Cuando abrí los ojos estaba durmiendo en su cama. Entre aquellas sabanas impregnadas con su aroma. El perfecto despertar existía. Miré hacia el lado. Allí estaba ella, dormida profundamente como una niña pequeña. Mi niña pequeña. Sonreí al mirarla. Sin duda era lo más bonito de aquel lugar. Me quedé un rato inmóvil. Cautivado. Contemplando su belleza con una sonrisa dibujada en la cara. Nunca me cansaba de hacerlo.
Miré el reloj en el teléfono. Todavía era temprano. Así que aproveché para levantarme y bajar a hacer el desayuno. Un detallito romántico siempre alegra el día. Yo nunca había tenido la oportunidad de llevarle el desayuno a la cama. Pero creo que le iba a gustar. Sabía que en fondo era una romántica. Adoraba los pequeños detalles. Las pequeñas cosas. Los gestos más insignificantes. Los detalles más tontos del mundo. Al fin y al cabo ahí está la magia de todo. Eso era la vida.
El desayuno fue bastante simple. Algo clásico. Los clásicos nunca fallan. Zumo de naranja recién exprimido. Café. Y tostadas con mermelada. Con la curiosidad de que la mermelada estaba huntada formando un corazón. Si, a veces me sorprendía a mi mismo.
Lo coloqué todo estratégicamente en una bandeja que encontré por la cocina. Escribí una nota en un post-it de color amarillo y la puse junto con todo lo demás. Tres palabras. Tres palabras claras y concisas. Tres palabras sinceras.
"Te quiero mucho"
Subí las escaleras haciendo malabarismos con la bandeja para no descolocar nada. Lo conseguí. La dejé en su lado de la cama, sobre la mesita de noche. Me senté en el borde del colchón. Acaricié su cabeza repetidas veces. De la manera más delicada posible. Abrió los ojos despació. Sonrió nada más descubrime. La luz que entraba a través de la ventana todavía era suave. Lo que hacía aún más especial esa sonrisa. Intentó hacerse la remolona volviendo a cerrar los ojos.
—Buenos días princesa -susurré bajito en su oído.
Y tras esas palabras besé su frente. Debió encantarle mi gesto. Porque abrió de nuevo los ojos y volvió a regalarme otra de sus sonrisas. Aquellas con las que conseguía parar el mundo. Incluido mi corazón, que creo que dejaba de latir con cada una de ellas...
—¡Buenos días! Mmmm huele a café... -dijo incorporándose un poco.
Se sorprendió al comprobar que tenía el desayuno recién hecho en la mesita de noche. Me miró sin dejar de sonreir en ningún momento. Extendió sus brazos como señal para que la abrazara. Y eso hice. Nos quedamos unidos durante varios segundos. Energía mañanera. Fui el primero en separarme.
—Venga cariño, desayuna ¡Que se enfría!
—Te quiero -dijo dándome un beso en los labios.
—El del desayuno también. ¿No has leído la nota? -bromeé
Ojeó el post-it. Lo cogió con una mano y volvió a leerlo. Sonrió ampliamente y me miró con dulzura.
—Pues dile al del desayuno que me encanta.
Desayunamos los dos juntos. En un constante juego improvisado de mimos y caricias. Así que no tengo claro si desayunamos o nos desayunamos a besos. La suavidad de sus labios al despertar. No imaginaba un plan mejor. Adoraba esos momentos de intimidad. Probablemente porque esas eran las muestras de cariño que en público no podíamos tener.
El timbre sonó poco después devolviéndonos al mundo real. Había un nuevo día al que hacer frente. Y a decir verdad no lo podía haber empezado de mejor forma.
—Este debe ser el pesado de mi hermano -dijo poniendo los ojos en blanco.
Me reí al ver su gesto. Estaba guapísima. Era tan sencilla y natural. A veces incluso me costaba asimilar que se tratara de ella. Que era la misma chica que se subía a un escenario y se ganaba al público con la primera estrofa de una canción. La misma que abarrotaba palacios y plazas como si tal cosa.
—Me voy a duchar. No quiero llegar tarde uno de mis últimos días... -comenté con humor.
Malú asintió guiñándome un ojo. Se marchó a abrir la puerta y yo me metí en el cuarto de baño de su habitación. Me duché rápidamente. Salí y me vestí con la misma ropa. No tenía tiempo de pasar por casa.
Bajé las escaleras con toda la energía del mundo. Toda la que me había proporcionado el despertar a su lado. Esperaba encontrar a Jose allí. Sin embargo no fue así. No era Jose el que estaba con mi chica, sino una mujer rubia de mediana edad. De repente caí. Era su manager. La había visto antes, en el concierto de Madrid.
Me quedé un poco paralizado al verla. A ella creo que le pasó lo mismo conmigo. Pero ya me había visto, así que actué con naturalidad. Al menos con toda la que pude. Yo seguía siendo un chico bastante tímido.
—Hola -saludé amablemente.
Miré a Malú con gesto complice. Necesitaba urgentemente que me sacara de este marrón. ¿Sabéis el típico momento de tierra trágame? Pues algo parecido.
—Rosa, ¿te acuerdas de Nacho? -pronunció finalmente.
—Eh...si... Hola -balbuceó ligeramente- Siento haber interrumpido.
—Yo ya me iba... -acerté a decir mirándolas a ambas.
—Cariño espera. Rosa es como una madre para mi, no pasa nada.
Las dos se miraron y terminaron por reírse. Yo no entendía muy bien a que venía. Pero prefería dejarlas solas. Además, gracias a mi aparición estelar ya tenían tema para echar la mañana.
—Malú, ¿te importa venir un momento? -dije apartándome hacía la puerta de la calle.
Se levantó del sofá donde estaba sentada con su amiga y salió al pasillo para encontrarse conmigo. Me miró de forma divertida.
—No te preocupes. Tarde o temprano se lo iba a contar.
—A mi no me importa, mientras tu estés segura... -dije para zanjar aquel tema- Oye, te recuerdo que no llevo coche y me tengo que ir a currar.
—Coño es verdad. Espera que voy a por un casco y te dejo la bici -comentó muy seria dejándome allí plantado.
Me quedé con cara de poker. No sabía si lo había dicho en serio. Lo que se es que consiguió dejarme allí con aquel careto. Apareció momentos después con las llaves del Audi en la mano. Rió a carcajadas al verme la cara de tonto que se me había quedado.
—Toma anda -dijo entregándome las llaves.
No pude hacer otra cosa que reír también. Así era ella. Por un momento había pensado que me iba a dejar marcharme en bici. Ya me veía pedaleando y llegando tres horas tarde. Menudo espectáculo.
—Mmm el Q7 en mis manos.
—Cuidado a ver que le haces -dijo amenazante apuntándome con el dedo índice.
—Que poco confías guapa -bromeé.
—Ah y no le pises mucho que luego la multa viene a mi nombre -advirtió riendo finalmente.
—Gracias cariño -dije dándole un beso antes de marcharme.
Y si. Me fui a trabajar en el coche de mi chica. El mismo que el destino quiso estropear para que nos conociéramos... Aquel que tanto juego había dado en el inicio de nuestra relación. Y que de hecho seguía haciéndolo.
Lo estacioné en mi plaza. Mejor dicho la que hasta entonces lo había sido. Casualmente llegué a la vez que mi jefe. También jefe por poco tiempo. Allí estaba él. Aparcando su flamante BMW. Bajé del coche. Caminé a su encuentro cerrando el vehiculo desde lejos con el cierre centralizado de la llave.
—Vaya cochazo -comentó Jesús acercándose.
—Es de un buen amigo -dije sin dudar un momento- No creas que yo puedo permitírmelo. Y menos ahora que voy a quedarme en el paro.
—Nacho todos estamos jodidos con esta situación -se defendió él.
—Lo sé. Perdona Jesús. Sé que la culpa no es tuya. No tendría que haberme ido así ayer.
—No pasa nada, yo también os entiendo a vosotros. Pero no te desanimes. Dicen que no hay mal que por bien no venga -apostilló mi querido jefe en plan sabio.
—No puedo estar más de acuerdo -comenté sonriente.
—¿Tienes algo apalabrado? -se interesó Jesús.
—Puede. Pero nada de lo que te imaginas... Hay que renovarse jefe. -dije de manera triunfante.
—Ya me contarás.
—Ahora nos vemos -me despedí.
Entré dentro. Las caras de mis compañeros eran bastante largas. Cosa normal por otra parte. Teníamos que acabar de rodar a pesar de saber que no seguiríamos en antena. Sin embargo yo estaba eufórico esa mañana. Mi nuevo proyecto era más que ambicioso. Tanto que estaba deseando llegar a casa para darle caña a la guitarra.
Rodamos durante toda la mañana y parte de la tarde. A decir verdad, esto ya era crónica de una muerte anunciada. Así que cuanto antes termináramos mejor.
Abrí el WhatsApp de camino al coche. En los rodajes dejaba el móvil en la taquilla. Así que solía estar desconectado del mundo. Como ya venía siendo habitual, solo había una conversación que me interesaba realmente. Me fui a esa directo.
"Chica Q7"
-Hola pequeña.
-Me encanta cuando me llamas pequeña.
-Ah si?? Y por qué?
-Porque me haces sentir la persona más grande del mundo. Irónico verdad?
-Un poco si. Pero me encanta que te encante.
-Que tal el día?
-Bien. Acabo de terminar. Y tú que tal?
-Todo el día en casa con Rosa. Hemos estado organizando el concierto de Sevilla.
-Guai!
-Por cierto, le has caído muy bien.
-No seas cabrona. Casi muero de la vergüenza😳
-Jajajajja Vienes para aquí? Echo de menos a mi cochecito...
-Ah gracias!! Yo también te quiero.
-Que es broma tonto! 😇
-Anda ahora voy. Tengo que pasar por casa a por ropa. Que luego me lías y tengo que quedarme a dormir.
-Eres un creído. Esta noche no te lío, por tonto 😤
-Mentirosilla. Te encanta 😁
-Anda tira.
-Jjajajja dile a tu hermano que vaya preparando las guitarras.
-Hasta ahora 😘
-😘😘😘
Hice el recorrido hasta mi casa. Como tantas otras veces. Paré bastante cerca. Subí al piso. Lo tenía bastante desordenado últimamente. Pero ahora no era plan de ponerme a organizar. Fui bastante rápido. Preparé una mochila con ropa y cosas básicas. Cepillo de dientes y demás objetos de higiene personal. No es que tuviera pensado quedarme allí a vivir ni nada por el estilo. Es que no podía pasar más de una noche sin lavarme los dientes. Era superior a mi.
Comprobé que llevaba todo lo necesario. Me toqué los bolsillos en busca de las llaves del coche. Todo correcto. Bajé a toda prisa. Con tan mala suerte que al salir por la puerta de la calle choqué con una chica. No tuve tiempo a reaccionar.
—Perdona. No te he visto -dije levantando la mirada.
Y aquí mi sorpresa. Al descubrir que no era cualquier chica. Era Laura. Después de tanto y tenía que tener un encontronazo precisamente con ella. Parecía una broma. Pero era tan cierto como que me llamaba Nacho.
—Hola -saludé.
—Vaya prisas hijo -comentó con una sonrisa.
No dije nada. Simplemente la mire. Esa mirada que tan coladito me había tenido durante años. Lo que es la vida. Ahora la podía mirar tranquilamente sin sentir absolutamente nada. Me sentia orgulloso por ello.
—¿Dos besos no? -interrumpió ella.
—Si claro -dije dándole dos besos.
—¿Que tal todo? -preguntó mi ex.
—Muy bien la verdad. ¿Y tú? -correspondí la pregunta por mera formalidad.
—Bien, gracias.
A decir verdad no es que me interesara demasiado. Pero tampoco quería quedar de borde. Al contrario. Estaba feliz. Así que no tenía problemas en demostrarlo. Incluso me sentía bien haciéndolo. Lo había pasado mal por ella. Y ahora era yo el que desprendía felicidad por los cuatro costados. Algo de lo que indudablemente se dio cuenta.
La miré. Dude en cortarle, pero en ese momento me abordó con otra pregunta.
—He leído en twitter que acaba tu serie. ¿Es verdad?
—Así es.
—¿Y que vas a hacer ahora?
—Tengo buenos planes créeme.
—¿Puedo saber de que se trata?
—Ya te enterarás por twitter -vacilé por su explicación de antes.
Me miró un poco mosca por mi última frase. Creo que interpretó que había pensado que era una cotilla. En realidad no lo pensé. Yo también me informaba de las cosas vía twitter. Era mucho mejor que leer un periódico o ver el telediario. Y encima actualizado al segundo. Quitando los bulos podía considerarse una buena fuente de información. Con un punto de cotilleo, si.
—Laura perdona me tengo que ir. Tengo un poco de prisa -dije intentando excusarme.
—Vale. Ya nos veremos entonces.
—Si. Ya nos veremos...
Me despedí de ella de la manera más cordial posible. Al fin y al cabo eramos seres civilizados. Ex sin más. Ya solo nos unía el tiempo que habíamos pasado juntos. Pero el pasado, pasado está.
Esperé a perderla totalmente de vista para arrancar el coche de mi chica. Me dirigí hacia Boadilla. Otro camino que empezaba a saberme al dedillo. Y que por cierto me encantaba hacer. Ya que eso era sinónimo de ver a la nueva dueña de mis sentimientos. Tardé un poco más que de normal. Era viernes por la tarde y podía apreciarse notablemente el aumento del tráfico hacia las entradas de la capital y ciudades adyacentes. Un autentico caos.
Cuando llegué aparqué en la puerta de su casa. Bajé y toqué al timbré. Me recibió ella. Con el pelo alborotado y su habitual sonrisa desenfadada. Vestía un pantalón de pijama hiper corto que dejaba al descubierto sus piernas. Y una camiseta de tirantes que se adaptaba perfectamente a sus curvas. La miré mordiéndome con fuerza el labio inferior.
—Como recibas así a todas tus visitas vas a provocar más de un infarto... -susurré en su oído.
Me calló con un beso. Hay veces en las que sobran las palabras. Y creo que para ella, esta era una de esas veces.
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