martes, 3 de junio de 2014

Capítulo 18 (Entre huracanes de pasión sin límites)

Me sentía bien. Con ella no existían los problemas. Sus gestos de cariño y complicidad borraban cualquier preocupación que pudiera pasar por mi mente. La sentía muy cerca. Y es que me había demostrado tanto en tan poco tiempo... En realidad ambos lo habíamos hecho. 

Supongo que así es el amor. Todavía me entraban escalofríos de pensar lo caprichoso que era el destino. Como de la noche a la mañana una persona puede pasar de no significar nada a ser absolutamente todo. Y eso es precisamente lo que habíamos vivido en estas últimas semanas.

Cuando una relación se acaba todo se vuelve gris. Tu propia casa se te cae encima. Y el mundo se desmorona ante tus pies sin poder evitarlo. Esos momentos en los que piensas que nadie va a ser capaz de suplir a esa persona. De llenar ese vacío. Que no habrá nadie mejor. Pero siempre, siempre, aparece alguien que rompe todos tus esquemas.

Y esa persona era ella. Era ella la que me había demostrado que estaba equivocado. Que el destino siempre nos tiene reservado algo bueno. Algo mejor.


Me besaba de forma desenfrenada. Sin posar sus labios en un lugar fijo de mi cuerpo. Sus besos descansaban en mi boca, mi cara, mi cuello... Y sus caricias ya formaban parte de mi espalda. Era pura pasión. Un auténtico huracán.

Nada podría estropearme este momento. Nuestro momento. Me olvidé del trabajo y me dejé contagiar por ella. Por su magia. Por su poder que seducción. Conseguía enloquecerme hasta limites insospechados.

Se deshizo de mi camiseta con facilidad. Tardé dos segundos en hacer lo mismo con la suya. Las prendas quedaron por algún lugar del salón. Nos daba igual.
La levanté en el aire. Se agarró a mi cuello con ambas manos y cruzó sus piernas alrededor de mi cintura. 
Me dirigí con ella hasta el sofá. La dejé caer y me puse encima para atraparla con mi cuerpo. 

Comencé con mi particular juego de besos. Recreándome especialmente en su cuello. Combinando los besos con pequeños mordiscos. Sabía que la volvían loca. Sus suspiros de placer se encargaban de recordármelo.

—Esto fuera -dije quitándole también el sujetador.

Besé apasionadamente sus encantos más ocultos. Me miró con deseo mientras apretaba los labios con fuerza, mordiéndose en ocasiones el inferior. Me encantaba verla así, tan alocada, tan deshinibida. Esos gestos tan suyos.

Nos desvestimos por completo en mitad de aquel juego. La excitación se había apoderado de nosotros. Ardíamos en deseo de volver a tenernos.

Mientras ella se encargaba de darle potencia a cada uno de los besos yo me entretenía en juguetear por zonas muy cercanas a su parte íntima, rozándola ligeramente de pasada, pero sin llegar a tocarla.

—Nacho... ¡Hazme el amor! -suplicó en un gemido ahogado.

Me reí por aquello. Había conseguido crear la suficiente incertidumbre como para que terminara pidiéndomelo a gritos. 

—Shhh -dije bajito para callarla.

Quería que siguiera disfrutando conmigo. Hacerla tocar el cielo. Mis caricias en aquel lugar tan íntimo pronto pasaron a ser besos. Sus suspiros se transformaron en pequeños gemidos, que cada vez iban en aumento.

Disfrutaba al verla disfrutar de esa manera tan evidente. Y por fin cumplí sus deseos. Le hice el amor allí mismo. De manera efusiva y a la vez relajada. Combinando lujuria y romanticismo, como a mi me gustaba. Los decibelios de nuestros jadeos se descontrolaron por completo y el sofá fue el único testigo de todo.

Intentamos relajarnos tras llegar a la cumbre. Lo conseguimos. Nuestra respiración se estabilizó y nuestras miradas volvieron a encontrarse provocando una gran sonrisa en nuestras bocas.

—¿Te he dicho alguna vez que me encantas? -preguntó mi chica.

—Alguna vez. Pero me encanta escucharlo -confesé.

—Pues me encantas -dijo dándome un beso.

—A mi me encanta tu lado romántico.

—No te acostumbres -dijo entre risas- ¿Que tal si comemos?

—Estaría bien. Mi estomago me lo está pidiendo a gritos.

Recuperamos nuestra ropa, que estaba esparcida y desordenada por todo el salón. Nos vestimos rápidamente y fuimos hasta la cocina para prepararnos algo de comer. Nos decantamos por unos macarrones. Necesitabamos hidratos para recuperarnos del esfuerzo. 

—Oye Nacho. Tengo una cosa que comentarte -dijo mirándome.

—No me asustes. 

—No es nada malo. Es que me falla un guitarrista para el próximo concierto de la gira... Y había pensado en ti.

Me atraganté al escuchar esa última frase. Cogí mi vaso y di un trago largo al agua. Malú rió al verme.

—¿Yo? Malú estás loca -afirmé con contundencia.

—¿Por? Se te da bien. Y te sabes la mayoría de mis canciones.

—Tampoco tantas. Además tendría que practicar un montón. Sabes que hace mil años que no toco en plan serio. Y un concierto tuyo son palabras mayores -me justifiqué.

—A ver no te asustes. Solo piénsalo ¿vale?

No podía negarlo. La idea de formar parte de su banda en un concierto suyo me resultaba extremadamente atractiva. Guitarrista... Aquello que siempre había soñado. Pero no me encontraba suficientemente preparado para ello. Y pasaba de ponerla en un compromiso así. 

—Gracias por pensar en mi. Pero no quiero estropearte uno de tus conciertazos. Me tirarían tomates.

—No me hagas reír. Yo creo en ti. Te he oído tocar Nacho... Y vengo de familia de guitarristas, así que ojo no me falta... -comentó ella con seguridad.

—¿Lo dices de verdad? 

—Prométeme que te lo vas a pensar.

—Te lo prometo.

Sonó el timbre nada más que terminamos de comer. Debía ser Jose. Malú lo conocía bien y tenía razón. No se había tragado la excusa que le dio por teléfono. Echó un vistazo rápido para comprobar que no había muestras de nuestro arrebato de pasión. Abrió la puerta momentos después.

Efectivamente, era Jose. Pasó al salón tras darle dos besos a su hermana.

—¡Hombre cuñao! -dijo él con esa naturalidad que caracterizaba a ambos hermanos.

Me reí. Saludé a mi compañero y cómplice de aventuras. Habíamos compenetrado genial. Tras el recibimiento, los tres nos sentamos en los sofás del salón. Malú y yo intuitivamente lo hicimos en el que antes había servido para dar rienda suelta a nuestros sentimientos. 

—¿Por que no habéis venido a comer? -se interesó Jose.

—Ya te lo he dicho. No me encontraba muy bien -insistió su hermana manteniendo el mismo argumento.

—Que preferíais estar solos ¿no?

—Mira ahí le has dao -dijo finalmente mi chica- ¿Y Vane?

—Se ha ido a currar. Tenía una entrevista -añadió él.

—Oye, me viene genial que estés aquí. Necesito tu opinión.

—He ofrecido a Nacho ser mi guitarrista en el concierto de Sevilla. ¿Como lo ves?

—¿En serio? -dijo mirándome a mi.

—Ya le he dicho que no es una buena idea -aclaré yo.

—¿Bromeas? Es una idea estupenda -comentó Jose.

—¡Te lo dije! -exclamó triunfante Malú.

—Yo te enseñaré todo lo necesario. No te preocupes.

—Jose no sé... Me encanta la idea. Pero nunca he tocado delante de nadie. ¿Como voy a ser capaz de hacerlo delante de esa cantidad de personas?

—Lo intentamos. Intentamos prepararte. Si de aquí al concierto no te ves capacitado nos buscamos otro guitarra -propuso Malú tendiéndome la mano para cerrar ese trato.

—Está bien -dije riéndome y dándole la mano.

—¡Guai! Hermanita bájate la guitarra. Yo voy a por la mía -dijo Jose frotándose las manos.

Y así fue. Convertimos esa tarde en un concierto improvisado. En un ensayo más bien. Malú nos deleitaba con su maravillosa voz y Jose y yo poníamos el acompañamiento musical. Trabajamos las canciones una y cien veces. Corregía mis errores y me enseñaba sus técnicas. A decir verdad no podía tener mejor maestro que él.

La tardé pasó ante nuestros ojos. Y las yemas de los dedos de mi mano izquierda empezaban a resentirse. Así que paramos por hoy. Jose se fue volando cuando se percató de que llegaba tarde a la cita con su chica.

—Vas a hacerlo increíble -dijo Malú abrazándome por detrás.

—¿De verdad lo crees? -pregunté.

—Anda pues claro -añadió justo antes de darme un beso en la mejilla- ¿Te apetece que cenemos por ahí?

—Me apetece cenar contigo. El sitio me da igual.

—Voy a llevarte a un sitio que vas a flipar -aseguró ella.

Se cambió y se arregló. Lo hizo rollo casual e informal. Como a ella le gustaba. Unos vaqueros ajustados de tono oscuro. Una camiseta ancha de color grisáceo. Y unos taconazos del color de la camiseta. Se maquilló de manera no muy exagerada. Intensificando su mirada con una fina raya negra sobre sus párpados. Estaba guapísima. Pero eso no era ninguna novedad. La miré con una sonrisa de embobado.

Salimos hacía el centro de Madrid. La miraba mientras conducía. Esas caras de concentración no tenían desperdicio. Nos pilló un buen atasco a la entrada de la capital. Sacó un cigarro del mismo sitio de siempre. Según ella para quitarse el estrés de conducir por esas calles. Odiaba hacerlo cuando había demasiado tráfico.

Tardamos un buen rato en llegar a nuestro destino. Aparcamos en un parking cercano al lugar. Salimos a una de las calles que daban a la gran vía. Nos metimos en el hall de un hotel de lujo y subimos hasta la última planta. Allí se encontraba uno de los restaurantes más valorados de Madrid.

Y no me extraña. Disponía de una inmensa terraza convertida en el comedor del propio restaurante. Las vistas que nos regalaba eran inmejorables. La ciudad a nuestros pies. Era todo tan insignificante desde allí arriba. Nos sentamos en un sitio íntimo pegado a un ventanal enorme que nos permitía seguir disfrutando de la noche madrileña.

—Me encanta este sitio -dije con una sonrisa.

—Lo se. Todavía no hay nadie que me haya dicho lo contrario.

—¿Traes aquí a todos tu ligues? -pregunté divertido.

—Si, pero solo para dejarlos. Así pueden tirarse al vacío -bromeó ella.

—¿Me vas a dejar? 

—Tonto -dijo con una gran sonrisa.

En ese momento llegó el camarero para tomarnos nota. Pedimos lo que nos aconsejó. Y para acompañar la cena una botella de un buen vino. Por supuesto lo eligió la experta.

Nos sirvieron el vino en primer lugar. Malú llenó las copas. Solo hasta la mitad. Levantó la suya y me animó con la mirada a hacer lo mismo. La entendí a la perfección y así lo hice.

—Por nosotros -dijo sin más.

—Por ti -añadí yo.

Me miró con un sonrisa, creo que incluso se sonrojó. Chocamos nuestras copas y bebimos.

Nos sirvieron la cena momentos después. Cenamos tranquilos, sin ningún tipo de prisa. No la teníamos. A decir verdad mañana aún trabajaba, pero ahora ya daba igual ir con unas ojeras de más.

Tras la cena pasamos a un reservado rollo chill out que tenían para tomar las copas. Mesas bajitas. Sofás. Cojines por el suelo. Y sabanas translúcidas entre mesa y mesa, que hacían el ambiente aún más íntimo. Todo blanco. Daban ganas de quedarse allí a vivir.

Nos tomamos un gin tonic sentados en aquel sofá de cuero blanco. Ella y yo solos. Con la ciudad a nuestros pies y el cielo a solo centímetros de nuestros dedos, nos quedamos disfrutando de la noche. Ahora entendía el dicho, "de Madrid al cielo" y si es con ella mejor que mejor...

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