramos automáticamente al escucharlo. Era un chico de aspecto alegre y despreocupado. Moreno, media melena y una barba un tanto descuidada. Cubría sus ojos con unas oakley de cristales azulados. Vestía unas bermudas vaqueras, unas chanclas de playa y una camiseta básica bastante ajustada que dejaba entrever unos abdominales perfectamente marcados. Un enorme tatuaje asomaba ligeramente por el corte de la manga del brazo izquierdo. El tipo no debía tener más de treinta años. La miraba entusiasmado sin mediar palabra.
—Soy
yo, Sergio -aclaró el muchacho
—¿Sergio?
-preguntó incrédula
El chico afirmó con la cabeza. Al principio pensé que era un fan más. Alguien que la había reconocido y quería un autógrafo. Pero conformé pasaban los segundos comprobé que me equivocaba. Parecía que se conocían de antes. Una antigua amistad tal vez. Enseguida Malú reaccionó y se acercó a él para fundirse en un efusivo abrazo.
El chico afirmó con la cabeza. Al principio pensé que era un fan más. Alguien que la había reconocido y quería un autógrafo. Pero conformé pasaban los segundos comprobé que me equivocaba. Parecía que se conocían de antes. Una antigua amistad tal vez. Enseguida Malú reaccionó y se acercó a él para fundirse en un efusivo abrazo.
—¡Joder
tío, cuánto tiempo! -exclamo mi chica con su habitual desparpajo.
—¿Qué
haces por aquí? -se interesó él.
—Ya
ves… de
vez en cuando también toca visitar a la familia -comentó.
Malú me
miró y me hizo un pequeño gesto para que me acercara. Yo no había querido
intervenir en aquel reencuentro. De hecho me había mantenido bastante al
margen.
—Sergio
te presento a Nacho, es mi… -me miró dudosa antes de pronunciarlo.
—Soy
su guitarrista. Y amigo de Jose –dije sin titubear tendiéndole la mano.
—Encantado.
No sé
porque motivo me presenté de aquella forma. Bueno si lo sé. Su mirada me lo
había dicho todo. Me había pedido que lo hiciera. Por la forma en la que dudó
estaba claro que no quería decirle al chico que yo era su novio. Había olvidado
que ante los ojos de la gente únicamente éramos dos amigos. Dos conocidos sin
más. Estaba algo molesto por ello, pero intenté disimularlo.
—Igualmente
Sergio -dije con una sonrisa algo forzada.
Charlamos
con su amigo un rato más. O mejor dicho charlaron. Por un momento sentí que no
pintaba nada allí. Y por si no era suficiente, ella decidió por los dos que
íbamos a cenar con él. La verdad es que no me hacia especial ilusión estar en
la cena de reencuentro de dos amigos que llevaban más de quince años sin verse.
Porque básicamente yo pasaré a un segundo plano cuando ellos comiencen a contar
sus anécdotas de adolescencia.
Subimos en el coche y Malú puso rumbo a la playa.
Subimos en el coche y Malú puso rumbo a la playa.
—¿Por
qué no le has dicho que eras mi novia? -solté de repente.
—A
ver cariño… hace 16 años que no le veo, no sé nada de él… podría ser hasta un
paparazzi de alguna revista. Así que no le importa lo que somos.
—¿Solo
erais amigos? -pregunté de nuevo.
—Bueno…
Éramos algo más -respondió segura – ¡Aquí es!
Llegamos
en el momento más inoportuno. Aparcó el coche en mitad de la nada. Había
arboles, tantos que no dejaban ver el mar. Miré a mi alrededor. Ni rastro de la
playa. Malú me miró divertida.
—Pensaba
que íbamos a la playa…
—Es
que hay que andar un poquito.
Me cogió
de la mano y tiró de mí con un brusco movimiento que me colocó de golpe a su
lado. Estaba entusiasmada. Andamos durante un rato por una senda de tierra.
Atravesamos un camino de rocas hasta que por fin pisamos la ansiada arena de
playa. Allí estaba, escondida tras aquellos arboles. Era una pequeña cala
aislada entre rocas. Me quité las chanclas y hundí mis pies en la cálida arena. Estábamos solos en aquel paraíso. Ambientado por la agradable melodía del romper de las olas. Creo que era una de las
cosas más relajantes del mundo. Me quedé embobado admirando la inmensidad del
mar y sus infinitos tonos de azul. Estiré los brazos hacia los
lados, respiré hondo y me dejé envolver por su inconfundible aroma a sal. Numerosas
gaviotas decoraban la estampa veraniega volando al ras del agua.
Noté como se
acercaba cuidadosamente y se quedaba justo detrás de mi.
—¿Qué
te parece? -preguntó rodeándome con los brazos
—Me
encanta.
—Lo
imaginaba. Este lugar es mágico.
La
observé mientras se desvestía. Se deshizo de la ropa en dos tirones. Llevaba
puesto un biquini de color negro a juego con los tatuajes que decoraban su
cuerpo. Le sentaba realmente bien. Parecía diseñado a medida para ella. Ni
pequeño ni grande, lo justo para resaltar de forma perfecta todas sus curvas de
escándalo. Desprendía sensualidad por todos los poros de su piel. La miré de
arriba a abajo de forma descarada mordiéndome el labio inferior. Me devolvió la
mirada con una sonrisa provocativa.
—¿Vienes
al agua? -dijo con voz de niña.
No pude
resistirme a esa forma de pedírmelo. Me quité la camiseta. Me levanté y corrí
hacia el agua. Me adentré en el mar salpicando todo lo que venía a mi paso. Hasta
que hubo la suficiente profundidad como para tirarme de cabeza y sumergirme
totalmente. El agua estaba en la temperatura adecuada. Ni muy fría ni muy caliente.
Salí y miré a Malú, que entraba pasito a pasito con mucha indecisión. Me reí al
mirarla.
—Cariño,
¿vienes o que? -dije divertido picándola.
—No
me metas prisa. Yo voy a mi ritmo… Además está helada.
—Eres
una exagerada.
Fui
hacia ella con disimulo. Sabía perfectamente cuales eran mis intenciones. Se
alejó del agua refugiándose en la arena. Aunque no le sirvió de nada. Salí
corriendo tras ella hasta que la alcancé. La cogí en brazos y me dirigí hacia dentro. Me pegó repetidas veces en el hombro suplicándome que no lo
hiciera.
—Nacho
ni se te ocurra. Te aseguró que te arrepentirás -dijo amenazante.
Pero me
iba el riesgo. Ignoré sus palabras y la hundí hasta empaparla por completo. Después
me dejé caer con ella. Protestó hasta la saciedad por lo que acababa de hacer.
Me miró y rió echándose el pelo hacia atrás. De repente me empujó violentamente contra la
arena. Caí en la orilla y la atraje hacia mi para que cayera conmigo.
—Eres
un cabrón.
De nuevo
desatendí sus palabras. Le sonreí. Me acerqué hasta sus labios y la besé
apasionadamente recorriendo su espalda con mis manos. Nuestras lenguas se
acariciaron con suavidad. Encajando a la perfección como habitualmente hacían. Mientras
la espuma de las olas rotas invadía nuestros cuerpos. Y el agua del mar calmaba nuestra temperatura.
—Oye
¿Y el Sergio este y tu…? -dije dejando la frase en el aire. Sabía que me entendería
a la perfección. Y lo hizo.
—¿Qué si me acosté con él?
La mire atentamente y afirmé asintiendo
con la cabeza. En realidad no me importaba. Pero tenía curiosidad desde que me
había confirmado que fueron más que amigos.
—No. No lo hice ¿Contento? -aclaró sin
dejar de sonreír.
—Pues no, porque creo que eres su
cuenta pendiente ¿No has visto como te miraba?
—Oye ¿tu no estarás celoso no? –Me miró
levantando una sola ceja. Ese gesto me mataba muy lentamente. Como la gran mayoría.
—¿Celoso
yo? Venga ya Malú por favor -dije serio intentando negar lo evidente.
—Nacho…
-insistió.
—Bueno
un poquito -confesé poniendo cara de niño bueno.
—¡Ay
mi chico! Que está celosillo –comentó divertida pellizcándome un moflete- Si yo
solo tengo ojos para ti tonto.
Sonreí y
me dejé hacer todo tipo de gestos cariñosos por ella. Me encantaba cuando lo
hacía. Eso significaba que no le importaba nada ni nadie. Solo yo. Solo
nosotros.
Pasamos
el día entero disfrutando de aquella playa paradisiaca. Escribiendo con letras mayúsculas otro día imborrable para nuestra memoria. El mar entero era
nuestro. Jugamos como dos niños pequeños. Incluso acabé enterrado en la arena. Me habría encantado que el día nunca hubiese acabado. Pero era imposible. Y
aunque los imposibles también existen, ese no iba a ser uno de ellos.
La brisa
del mar acariciaba sutilmente nuestros cuerpos al atardecer. El sol comenzaba a
caer en el horizonte dejando su reflejo en el agua. Limpia y clara pero sin sus
tonos azules del día. Una mezcla de colores anaranjados se apoderaba de aquel
cielo. Y las nubes cada vez más oscuras nos indicaban que la noche se instalaría
en pocos minutos.
Y así, nos convertimos en testigos directos de los últimos
suspiros de aquel maravilloso día de verano…




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