—Buenos días amor.
—Buenos días -dijo perezosa.
Ladeó su cuerpo, apoyó su cabeza en mi pecho y pasó su brazo alrededor de mi cintura. Besé su cabeza cuando la dejó a la altura de mis labios. Y acaricié su espalda dibujando círculos y garabatos por debajo de su camiseta. Dio un respingo al sentir las yemas de mis dedos sobre su piel.
—Como sigas así me voy a volver a dormir -dijo ella sin alzar apenas la voz.
Me reí por su comentario. Me encantaba despertar así. Despertar con ella. Con su sonrisa y esos gestos mañaneros que tanto me gustaban. Se había convertido en mi razón de ser. En el motivo de mis sonrisas.
—Pues yo tengo que trabajar -dije riéndome.
Levantó la cabeza para mirarme. Me miró con carita de pena y me besó repetidas veces en los labios.
—¡Jooo! ¿y no puedes quedarte un ratito más?
Me reí por el tono de niña que utilizó en sus palabras. Era irresistiblemente adorable. Volvió a mirarme. Acarició mis mejillas suavemente y comenzó a darme besitos por el cuello. Sus labios en mi piel me hacían perder la cordura. La poca que me quedaba cuando estaba a su lado.
—Malú...
—Shhh -me calló poniendo su dedo índice sobre mis labios.
Subió encima de mi. Atrapándome entre sus piernas desnudas. Y comenzó un recorrido de besos a lo largo de todo mi torso. Suaves y dulces, como ella. Cada beso hacía que me perdiera un poquito más.
—Cariño voy a llegar tarde... -insistí yo.
Llegó hasta el limite de mis abdominales. Deslizó su lengua hasta mi ombligo. Paró justo ahí. Levantó la cabeza desde esa misma posición y me miró a los ojos. Me mordí el labio inferior y resoplé ligeramente. Me había puesto a cien en cuestión de segundos.
—Pues tú te lo pierdes... -dijo ella quitándose de encima.
Le lancé una miradita de las mías. Me reí al ver su cara. Su típica carita de siempre. La de no haber roto un plato nunca. Le divertía picarme y a mi en el fondo me encantaba.
—Me voy a la ducha -dijo antes de darme un último beso.
La seguí con la mirada hasta perderla de vista. Llevaba puesta mi camiseta. Y le quedaba extremadamente sexy. Esperé hasta escuchar la ducha encendida. Me desvestí por completó y me planté en el baño intentando hacer el menor ruido posible. Abrí la puerta de la cabina de la ducha y entré decidido.
—¡Joder! ¡Que susto! -exclamó Malú llevándose una mano al pecho.
Sonreí inevitablemente. Rodeé su cintura pegándola hacia mi. Besé sus labios apasionadamente prendiendo la mecha del deseo. Y dejé que aquel agua templada recorriera cada centímetro de nuestra piel.
—Creía que llegabas tarde a trabajar -apuntó mi chica.
—¿Qué? -dije disimulando.
Hundí mi cabeza en su cuello. Cerré los ojos para impedir que me entrara agua. Mordisqueé todo lo que venia a mi paso. Intercalando mordiscos con besos. Aquello ardía. Y nunca mejor dicho. Notaba como el calor de su cuerpo iba en aumento. Tanto que era capaz de traspasarme. Acaricié su sexo mientras volvía a besar sus labios. Nuestras lenguas se enfrentaron en una larga batalla que subía más y más la temperatura. Sus suspiros ahogados me volvían completamente loco.
La elevé en el aire y la sujeté a pulso de ambas piernas. Me ayudé apoyándola en la pared. Rocé nuestros sexos provocando su desesperación. Me encantaba. Sonreí mirándola directamente a los ojos. La distraje besando su boca con dulzura. Y cuando menos lo esperaba rompí la separación que todavía había entre nosotros.
Murió en aquel instante. Un gran grito de placer me lo confirmó. Se agarró con fuerza a mi cuello. Comencé un juego de movimientos interminables. La pared mojada con el agua de la ducha me facilitaba el trabajo. La miré. Adoraba ver cada uno de sus gestos. Tenía los ojos prácticamente en blanco y la boca entreabierta para dar salida a todos sus gemidos.
El agua caía sin cesar. Incansable. Tanto como nosotros. Ambos estábamos a punto de estallar. De llegar a lo más alto. Fue entonces cuando entre aquellos gemidos distinguí mi nombre salir de su boca. Justo antes de hacerse el silencio. Ahora solo se escuchaba el sonido de nuestras respiraciones intentando recomponerse del asalto.
Nuestras miradas volvieron a encontrarse. Los dos reímos en un gesto cómplice. La llama de la pasión siempre estaba encendida. Y eso hacía que perdiéramos la cabeza con bastante frecuencia.
Se acercó al grifo y ajustó la temperatura del agua hasta dejarla fría.
—Me vuelves loca... -dijo ella muy seria.
—Tanto como tú a mi -añadí dándole un beso.
—Es verdad Nacho. Haces conmigo lo que quieres... Y me encanta.
Terminamos de ducharnos. Ella fue la primera en salir. Acto seguido lo hice yo. Me envolví una toalla a la cintura y salí a la habitación. Allí estaba. Buscando la ropa en su armario totalmente desnuda. Me quedé embobado mirándola de arriba a abajo. La belleza de su desnudez era algo que solía hipnotizarme. No era para menos.
—Cariño, deja de mirarme así y vístete. ¡Llegas tarde! -exclamó.
—¡Mierda!
Reaccioné nada más escuchar sus palabras. Me vestí con la ropa que dejé en su casa el día anterior. Entré en el baño, me eché un poco de espuma en el pelo y me lo alboroté para conseguir un efecto despeinado. Cuando salí Malú ya estaba vestida. Pantalón ajustado. Camiseta negra. Chaleco vaquero. Y unas zapatillas con plataforma que ya le había visto en alguna ocasión.
—Venga que te llevo -dijo cogiendo su bolso y las llaves del coche.
—Yo ya estoy.
Salimos de casa. Subimos en el coche, que había pasado toda la noche en la calle. Aparcado en la puerta, donde yo lo dejé la tarde anterior.
Mi chica que estaba inspirada esa mañana, le pisó más que de normal. Así que nos plantamos en los estudios en la mitad de tiempo. Pero aún así llegaba tarde.
—Después hablamos -dije desabrochándome el cinturón.
—Avísame cuando acabes.
Miré a mi alrededor un par de veces. Tras comprobar que no había nadie la besé. Un beso que se prolongó durante varios segundos. Me costaba separarme de esos labios que tan loco me volvían. Me separé a duras penas. Bajé del coche y ella se marchó.
Hice frente a mi última mañana de rodaje. Nos despedimos todos de todos. Solo hasta la próxima. Según Jesús, nos íbamos a seguir viendo por los escenarios o por los platós. Pero eso era mucho decir. Nadie sabe lo que nos depara el destino.
—Ha sido un placer compartir esta aventura con todos vosotros, de verdad -añadió el director visiblemente emocionado.
Todo tiene un principio y un final. Unas veces más bonito. Otras veces no tanto... El caso es que este había sido el nuestro. Y yo siempre estaré agradecido a este trabajo en concreto. Ese que puso en mi camino a la mujer de la que hoy estoy perdidamente enamorado.
Los días pasaron casi sin darnos cuenta. Me instalé durante prácticamente toda la semana en casa de Malú. Pasamos juntos días y noches enteras. Entre ensayos y arrebatos de pasión a partes iguales. Cada minuto que me regalaba conseguía enamorarme un poco más. La quería con locura.
Eran algo más de las seis de la mañana. Y allí estábamos. Metidos en una furgoneta rumbo a Sevilla. Hoy era la gran noche. La noche del todo o nada. Mis nervios empezaban a aflorar. Asomaban la cabeza tímidamente.
Por supuesto el resto de la banda se había enterado de mi verdadera relación con la cantante. Así que durante el trayecto no tuvimos que fingir. Mi chica se echó a dormir sobre mi hombro. Y poco a poco se fue haciendo hueco en mi pecho. Acaricié su pelo. Me relajaba. Ella me relajaba. Tanto que al final yo también me quedé dormido.
Cuando abrí los ojos estábamos cruzando el Guadalquivir. Miré al frente. Las vistas eran mágicas. La giralda y la torre del oro se levantaban mandando sobre el resto de la ciudad. Y lucían resplandecientes con el sol del amanecer. Miré a mi alrededor. Todos dormían. Desperté a Malú de forma delicada.
—Peque mira -dije entusiasmado mirando por la ventana.
Abrió los ojos sin muchas ganas. Se los frotó con ambas manos. Miró por la ventana. Aquella que nos regalaba esas vistas tan increíbles de la ciudad de Sevilla.
—Adoro esta ciudad -dijo en tono bajito.
Llegamos hasta el hotel. Estaba a las afueras. En un lugar bastante apartado. De hecho cruzamos toda la ciudad para llegar hasta el.
Nos instalamos en su habitación. Según el registro yo compartía habitación doble con alguno de los chicos. Afortunadamente ya no me hacía falta coartada para estar con ella. Aprovechamos que era una zona poco transitada para salir a dar un paseo. Pasé mi brazo por encima de su hombro y ella el suyo alrededor de mi cintura. Como una pareja cualquiera paseamos por la orilla del río durante un largo rato.
Hasta que acabamos tumbados en una zona de césped. Malú apoyó la cabeza en mi pecho y se relajó mirando a la nada.
—Te va el corazón a mil por hora... -dijo sin moverse.
—Es el efecto que causas en mi.
—Mentiroso. Estás así por el concierto -apuntó ella.
—Eso también -confirmé riendo.
—Va a estar genial ya lo verás. ¿has hablado con tus padres? -se interesó.
—Me llamaron el día que recibieron las invitaciones. Pero no les dije nada, solo que tienen que asistir al concierto -expliqué.
—¿Vendrán?
—Claro. A mi madre le encantas. ¿No te he contado nunca que cuando íbamos de vacaciones ponía aprendiz a toda leche?
—Venga ya -dijo incrédula.
—Es verdad.
Nos quedamos callados durante unos segundos. Sintiendo nuestras respiraciones. Acaricié su mano hasta terminar entrelazando nuestros dedos.
—Oye cariño... -dije rompiendo el silencio.
—Dime.
—¿Has pensado el revuelo que se va a levantar cuando vean que un actor en cuya serie has participado, es tu guitarrista? -pregunté incorporándome un poco.
—Si. La verdad es que lo he pensado...
—Van a especular -aseguré mirándola.
—Lo sé. Pero me da igual -contestó segura.
Sonreí por su respuesta. Si a ella no le importaba, a mi todavía menos. Pero que iba a haber especulaciones era casi seguro.
Volvimos al hotel a la hora de comer. Comimos allí junto con el resto de grupo. Por supuesto el tema de conversación fue el concierto. Recibí algunos buenos consejos que seguramente me serian de utilidad.
A eso de las seis de la tarde nos fuimos al recinto del concierto. Era el auditorio de Rocío Jurado. Entramos directamente con el coche hasta dentro. Donde los técnicos de luces y sonidos ya estaban ultimando los detalles del montaje.
Preparamos nuestros instrumentos. Afinamos y probamos nuestras guitarras hasta dejarlas a punto. Ensayamos un par de canciones con la jefa. Que cantó para que los técnicos pudieran ajustarle el sonido del micro. De momento todo iba sobre ruedas. Sabía todo lo que tenía que hacer y me acoplaba perfectamente al resto de la banda.
Llegó la hora de la apertura de puertas. La suerte ya estaba echada. Fuimos hasta las salas habilitadas como camerinos. Intenté relajarme durante el rato que quedaba hasta el inicio del concierto. Pero solo conseguí alterarme más. Aunque lo disimulaba bastante bien.
Ahora si que había llegado la hora. Me asomé un par de veces desde el backstage. Realmente impresionaba. El auditorio estaba repleto hasta la bandera. No había ni un solo asiento libre. Resoplé cerrando los ojos. Intentaba contener los nervios que cada vez eran más evidentes.
Malú me miró sonriente. Para ella esto era lo normal. Pero yo estaba acojonado. Y ella lo sabía. Se acercó y me dio un abrazó.
—Disfruta -susurró en mi oído antes de separarse.
Me quedé con su consejo. Nadie mejor que ella para aconsejar.
Subimos al escenario. La emoción era máxima. La emoción que se siente cuando haces algo por primera vez es indescriptible. Son sensaciones que nunca vuelven a aparecer de esta manera. Me sentía como un niño con un regalo sin abrir. Expectante, nervioso, ansioso. Tragué saliva para intentar apaciguar mis nervios. La gente gritaba con estusiasmo porque sabia que estaban a punto de ver a su ídola. Los gritos de la multitud me habían hecho más pequeño todavía. El corazón se me iba a salir del pecho de un momento a otro. Las piernas me temblaban como nunca. Y mis dedos no se si iban a ser capaces de responder como es debido.
Siguee porfaa
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