lunes, 16 de junio de 2014

Capítulo 20 (Ven a pervertirme)

Me besó dulcemente en los labios. Dulzura que sin apenas darnos cuenta se transformó en pasión conforme pasaban los segundos. Logró dejarme casi sin aliento. Sus besos siempre lo hacían. Siempre provocaban en mi un terremoto de sensaciones. Todas a la vez. Mezcladas entre si. Explosionando juntas en forma de deseo. Creo que nunca había probado unos labios como los suyos. Eran totalmente adictivos. Tanto como ella. Se separó de mi, quedando a escasos milímetros de mi cuerpo. Me miró a los ojos, sonriente como siempre. Con su peculiar carita de niña. Aquella que conseguía hacerme vulnerable. 
Resoplé por lo que acababa de hacer conmigo. Ella rió al ver mi gesto.

—Y creo que yo voy a ser el primer infartado -bromeé tocándome el pecho.

—¡Pasa anda! -exclamó- Que tienes a mi hermano esperando dentro.

—Es que no veas el tráfico que había -me excusé.

El encontronazo con mi ex había tenido algo que ver con mi retraso. Con que llegara algo más tarde a nuestro "segundo ensayo". Pero apenas habían sido unos diez minutos. Un visto y no visto. Así que tampoco me pareció un tema demasiado relevante. Ni siquiera como para mencionarlo. Por tanto no lo hice.

—¿Te he dicho ya que estás guapísima? -dije entrando y cerrando la puerta.

—Puede... Pero no estaría mal que me lo recordaras - sugirió mirándome de la manera más sexy.

Me acerqué de forma provocativa. Puse mis manos sobre sus caderas y la atraje hacia mi. Juntando nuestros cuerpos hasta que no quedo ni un solo hueco por el que dejar pasar el aire. Acaricié su espalda de arriba a abajo. Una y otra vez. Sin romper el cruce de nuestras miradas. Ese brillo en sus ojos me cautivaba completamente. No hay nada más transparente que una mirada. Y a través de la suya podía contemplar su felicidad. Creo que podríamos pasar horas mirándonos a los ojos sin decir una palabra y nos entenderíamos a la perfección. 

—No veas como me pones... -susurré bajito en su oído.

Quizás no era la mejor frase. Demasiado soez tal vez. Pero se escapó de mi boca sin que pudiera detenerla. Malú rió de inmediato. Al parecer le hizo gracia mi ocurrencia. Y no solo eso. Sino que además aprovechó la situación para jugar conmigo un poco más. Se acercó a mis labios. Los rozó con sutileza provocándome descaradamente. Y justo cuando yo iba a responder con un beso, se apartó dejándome con las ganas. Clavé mi mirada en la suya con cara de pocos amigos.

—No me mires así cariño. Te lo has ganado.

—¿Perdona? -dije en plan ofendido.

Agarré sus muñecas. Una con cada una de mi manos. La empujé contra la pared del pasillo sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Y fue entonces cuando me lancé de nuevo a sus labios. Con entusiasmo. Con ímpetu. Encajando nuestras lenguas. Bailando a su compás. Recorriendo con ella los rincones más ocultos de su boca. Sabía que le gustaba. Me miró desafiante. Sensual. Mordiéndose el labio inferior. Me reí al verla. Conocía bien ese gesto. Volví a besar su cuello. No se como, pero nos olvidamos de que no estábamos solos. 
Hasta que Jose se presentó en el pasillo y nos pilló en pleno arrebato de pasión.

—Eh parejita, dejad eso para más tarde. Tenemos curro -dijo el guitarrista interrumpiendo el momento.

—Ya vamos hermanito -respondió mi chica.

Las palabras de Malú sirvieron para que su hermano volviera al salón y nos dejara de nuevo solos.

—¿Tienes idea de como me has puesto? -preguntó pegándome con fuerza en el pecho.

—Te lo has ganado -dije imitándola.

—¡Te odio! -exclamó liberándose de mi cuerpo.

Me reí al verla así. Me gustaba picarla. Me gustaba demasiado. Se ponía extremadamente sexy cuando se enfadaba. Aunque se que no lo hacía de verdad. Todo quedaba en un juego inventado por nosotros mismos.

Por fin nos reunimos con Jose. Nos esperaba sentado en el sofá mientras afinaba las diferentes guitarras que tenía preparadas para esa tarde. Guitarras de todo tipo, amplificadores, partituras, letras. Todo amontonado en un pequeño espacio del salón.

Me quedé alucinado con aquel pequeño despliegue musical. Creo que todavía no era muy consciente de que esto iba en serio. Pero lo era. Y esa tarde me di cuenta.

Agarré la guitarra con seguridad. Rocé las cuerdas suavemente con los dedos. Comprobé que sonaba correctamente pulsando algunas de ellas. Y comencé con una de las canciones que más habíamos ensayado el día anterior. "Desaparecer" uno de los temas del último disco. En los conciertos se realizaba en formato acústico. Algo que lo hacía diferente y totalmente íntimo.

Malú me miró atenta a cada movimiento de mis dedos. A cada acorde que formaba con ellos. Esa mirada me intimidaba. Pero me concentré de manera que no pudiera conseguirlo. Cuando llegó el estribillo entonó la canción con un tono suave. Acoplándose perfectamente a las notas que yo tocaba.

"Ni pienso ni busco ni quiero volver.
No quiero ni verte ni hablar ni saber.
Yo quiero irme lejos tanto como pueda. Quiero que me veas desaparecer"

Levanté la mirada del instrumento. Estaba sentada justo enfrente de mi. En el borde de la mesa de centro. Me miraba sonriendo. Sonrisa que por supuesto me descolocó haciendo que me equivocara de cuerda.

Seguimos en esa linea durante toda la tarde. Los resultados eran buenos. Nos entendiamos incluso de esta forma. Y eso era muy buena señal.

Miré hacia la ventana. La luz era tenue. Los últimos rayos del sol se colaban a través del cristal. Otra tarde que se había consumido ante nuestras narices.

—¡Bien cuñao bien! Sevilla nos espera -exclamó de Lucía.

—No me acojones antes de tiempo.

—Os dejo. He quedao para cenar con unos colegas -argumentó recogiendo todos sus trastos.

Nos despedimos de él antes de que se marchara a toda prisa. Retiramos las guitarras a un lado donde no molestaran. Jose las dejó para practicar el resto de la semana.

Me acerqué por detrás abrazándola con fuerza. Apoyé mi cabeza en su hombro. Y desde esa misma posición empecé a besar su cuello.

—Por fin solitos -susurré en voz baja.

—Te recuerdo que estoy enfadada contigo -aclaró ella.

—¿Segura? -insistí.

—Segurisima.

—Que pena. Iba a retomar lo que habíamos dejado pendiente... 

Se giró sobre si misma para mirarme. Colocó sus manos sobre mi pecho. Y bajó lentamente con una de ellas haciendo zig zag por el recorrido de mis abdominales. Hasta llegar a mi parte más íntima. La rozó con habilidad. Consiguió ponerme malo en aquel preciso instante. Con el simple contacto a través del pantalón.

—Es que ahora ya no me apetece -dijo ella.

Me miró triunfante por haber conseguido vengarse de mi. Como siempre me ganaba la partida. Armas de mujer. Cualquiera se enfrenta a ellas. Siempre ganan. Eso es un hecho.

—¡A cenar! -exclamó finalmente apartándose de mi.

Se marchó a la cocina dejándome allí. Con mi ya característica cara de panoli. Me reí por la situación. No solo me encantaba picarla. También me gustaba cuando era ella quien lo hacía. Fui tras ella. Y le ayudé a preparar la cena. Mis dotes culinarias no eran especialmente de chef. Pero me defendía con bastante destreza.

Cenamos allí. En la mesa de la cocina. Para no ensuciar el salón. Que más que salón ya era la sala de ensayos oficial.

—Tengo una cosa para ti -dijo Malú sin quitarme la vista de encima.

—¿Y que es?

Dudó un momento antes de levantarse. Pero finalmente lo hizo. Salió de la cocina en busca de algo. Y volvió a entrar con ello en la mano. Lo dejó sobre la mesa. Eran cuatro acreditaciones de los conciertos de la gira. Pases vip como el que me envió al estudio el día de mi cumpleaños. 

—¿Y esto? -pregunté curioso.

—Esto es para que invites a tu familia cuando estemos en Sevilla.

No le faltaba detalle a esta mujer. Recordaba lo que en alguna ocasión le había contado. Que mis padres y mi hermano pequeño vivían en aquella ciudad.

—Eres increíble -dije ojeando las tarjetitas.

—La cuarta es porque no sabía si tu hermano tenía novia -comentó riéndose.

—A decir verdad no lo sé ni yo -sonreí.

—Bueno pues si no, no pasa nada.

—Gracias cariño -dije dándole un pequeño beso.

—Oye. Creo que tu y yo teníamos algo pendiente... -pronunció con tono pícaro.

—¿Ya se te ha pasado el enfado?

—Bueno... Digamos que nunca lo estuve, pero me apetecía picarte -dijo con toda la calma. 

Me levanté de la silla. Le di la mano para ayudarla a levantarse. Tiré de su camiseta hacia arriba hasta quitarla por completo. Y deslicé aquel pantalón corto por el camino de sus piernas. Levanté su cuerpo en el aire impulsandola de los muslos. La dejé sentada sobre el borde de la encimera. Se estremeció al sentir el frío mármol directamente sobre sus nalgas.

—Pues ahora me toca a mi -añadí

Era mi turno. Mi oportunidad de volverla loca. Incliné ligeramente mi cabeza para besar sus labios. Pasé mi lengua sobre ellos para humedecerlos. Me abrí camino a través de su boca hasta encontrarme con su lengua. Jugué con ella. Despacio. Saboreándola. Enredé mis manos por su pelo. Me encantaba como olía.

Me deshice de sus últimas prendas. Dejando al descubierto sus bellezas más ocultas. 
Sin descuidar los besos pasé mis manos por todos y cada uno de los rincones de su cuerpo. Su piel se erizaba a mi paso. Me encantaba. Con delicadeza abrí sus piernas y acaricié su sexo con las yemas de mis dedos. Estaba completamente excitada. Me paré justo a las puertas del cielo. 
La miré a los ojos. Me devolvió la mirada con cierta incertidumbre apretando los labios con fuerza. Sabía perfectamente lo que iba a hacer. Y aproveché su excitación para abrirme paso hacia su interior. 
Un pequeño suspiro salió de su boca, por el placer que le produjo sentirme dentro de ella. Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Quería más. Y yo pensaba dárselo.
Mis dedos se deslizaban con facilidad a través de aquel laberinto. Con mucha soltura y seguridad. Aumentando la velocidad al mismo ritmo que subía la temperatura. Su cuerpo agitado emitía pequeños espasmos. Besé su boca para callar sus gemidos, ya totalmente descontrolados. Aceleré el ritmo cuando comprendí que estaba a punto de alcanzar el orgasmo. Y en ese momento fue ella la que buscó mi boca desesperadamente. La besé con brío hasta que un último jadeo ahogado me indicó que era el final.

—Te quiero -susurré bajito en su oído.

Mantenía los ojos cerrados y todavía respiraba con dificultad. Sonrió ante mi confesión y me miró resoplando. Intentando estabilizar su cuerpo. Mientras lo conseguía se dedicó a desabrocharme los botones de mi pantalones vaqueros. Los deslizó hasta donde la postura en la que nos encontrábamos le permitió. Hizo lo mismo con mis boxers. Mi excitación hacía rato que pedía ser liberada. Jugó con ella haciéndola todavía más evidente.

Bajó de la encimera. Me empujó hacia atrás sentándome en una silla y sin esperar más subió a horcajadas sobre mi cuerpo haciendo que volviera a entrar en ella. Su respiración se agitaba otra vez al ritmo de sus movimientos. El sentirla completamente hizo que me rindiera ante ella. Que me estremeciera. Me volvía loco cuando tomaba el control. Cuando me manejaba a su antojo. No se podía explicar lo que sentía. Había que vivirlo para saberlo. Llegué a la cumbre. Y conmigo ella de nuevo. Estábamos exhaustos. Nos relajamos sin separar nuestros cuerpos.

Al final terminamos resolviendo la tensión sexual provocada anteriormente por nuestros continuos piques. En aquella cocina y de esa forma tan poco habitual. Pero que había conseguido llevarnos a la locura. A perder la cabeza.

Y fue a la mañana siguiente. Al despertarme de nuevo junto a ella. Al regalarme otra vez esa sonrisa. Cuando terminé por darme cuenta una vez más de que la necesitaba en mi vida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario