Desperté con los primeros rayos de luz. Respiré hondo. Toda la habitación olía a ella. Ese olor que me envolvía por completo. Me giré hasta acabar contemplando su espalda desnuda. Pasé mi brazo por encima de su cuerpo para acurrucarme a su lado. Hundí mi cabeza en su cabello y besé con suavidad su nuca. Ese perfecto tatuaje que tanto me gustaba. Ella gimió entre sueños. Sonreí al escucharla y seguí llenando su espalda de besos.
—Buenos días pequeña – dije sin alzar apenas el tono de voz.
Se giró para mirarme, finalizando así con mi tour a lo largo de su espalda. Pero no me importó. Esa sonrisa merecía la pena. A decir verdad todo el mundo debería despertar con una sonrisa como la suya a su lado. Esa si era una buena dosis de energía para afrontar el día.
—Buenos días - respondió
—Sabes una cosa… Estás guapísima recién levantada.
—Ya… debo estar horrible –dijo cubriendo su rostro con las manos.
—Súper horrible, das un susto al miedo… -retiré sus manos y le di un beso en la mejilla. —Tonta...
Tonteamos durante un rato hasta que por fin nos levantamos. A las doce teníamos que dejar la habitación del hotel de Sevilla. Sintiéndolo mucho había que regresar a Madrid. Aunque me habría quedado de por vida entre estas cuatro paredes. Solo me hacía falta ella. Ultimé los detalles de la maleta mientras mi chica hablaba por teléfono. Y bajamos directamente al parking del hotel, donde teníamos el coche.
—¿Conduces tu?
—Si – dijo de forma contundente arrebatándome las llaves de la mano.
Le encantaba conducir. Y yo adoraba mirarla mientras lo hacía. Así que combinación perfecta. Se encendió un cigarro nada más salir. Lo hacía casi de forma automática siempre que subíamos al coche. Odiaba que lo hiciera, sin embargo me resultaba extremadamente sexy.
No tardamos mucho en salir de la ciudad y encaminarnos hacia la autovía. Eché ligeramente mi asiento hacia atrás y me relajé hasta el punto de quedarme traspuesto durante media hora. Quizá algo más.
Desperté desconcertado. Miré incrédulo el cartel de mi derecha. Ni rastro de Madrid. Aquel letrero indicaba Jerez de la Frontera. Miré a Malú, que estaba concentrada en la carretera y no se había percatado de que estaba despierto.
—¡Hombre! –exclamó divertida.
—¿Cariño dónde estamos? – pregunté curioso.
—He olvidado comentarte un detallito ¿Conoces Algeciras?
—No –afirmé rotundamente.
—Es que… mi madre se ha enterado de que todavía estaba en Sevilla y… -dijo sin acabar la frase.
—¡No! Estás loca. No estoy preparado para conocerles.
—Claro que lo estás –insistió ella.—¡Malú no!
—Amor que no muerden. Al menos que yo sepa –comentó divertida.
—Te mato –dije con el mismo tono.
—Oye encima que hago planes de playa…
—Si me encantan tus planes… -sonreí —Pero es que lo de conocer a tus padres…
—Oye yo conocí a los tuyos, es lo mismo…
—No es lo mismo, mi padre no es Pepe de Lucía. ¿Y si no le caigo bien qué?
—Confía en mí –dijo finalmente posando su mano en mi muslo.
Yo me había quedado en shock con la noticia. Conocer a sus padres ya eran palabras mayores. Pero me encantaban esos arrebatos de Malú. Había decidido por si sola que pasábamos de volver a la capital y que nos íbamos a la playa. Y eso eran cosas que solo hacia ella.
Llegamos en algo más de una hora. Nos adentramos en el casco antiguo de la ciudad. Era una calle estrecha, adornada con fachadas viejas pintadas de blanco. Donde las flores en los balcones resaltaban su encanto. Un grupo de niños correteaba sin descanso detrás de una pelota. Me gustaba, parecía muy familiar. Malú aparcó en la puerta de una de las casas.
—Bienvenido a mi infancia.
Sonreí por sus palabras. Parecía inmensamente feliz y me encantaba. La puerta de la casa se abrió y apareció la figura de una mujer. Malú me hizo un gesto cómplice. Indudablemente era su madre. Bajamos del coche a la vez.
—¡¡Mamá!! –exclamó mi chica dándole un abrazo.
Yo me quedé justo detrás, dejándoles su tiempo para que se saludaran. Intenté aparentar normalidad pero estaba especialmente nervioso. Su madre desvió su mirada hacía mi. Le devolví la mirada con una sonrisa. Eso siempre da confianza.
Yo me quedé justo detrás, dejándoles su tiempo para que se saludaran. Intenté aparentar normalidad pero estaba especialmente nervioso. Su madre desvió su mirada hacía mi. Le devolví la mirada con una sonrisa. Eso siempre da confianza.
—Hola –dije amablemente.
—Mamá este es Nacho, mi novio.
—Encantada Nacho, bienvenido –se adelantó a saludarme con dos besos.
—Gracias. El placer es mío de verdad –respondí con firmeza.
—Hija que guapo, no sabía que tenias novio.
—Mamá por favor… -dijo algo cortada.
En mitad de aquella presentación irrumpió Pepe. Me miró serio. Tragué saliva para calmarme. Sonrió al abrazarse con su hija. Hicimos las respectivas presentaciones y la verdad es que no fue tan mal como yo pensaba. Fueron muy amables conmigo. Pasamos toda la tarde visitando los lugares más emblemáticos de la ciudad y rememorando las historias de cuando Malú y José eran pequeños. Su madre me las contaba con toda la confianza del mundo. A veces mientras lo hacía incluso me agarraba del brazo. Ambos me resultaban muy cercanos.
Durante la cena continuaron las anécdotas. Malú me hacía gestos para que nos fuéramos a dormir. Creo que estaba harta de oír tantas historias sobre ella. Pero yo no podía cortarles así sin más. Estaban entusiasmados.
—Gracias. El placer es mío de verdad –respondí con firmeza.
—Hija que guapo, no sabía que tenias novio.
—Mamá por favor… -dijo algo cortada.
En mitad de aquella presentación irrumpió Pepe. Me miró serio. Tragué saliva para calmarme. Sonrió al abrazarse con su hija. Hicimos las respectivas presentaciones y la verdad es que no fue tan mal como yo pensaba. Fueron muy amables conmigo. Pasamos toda la tarde visitando los lugares más emblemáticos de la ciudad y rememorando las historias de cuando Malú y José eran pequeños. Su madre me las contaba con toda la confianza del mundo. A veces mientras lo hacía incluso me agarraba del brazo. Ambos me resultaban muy cercanos.
Durante la cena continuaron las anécdotas. Malú me hacía gestos para que nos fuéramos a dormir. Creo que estaba harta de oír tantas historias sobre ella. Pero yo no podía cortarles así sin más. Estaban entusiasmados.
—Oye nosotros nos vamos a ir a dormir. El viaje ha sido agotador.
—Está bien hija.
—Que descanséis –apuntó Pepe.
Entramos en la que un día fue su habitación. Según me contaba, pasaba aquí veranos enteros. Se puso nostálgica al ver que todo seguía exactamente igual. Me dejé caer sobre el colchón nada más entrar. Levanté la cabeza y miré a mi chica, que estaba descojonada de la risa. Resoplé mirándola a los ojos.
—No te rías.
—Nacho relájate. Les has caído bien.
—Si vamos… -dije poco convencido.
Se acercó a la cama lentamente. Subió despacio sentándose sobre mí y atrapándome entre sus piernas. Me miró a los ojos y me dedicó una sonrisa picarona. Le devolví la mirada apretando mis labios. Me encantaba contemplarla desde esa posición. Era increíblemente perfecta. Se quitó la goma de la coleta que llevaba puesta y agitó la cabeza hacia los lados, hasta que consiguió que su pelo quedara impecable. En ese momento la miré con mucho deseo. Cada gesto me volvía un poco más loco. Incluso el más simple del mundo.
—Que si tonto… - Susurró en mi oído.
Susurro que enseguida pasó a ser un beso. Recorrió con su lengua el lóbulo de mi oreja derecha. Me estremecí al sentirla así. Comenzó a subir la intensidad de sus besos. Exploró todos los rincones de mi cuello sin dejarse nada. Y sin vacilar me quitó la camiseta.
Intenté frenarla. Algo en mi me impedía estar al 100%. Y es que mis “suegros” a los que acababa de conocer, dormían pared con pared.
—Espera, espera.
—¿Qué pasa? –preguntó ella.
—Cariño tus padres…
La miré con gesto de preocupación mientras pronunciaba esa última frase. Ella sin embargo, parecía estar de lo más relajada. De hecho, no dijo nada. Entreabrió mis labios con los suyos hasta adentrarse con su lengua en mi boca. Se entretuvo durante un largo rato en aquellos besos pasionales que a mí me encantaban. Yo respondía a ellos cada vez más relajado. Era el efecto que causaba en mí. Hacía que me olvidará de todo. Que simplemente me centrara en ella. Como si en el mundo no existiera nadie más.
Me desprendí también de su camiseta. Y acto seguido de su sujetador. Acaricié su cuerpo perdiéndome en ella. Sus besos no cesaban ni un momento. La sentía en cada poro de mi piel. Pero mi indecisión todavía estaba presente.
—Malú… ¿has cerrado la puerta con pestillo?
Paró de besarme y me miró riendo.
—Nacho te quieres relajar – ordenó.
Deslizó mis pantalones y los tiró por algún lugar de aquella habitación. Se tumbó a mi lado. Eso me permitió que yo pudiera hacer lo mismo con los suyos. Me acarició sutilmente el pecho. Utilizaba únicamente las yemas de sus dedos, provocando en mí un sinfín de sensaciones indescriptibles. Fue bajando a lo largo de aquel recorrido improvisado. Se paró en mi sexo. Y sin ningún apuro me desnudó totalmente.
En ese momento en el que nada parecía frenarla, di un giro inesperado que me colocó justo encima de ella. Me miró mordiéndose el labio inferior. Besé sus labios con frenesí mientras acariciaba su sexo. Notaba su excitación incluso por encima de su ropa interior. Me deshice de esa fina tela que me impedía sentirla completamente. Volví a acariciarla con las puntas de mis dedos. Sus caras de placer me animaban a ir más allá. Y en una de esas caricias hice que uno de mis dedos se perdiera dentro de ella. Besé sus labios en ese preciso instante para atrapar sus gemidos en mi boca. Ambos nos miramos.
—Shhh.
Afirmó con la cabeza como respuesta a mi observación. Apretó los labios y cerró los ojos. Volví a adentrarme en ella iniciando un constante vaivén de movimientos interminables. Respiraba cada vez con más dificultad. Clavó mi mirada en la suya. Ese cruce de miradas que casi hablaba por si solo. Disminuí la velocidad para conseguir que se relajara.
De repente me paró. Se incorporó para dejarme a mí debajo. Estaba totalmente desenfrenada. Unió nuestros cuerpos sin pensarlo dos veces. Intenté contenerme como pude. Apreté con fuerza el extremo del colchón. Volvimos a fundir nuestros labios para hacerlo más llevadero. Los suspiros iban y venían a su antojo, de su boca a la mía y de la mía a la suya. Eso hacía que fueran más bajitos de lo normal. Casi imperceptibles a tres metros de distancia. Lo cual me tranquilizaba bastante.
Relajó sus movimientos y se acercó a mí mirándome divertida. La miré confuso.
—Hay una cosa que no te he dicho… -susurró en mi oído.
—¿Cuál?
—En esta habitación no hay pestillo –soltó mirándome con esa sonrisa suya.
Mi mirada inevitablemente se desvió hacia la puerta. Aunque ella lo impidió. Me cogió la cara con ambas manos. Apoyó su frente contra la mía. Y se entregó a fondo en la última acometida antes de alcanzar la gloria.
Caímos exhaustos sobre el colchón. Sobre todo ella. Se desvaneció a mi lado completamente abatida. Y permaneció sin moverse durante varios segundos. Sus mejillas estaban enrojecidas y su cuerpo totalmente empapado en sudor. La miré sonriendo y acaricié su pelo alborotado.
—Te quiero –susurré bajito en su oído.
Por fin reaccionó. Y lo hizo nada menos para regalarme su bella sonrisa. Tanto como ella. Y es que daba igual la situación en la que estuviera. Su belleza traspasaba todos los límites.
—Me encanta que me lo recuerdes después de hacer el amor –dijo por fin.
—Lo sé. A mi me encanta recordártelo.
Me besó dulcemente en los labios. Y después en la mejilla.
—Yo también te quiero.
Me besó dulcemente en los labios. Y después en la mejilla.
—Yo también te quiero.
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminar