Nos quedamos literalmente enganchados a aquel atardecer. Intentando
estirar el tiempo lo máximo posible. Como si nunca quisiéramos alejarnos de aquel
lugar mágico.
Los colores del cielo se oscurecían a la vez que avanzaban los segundos en nuestros relojes. Y la luz de aquella playa era cada vez más tenue. Pero aún así podía apreciar la imborrable sonrisa de su rostro. Y cegarme con el brillo de sus ojos marrones. Ese brillo que me llenaba de amor hasta saciarme por completo. Esa mirada que nada más encontrarme hacia que un agradable cosquilleo recorriera todos y cada uno de los rincones de mi estomago. Podría pasarme así la vida entera. Colgado de aquella mirada. De aquellos ojos en los que habitualmente me perdía hasta perder la razón.
Los colores del cielo se oscurecían a la vez que avanzaban los segundos en nuestros relojes. Y la luz de aquella playa era cada vez más tenue. Pero aún así podía apreciar la imborrable sonrisa de su rostro. Y cegarme con el brillo de sus ojos marrones. Ese brillo que me llenaba de amor hasta saciarme por completo. Esa mirada que nada más encontrarme hacia que un agradable cosquilleo recorriera todos y cada uno de los rincones de mi estomago. Podría pasarme así la vida entera. Colgado de aquella mirada. De aquellos ojos en los que habitualmente me perdía hasta perder la razón.
Caminamos cogidos de la mano. En silencio. Acompañados
únicamente por el sonido de las olas. Que se atenuaba conforme nos íbamos
alejando del mar. Volvimos a recorrer el mismo camino de la mañana. Aquella
senda rodeada de árboles que no dejaban ver más allá de nuestros ojos. La luz
ya era prácticamente inexistente. Pero
no tuvimos problema para llegar hasta el coche. Malú levantó la llave en el
aire y sin mirar pulsó el botón del cierre centralizado. Un destello
intermitente de luces anaranjadas procedentes de los focos del vehículo iluminó
toda la zona.
—¿Conduces tu? –preguntó
ofreciéndome las llaves –Estoy
demasiado relajada como para ponerme al volante.
Sonreí por su comentario. Cogí las llaves que sostenía en el
aire con una de sus manos. Me encaminé hacia el asiento del conductor y me
adueñé del volante. Tenía bastante facilidad para aprenderme los lugares cuando
viajaba de copiloto. Así que ni siquiera tuvo que indicarme el camino. Lo
recordaba perfectamente. Se echó ligeramente el asiento para atrás y se apoyó
totalmente cerrando los ojos.
—¿Cansada?
-pregunté poniendo mi mano derecha sobre su muslo.
—Agotada
-dijo mirándome —Un
día de playa contigo agota más que uno de mis conciertos.
—Si
claro. Mira que eres exagerada eh… -me
reí —Oye, ¿y qué tal si cenamos tu y yo solitos? No sé... para acabar de redondear este
día.
—¿No
me digas que todavía estás con esa tontería de los celos?
—Que
no mujer. Era por si te apetecía más quedarte en casa –dije intentando
excusarme.
Llegamos enseguida a nuestro destino. Estábamos solos. Al parecer mis
suegros habían salido a cenar fuera. O eso es lo que decía la nota que se
encontraba sobre el recibidor de la entrada. Malú sonrió al leerla y masculló
algo en voz tan baja que fui incapaz de descifrar. Nos dirigimos directamente a
la habitación. Teníamos el tiempo bastante ajustado. No obstante me dejé caer
con gesto cansado sobre la cama. Cerré los ojos un par de segundos. Hasta que
sentí ligeros golpes sobre mis piernas. Abrí los ojos y levanté levemente la
cabeza para mirarla.
—Venga
cariño. Vístete que no llegamos -comentó acelerada.
Resoplé al escuchar esas palabras. En realidad me daba igual
no llegar a aquella cena. Pero como a ella le importaba hice un gran esfuerzo.
Me levanté con decisión. Comencé a sacar la ropa que había dentro de mi maleta.
Camisetas, pantalones, camisas… Todo lo iba extendiendo sobre la cama. Me quedé
pensativo frente a todas aquellas prendas, como si la ropa fuera a elegir por
si sola.
—Malú
¿Cual te gusta más? Es que no sé que ponerme… -dije alzando la voz desde la
habitación.
Mi chica que estaba acicalándose en el baño salió de
inmediato al escuchar mis palabras. Estaba a mitad de pintarse. De hecho todavía
sostenía el eye liner en una de sus manos. Se acercó hasta la cama y señaló uno
de los conjuntos sin pensarlo dos veces. No me sorprendió. Ella era así de
segura. Rara vez la había visto dudar en nada.
—Pero
vamos. Que tú estás guapo con lo que te pongas -dijo dándome una palmada en el
culo antes de volverse al espejo.
—¡Ey!
Cuidadito guapa -advertí con tono de broma
Decidí hacerle caso a ella. El gusto de una mujer es inmejorable.
Era un look totalmente playero. Bermudas vaqueras, camiseta azul marino con el
estampado de un ancla y camisa a cuadros sobre esta última. La camiseta la
había comprado el verano pasado y ni siquiera había tenido tiempo de
estrenarla. Entré al baño donde estaba ella y me miré al espejo indeciso. Pero
de nuevo fueron sus palabras las que se llevaron mi indecisión lo más lejos posible.
—Estás
guapísimo hijo -comentó mirándome a través del cristal.
A decir verdad la que estaba guapísima era ella. El
maquillaje era sutil. Lo justo para estar impecable. Una base del color de su
piel que cubría cualquier signo de cansancio. Y una sombra oscura en los ojos
que junto con la raya pintada de negro intensificaba su mirada, haciéndola más
bonita si cabe.
La ropa que había elegido era bastante sencilla. Pero le quedaba increíblemente bien. Como todo supongo. Una camiseta grisácea con los hombros al aire y unos shorts blancos que dejaban al descubierto sus perfectas piernas. Estilizadas todavía más con unos taconazos de vértigo.
La ropa que había elegido era bastante sencilla. Pero le quedaba increíblemente bien. Como todo supongo. Una camiseta grisácea con los hombros al aire y unos shorts blancos que dejaban al descubierto sus perfectas piernas. Estilizadas todavía más con unos taconazos de vértigo.
Terminamos de arreglarnos y nos marchamos a casa de Sergio.
Esta vez fue Malú la que se encargó de conducir. Yo no tenía ni idea de donde
quedaba la dirección que nos había proporcionado. Y al parecer ella tampoco.
Nos costó un par de vueltas perdidas hasta que dimos con el número correcto. Se
trataba de una urbanización de chalets en la zona más moderna de la ciudad.
En la puerta nos esperaba el chico. Vestido con el mismo
estilo que por la mañana, pero con un look más casual. Mucho más apropiado para
la noche. Su pelo estaba perfectamente peinado. Y su barba descuidada había
desparecido. La ausencia de sus oakley polarizadas me permitió ver por primera
vez el color de sus ojos. Eran verdes claros.
Nos invitó a pasar con toda la amabilidad del mundo. Entramos
dentro. Caminamos detrás de él, siguiendo sus pasos hasta que nos dimos de frente
con un enorme jardín. Provisto de todo lo necesario para pasar una gran velada.
Piscina, barbacoa, zona chill out… En fin un paraíso en propiedad. Mi chica
fascinada por la belleza de aquel lugar, exploró con la mirada todos los
lugares de arriba a abajo. Sin dejarse ni un solo rincón.
—Joder
Sergio. ¿Qué has estado haciendo todos estos años? ¿Traficas con armas, drogas
o algo parecido? -comentó ella de forma chistosa.
—¿En
serio me ves cara de camello? Pues siento decepcionarte. Solo continué la tradición
familiar. Ahora la farmacia de mi padre es mía.
—¿Eres
farmacéutico? -intervine curioso.
—Así
es Nacho -me miró algo dudoso –
¿Eras Nacho no? Soy malísimo para los nombres -dijo con una sonrisa.
Afirmé con la cabeza despejando sus dudas. Eché un vistazo a
mi alrededor. La verdad es que aquello era increíble.
—Bueno,
voy a preparaos algo.
Ejerciendo como buen anfitrión, nos sirvió unos Martinis en
copas de coctail y nos invitó a relajarnos mientras él terminaba de hacer la
cena en su extraordinaria barbacoa.
De momento todo iba sobre ruedas. Los fantasmas que me
inundaban la cabeza no habían aparecido por ningún lado. Pero eso duró poco.
Exactamente hasta el momento en el que Malú se levantó a por el segundo Martini
de la noche. Sergio le indicó donde se encontraba todo. Y cuando se giró la
siguió con la mirada barriendo su cuerpo por completo. Incluso desde donde yo
me encontraba pude apreciar sin ningún problema como se mordía ligeramente el
labio inferior. Ese gesto me encendió por dentro. Aunque no había hecho nada
más que confirmar mis sospechas. Pero esa noche debía contenerme. Debía
contenerme por ella. Me acerqué hasta donde estaba el chico.
—¿Te
gusta? -pregunté sin más preámbulos.
—¿El
qué? -contestó disimulando.
—Malú…
¿Qué si te gusta?
—Ah
joder sí. O sea… Que está muy buena. Sabes… ella y yo fuimos novios cuando
éramos niños.
Le dediqué una sonrisa fingida que salió directamente de lo
más profundo de mi alma. Y entonces llegó ella. Justo a tiempo para calmar mi
inquietud. Llevaba tres copas entre las dos manos. Y una de ellas estaba a
punto de derramar su contenido. Se la cogí riéndome al ver sus malabarismos
para evitar que cayera.
–A
ver chicos. Por nosotros. Por las viejas amistades -dijo alzando su copa.
Sergio rió por las palabras de Malú y brindó con ella. Yo
con desgana hice lo mismo. Mi chica me miró extrañada al darse cuenta de la
expresión de mi careto. Normalmente cuando algo me molestaba no podía evitar
que se me notara. Y con ella menos. Me conocía perfectamente.
El resto de la noche fue parecido. Pasó todo el rato
intentando llevarla a su terreno. Era incluso más fantasma de lo que a priori
parecía. Durante la cena se contuvo. Pero tras esto llegaron las copas y ahí ya
sí que no había quien lo parara. Sacó todo un arsenal de chistes malísimos y
recuerdos de adolescencia, con los que pasito a pasito parecía ganarse su
confianza. No sé si era mi imaginación dominada por los celos, pero yo cada vez
lo veía más cerca de ella. Más cerca de su boca. De esos labios que también eran míos.
Literalmente me hervía la sangre.
Me levanté a por otra copa. Pero cuando llegué comprobé que
el hielo se había terminado. Me giré hacia ellos. Entonces vi algo que
probablemente nunca tendría que haber visto. Él sin cortarse un pelo y apoyando
sus manos en sus caderas intentó un acercamiento a sus labios. Ella se apartó
de inmediato. Aún así no pude evitar lo inevitable. Era cuestión de tiempo que
estallará en plan bomba. Caminé hacia ellos rápidamente, a todo lo que mis piernas
me permitían. Lo aparté de un empujón haciendo que cayera bruscamente sobre el
sofá. Lógicamente el muchacho no entendía nada de mi comportamiento.
—¿Qué
coño haces? -protestó Sergio.
—No,
¿qué coño haces tú? Que llevas toda la puta noche intentando ligarte a mi
novia -grité cabreado.
—¿Perdona?
—Ni
perdona ni hostias -dije con el mismo tono de antes.
—¡Nacho
vale ya! -intervino la cantante intentando calmarme.
—Malú
¿qué narices dice este tío?
—Sergio,
este tío es mi novio.
Después de la que se había organizado no tardamos nada en
marcharnos. La decisión fue de ella, que parecía más enfadada que nunca. Y creo
que lo estaba. A la que me quise dar cuenta íbamos los dos en el coche sin mediar
palabra. Sin ni quiera intercambiar una mirada. Entonces me di cuenta de que
probablemente me había pasado. De que no debería haberme comportado de aquella
manera tan desapacible.
La miré. Ambas manos
sujetaban el volante con firmeza. Su vista al frente no se desviaba ni un
segundo de la carretera. Y pestañeaba repetidas veces como si un tic se hubiera apoderado de ella.
Seguramente sería su forma de contenerse. Intente buscarla. Buscar algún gesto
en el que refugiarme para siempre. Pero no quedaba ni rastro de ella. Su
impecable sonrisa de siempre había desaparecido, dejando paso a un semblante
mucho más serio y frío.
—Cariño…
-dije acariciando su pierna.
Me miró desviando la vista fugazmente. Su gesto no cambió ni
lo más mínimo. Y eso no me gustaba. No me gustaba nada. Giró bruscamente dando un
volantazo hacia una calle estrecha. Apenas iluminada. Echó el freno de mano y nos
detuvimos en mitad de aquella travesía.
—No
era necesario todo eso Nacho. Tengo muy claras las cosas y se quitarme de
encima a quien no me conviene. No necesito que estés encima de mí como si fueras
uno de mis guardaespaldas -dijo de carrerilla sin coger aire ni para respirar. —Esta noche he
descubierto una parte de ti que desconocía. Y no me gusta nada.
Esas palabras se me clavaron en mi cuerpo como miles de puñales. No sé si me había pasado o no. Solo sé que si ella no hubiera estado
delante le habría partido la cara a ese gilipollas. La miré sin pronunciar
palabra. No encontraba las palabras correctas para aquel momento. Tal vez porque
no existían. Porque no quería entrar en una discusión tonta. Porque lo mejor
era afrontar que la había cagado.
—Lo siento…



Me gusto ,y quede enganchada intrigada con lo que pasará ,en cada capítulo mejoras y los haces grandes como solo tú sabes un besazo
ResponderEliminarMil graciias Sara!! Espero que estés bien! Un besazo! ;)
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