viernes, 27 de junio de 2014

Capítulo 22 (Sueños cumplidos)

Las guitarras eléctricas comenzaron a sonar desatando la euforia en la muchedumbre. Miré ligeramente hacia atrás y la vi. Tras el escenario. Guapísima. Respirando hondo para paliar los nervios. Y preparada para hacer su aparición ante toda esa gente. Me guiñó un ojo. Gesto que agradecí inmensamente. Porque sirvió para que me olvidara de todo. Para que me quitara los miedos y las inseguridades de un plumazo y únicamente disfrutara del momento.

Las luces se apagaron. Las guitarras silenciaron su sonido. Y el gentío volvió a enloquecer de nuevo.
"Ni un paso atrás" comenzó a sonar en las fantásticas manos de Rubén. Y al momento, su voz inundó el auditorio sevillano, provocando así la definitiva locura de todos los asistentes.

Un espectacular juego de luces se proyectó sobre el escenario. 
Jose me miró indicándome que era nuestro turno. Sujeté la guitarra y comencé a tocar con decisión. La música de nuestras guitarras acústicas se entremezclo con el resto de instrumentos que ya sonaban. Y la combinación era realmente increíble.

Era una auténtica locura, pero lo estaba haciendo. Estaba siendo guitarrista en un concierto de la jefa. Y me sentía bien. Ni en mis mejores sueños lo habría imaginado nunca.

Creo que la gente me miraba desconcertada. Las fans tenían fichados a todos los miembros de la banda de Malú. Y seguramente yo les descuadraba en aquel concierto. 

Miré hacia abajo. Hacia la zona más próxima al escenario. Buscaba a mis padres entre la gente. Parecía misión imposible, pero no tardé en localizarlos. Con ellos también estaba Marcos. Les dediqué una gran sonrisa que me devolvieron de inmediato. Los tres flipaban y me miraban sin entender nada. Creo que había sido una buena sorpresa.

Mis temidos nervios habían desaparecido por completo. Y no solo eso, sino que me crecía más con cada canción. Y mi motivación era ella. La observaba moverse de un lado para otro, sin parar ni un solo momento. Bailaba, corría, saltaba... Todo a la vez. Era un verdadero huracán. Pero eso no me pillaba de susto. Sabía perfectamente como era sobre el escenario. Y también fuera de el.

Sonreí al ver que lo pasaba tan bien. Que se entregaba tanto a su público. Aquel que sin duda también se entregaba a ella. De hecho se dejaban la voz y el alma por acompañarla en cada una de sus canciones. Y eso me ponía los pelos de punta.

Los minutos pasaban. Y con ellos el concierto. Hasta que el lado más sensual de la cantante llegó con "Toda". Bailaba con el pie de micro como si de una barra americana se tratara. Intenté no desconcentrarme. Pero eso era imposible viendo aquello. Y por si no había sido suficiente, se me acercó y cantó una estrofa sin dejar de mover sus caderas muy pegada a mi.

"Te abriré las puertas del alma de par en par, dispuesta a hacer todo a tu voluntad, dispuesta a hacer todo lo que te de la gana"

Me la comí enterita con la mirada. Ella rió al ver mi cara. Que era una mezcla entre concentración y deseo. No tardó en alejarse con una especie de saltito habilidoso que la volvió a situar en medio del escenario. En el estribillo dejó que fuera el público quien pusiera la voz al tema. Ofrecía su micro al aire en cada "Toda" mientras corría alocada de un sitio para otro. Y de esa forma, tras un par de canciones más llegamos al final.

—Siempre es un placer volver a esta tierra. ¡¡¡Sevilla de mi alma!!! -pronunció con acento andaluz- ¡¡¡Nos vemos prontoo!!! 

Un nuevo gesto de Jose me indicó lo que tenía que hacer. Dejé la guitarra a un lado y me acerqué hacia delante con el resto de la banda. Nos cogimos de las manos para saludar al público. Cogí la suya casualmente. La apreté con fuerza. Ella hizo lo mismo con la mía. La gente aplaudió sin descanso hasta que desaparecimos del escenario.

Nos buscamos casi sin darnos cuenta hasta terminar abrazados. Ambos estábamos eufóricos. La levanté y di tres o cuatro vueltas con ella en el aire.

—¡Que subidón! -grité.

—Has estado genial -contestó mi chica.

Vi venir a Jose que también me abrazó para felicitarme. 

—¡Enhorabuena cuñao! Increíble de verdad.

Malú rió y me miró sonriendo. Yo no sabía donde meterme. No cabía en mi de felicidad. Me sentía bien. Tenía ganas de gritar, de saltar. De celebrarlo como tocaba.

—¡Nacho!

Una voz inconfundible pronunciando mi nombre me hizo girarme. Era mi madre. Corría hacia mi por delante de mi padre y de mi hermano, que simplemente la seguían.

—¡Mamá! -exclamé ilusionado.

Corrí hacia ella hasta fundirme en un gran abrazo. Abrazo que se prolongó durante varios segundos. Y al que también se añadieron mi progenitor y mi hermano pequeño. Me separé de ellos y los miré.

—¿Que tal? ¿Que os ha parecido?

—Pero hijo ¿como no nos habías contado esto?

—¿Guitarrista? Te has salido con la tuya.

—¿Y desde cuando? ¿Que ha pasado con la serie?

Las preguntas salían disparadas una detrás de otra de boca de mis padres. Tan rápido que ni siquiera distinguí cuales hizo mi padre y cuales mi madre. No habían acabado una y ya habían lanzado la siguiente. Me reí mirándolos.

—A ver tranquilos. Vamos por partes... ¿Os parece que tomemos algo y os pongo al día? -propuse intentando poner calma.

—Claro hijo ¿Vienes a casa?

—Espera, primero quiero presentaros a alguien.

Malú seguía charlando con el resto del grupo a pocos metros de nosotros. Me miró de reojillo. Creo que escuchó mi última frase.

—¡Jefa! -exclamé

Se giró mirándome divertida y se acercó hacia donde estabamos. Acompañada siempre por su inseparable sonrisa.

—Hola -saludó.

—Mira ellos son mis padres y el es mi hermano -dije mientras los señalaba a todos.

—Es un placer conoceros -contestó ella amablemente.

—El placer es nuestro... -dijo mi hermano mirándole el escote de forma descarada.

—¡Niño! -renegué pegándole una colleja.

Al final todos reímos. Mi hermano no tenía remedio. ¿Y que chaval de veinte años lo tiene? Supongo que pocos se libran. A esa edad somos hormonas con patas. Todos hemos pasado por ahí.

—¿Os ha gustado el concierto? -preguntó la jefa.

—Has estado increíble chiquilla -respondió mi madre entusiasmada.

Mi chica se sonrojó ante esa respuesta. Sonreí. Me quede embobado mirando esa carita de niña que solía poner. Era para comersela. Reaccioné cuando me di cuenta de que todas las miradas se centraban en mi.

—Bueno familia. Os veo ahora -dije yo finalmente

—Te esperamos en casa.

Nos despedimos de ellos para ir a cambiarnos. Yo me fui con el grupo y Malú se marchó a su camerino. Dentro siguieron las felicitaciones. La verdad es que había sido un éxito. Y sobre todo una experiencia única. Tanto que mi entusiasmo continuaba presente.
Terminé de cambiarme y fui hasta la sala donde estaba ella. Entré directamente. Miró hacia la puerta y sonrió al verme.

—Que rápido eres -dijo mientras tecleaba en la pantalla de su iPhone.

—Solo cuando quiero... -sonreí- ¿que haces?

—Cotillear un poco el twitter.

—¿Algo interesante? -pregunté curioso.

Giró el teléfono para que pudiera verlo. Leí detenidamente uno de los tuits que me enseñó.

“El actor Nacho González @nachogs85 nuevo guitarrista de @_MaluOficial_”

—¡Joder! No han perdido el tiempo.

—Cariño vas a ser trending topic. Ya hay hasta fotos tuyas -añadió divertida.

—No te cachondees.

Le quité el móvil de las manos y la besé. Ese beso que no había podido darle delante de la gente. Y que en realidad tanto necesitaba.

—¿Y esto? ¿Te has inspirado con la canción de toda? -preguntó con tono de broma.

—Eres muy cruel. Me has puesto a mil.

—Si yo no he hecho nada -rió.

Rodeé su cuerpo con los brazos y la atraje hacia mi. La miré con picardía. Volví a buscar su lengua hasta unirla de nuevo con la mía. Acaricié su espalda por debajo de su camiseta.
Y en ese momento la puerta se abrió sin previo aviso. Nos separamos sobresaltados y ambos dirigimos nuestras miradas hacia la entrada. Respiramos aliviados al descubrir que era Rosa.

—Niños... Controlad esos impulsos -vaciló su manager entrando dentro.

—Perdón -dije algo cortado.

—Felicidades Nacho -dijo dándome dos besos.

—Muchas gracias -correspondí de la misma forma.

—Y a ti también mi niña. Espectacular como siempre.

—Como te quiero manager -exclamó Malú.

—¿Os venís a tomar algo? -preguntó Rosa mirándonos a los dos.

—No podemos. Hemos quedado con los padres de Nacho -dijo Malú.

La miré confundido pero a la vez ilusionado. Rosa se despidió de nosotros y se marchó. Miré a mi chica de nuevo. Sonreí levantando una ceja sin entender nada. Me miró imitando mi gesto.

—¿Que? No pensarías que te iba a dejar solo ¿no? -dijo tan natural.

—¿Tu nunca vas a dejar de sorprenderme? -pregunté sonriente.

—Eso espero -me besó dulcemente en los labios.

—Te quiero -dije rozando mi nariz con la suya.

—Y yo.

Nos marchamos y nos dirigimos a casa de mis padres. Por lo que recordaba no estaba lejos del auditorio. Así que llegamos en nada. Habíamos acordado contarles lo nuestro. Al fin y al cabo eran mis padres.
Llamé a la puerta. Creo que ahora la que estaba nerviosa era ella. Lo noté en su forma de mirarme. Nervios que intenté calmar dándole un beso fugaz justo antes de que abrieran la puerta.

Mi madre se quedó con cara de poker al vernos a los dos. ¿Malú en su casa? Creo que no entendía lo que pasaba allí. Nos invitó a pasar intentando disimular su sorpresa. Entramos hasta el salón donde nos reunimos también con mi padre. Marcos era el único que ya no estaba en casa.

—Aquí mi jefa que se ha empeñado en acompañarme -dije mirándolos.

Malú me echó una miradita asesina. De esas que al final solo conseguían matarme de amor.

—Nacho díselo.

—Veréis... Malú no es solo mi jefa, también es mi chica.

Cogí su mano al terminar de pronunciar esta última frase. Mis padres nos miraron atónitos. Creo que por un momento pensaron que les estaba vacilando. Hasta que se dieron cuenta de que hablábamos en serio.

—Ya había notado yo algo -dijo mi madre sonriendo.

—Pues yo no me lo esperaba-contestó él.

—Juan es que ese sexto sentido solo lo tenemos las madres -añadió mi madre mirándolo.

—En cualquier caso enhorabuena. Menuda chica... Ya puedes cuidarla bien -comentó mi padre.

—Ya lo hago papá -dije dedicándole una sonrisa.

Pasamos gran parte de la noche con ellos. Mi madre se lo pasó en grande enseñándole fotos de cuando yo era pequeño. Menuda vergüenza. Odiaba el momento fotos. Pero Malú parecía divertirse. Y eso era lo único que me importaba.

domingo, 22 de junio de 2014

Capítulo 21 (Destino Sevilla)

—Buenos días amor.

—Buenos días -dijo perezosa.

Ladeó su cuerpo, apoyó su cabeza en mi pecho y pasó su brazo alrededor de mi cintura. Besé su cabeza cuando la dejó a la altura de mis labios. Y acaricié su espalda dibujando círculos y garabatos por debajo de su camiseta. Dio un respingo al sentir las yemas de mis dedos sobre su piel.

—Como sigas así me voy a volver a dormir -dijo ella sin alzar apenas la voz.

Me reí por su comentario. Me encantaba despertar así. Despertar con ella. Con su sonrisa y esos gestos mañaneros que tanto me gustaban. Se había convertido en mi razón de ser. En el motivo de mis sonrisas. 

—Pues yo tengo que trabajar -dije riéndome.

Levantó la cabeza para mirarme. Me miró con carita de pena y me besó repetidas veces en los labios. 

—¡Jooo! ¿y no puedes quedarte un ratito más?

Me reí por el tono de niña que utilizó en sus palabras. Era irresistiblemente adorable. Volvió a mirarme. Acarició mis mejillas suavemente y comenzó a darme besitos por el cuello. Sus labios en mi piel me hacían perder la cordura. La poca que me quedaba cuando estaba a su lado.

—Malú...

—Shhh -me calló poniendo su dedo índice sobre mis labios.

Subió encima de mi. Atrapándome entre sus piernas desnudas. Y comenzó un recorrido de besos a lo largo de todo mi torso. Suaves y dulces, como ella. Cada beso hacía que me perdiera un poquito más.

—Cariño voy a llegar tarde... -insistí yo.

Llegó hasta el limite de mis abdominales. Deslizó su lengua hasta mi ombligo. Paró justo ahí. Levantó la cabeza desde esa misma posición y me miró a los ojos. Me mordí el labio inferior y resoplé ligeramente. Me había puesto a cien en cuestión de segundos.

—Pues tú te lo pierdes... -dijo ella quitándose de encima.

Le lancé una miradita de las mías. Me reí al ver su cara. Su típica carita de siempre. La de no haber roto un plato nunca. Le divertía picarme y a mi en el fondo me encantaba.

—Me voy a la ducha -dijo antes de darme un último beso.

La seguí con la mirada hasta perderla de vista. Llevaba puesta mi camiseta. Y le quedaba extremadamente sexy. Esperé hasta escuchar la ducha encendida. Me desvestí por completó y me planté en el baño intentando hacer el menor ruido posible. Abrí la puerta de la cabina de la ducha y entré decidido.

—¡Joder! ¡Que susto! -exclamó Malú llevándose una mano al pecho.

Sonreí inevitablemente. Rodeé su cintura pegándola hacia mi. Besé sus labios apasionadamente prendiendo la mecha del deseo. Y dejé que aquel agua templada recorriera cada centímetro de nuestra piel.

—Creía que llegabas tarde a trabajar -apuntó mi chica.

—¿Qué? -dije disimulando.

Hundí mi cabeza en su cuello. Cerré los ojos para impedir que me entrara agua. Mordisqueé todo lo que venia a mi paso. Intercalando mordiscos con besos. Aquello ardía. Y nunca mejor dicho. Notaba como el calor de su cuerpo iba en aumento. Tanto que era capaz de traspasarme. Acaricié su sexo mientras volvía a besar sus labios. Nuestras lenguas se enfrentaron en una larga batalla que subía más y más la temperatura. Sus suspiros ahogados me volvían completamente loco.

La elevé en el aire y la sujeté a pulso de ambas piernas. Me ayudé apoyándola en la pared. Rocé nuestros sexos provocando su desesperación. Me encantaba. Sonreí mirándola directamente a los ojos. La distraje besando su boca con dulzura. Y cuando menos lo esperaba rompí la separación que todavía había entre nosotros.

Murió en aquel instante. Un gran grito de placer me lo confirmó. Se agarró con fuerza a mi cuello. Comencé un juego de movimientos interminables. La pared mojada con el agua de la ducha me facilitaba el trabajo. La miré. Adoraba ver cada uno de sus gestos. Tenía los ojos prácticamente en blanco y la boca entreabierta para dar salida a todos sus gemidos. 

El agua caía sin cesar. Incansable. Tanto como nosotros. Ambos estábamos a punto de estallar. De llegar a lo más alto. Fue entonces cuando entre aquellos gemidos distinguí mi nombre salir de su boca. Justo antes de hacerse el silencio. Ahora solo se escuchaba el sonido de nuestras respiraciones intentando recomponerse del asalto.

Nuestras miradas volvieron a encontrarse. Los dos reímos en un gesto cómplice. La llama de la pasión siempre estaba encendida. Y eso hacía que perdiéramos la cabeza con bastante frecuencia. 
Se acercó al grifo y ajustó la temperatura del agua hasta dejarla fría.

—Me vuelves loca... -dijo ella muy seria.

—Tanto como tú a mi -añadí dándole un beso.

—Es verdad Nacho. Haces conmigo lo que quieres... Y me encanta.

Terminamos de ducharnos. Ella fue la primera en salir. Acto seguido lo hice yo. Me envolví una toalla a la cintura y salí a la habitación. Allí estaba. Buscando la ropa en su armario totalmente desnuda. Me quedé embobado mirándola de arriba a abajo. La belleza de su desnudez era algo que solía hipnotizarme. No era para menos.

—Cariño, deja de mirarme así y vístete. ¡Llegas tarde! -exclamó.

—¡Mierda!

Reaccioné nada más escuchar sus palabras. Me vestí con la ropa que dejé en su casa el día anterior. Entré en el baño, me eché un poco de espuma en el pelo y me lo alboroté para conseguir un efecto despeinado. Cuando salí Malú ya estaba vestida. Pantalón ajustado. Camiseta negra. Chaleco vaquero. Y unas zapatillas con plataforma que ya le había visto en alguna ocasión.

—Venga que te llevo -dijo cogiendo su bolso y las llaves del coche.

—Yo ya estoy.

Salimos de casa. Subimos en el coche, que había pasado toda la noche en la calle. Aparcado en la puerta, donde yo lo dejé la tarde anterior.

Mi chica que estaba inspirada esa mañana, le pisó más que de normal. Así que nos plantamos en los estudios en la mitad de tiempo. Pero aún así llegaba tarde.

—Después hablamos -dije desabrochándome el cinturón.

—Avísame cuando acabes.

Miré a mi alrededor un par de veces. Tras comprobar que no había nadie la besé. Un beso que se prolongó durante varios segundos. Me costaba separarme de esos labios que tan loco me volvían. Me separé a duras penas. Bajé del coche y ella se marchó.

Hice frente a mi última mañana de rodaje. Nos despedimos todos de todos. Solo hasta la próxima. Según Jesús, nos íbamos a seguir viendo por los escenarios o por los platós. Pero eso era mucho decir. Nadie sabe lo que nos depara el destino.

—Ha sido un placer compartir esta aventura con todos vosotros, de verdad -añadió el director visiblemente emocionado.

Todo tiene un principio y un final. Unas veces más bonito. Otras veces no tanto... El caso es que este había sido el nuestro. Y yo siempre estaré agradecido a este trabajo en concreto. Ese que puso en mi camino a la mujer de la que hoy estoy perdidamente enamorado.


Los días pasaron casi sin darnos cuenta. Me instalé durante prácticamente toda la semana en casa de Malú. Pasamos juntos días y noches enteras. Entre ensayos y arrebatos de pasión a partes iguales. Cada minuto que me regalaba conseguía enamorarme un poco más. La quería con locura.


Eran algo más de las seis de la mañana. Y allí estábamos. Metidos en una furgoneta rumbo a Sevilla. Hoy era la gran noche. La noche del todo o nada. Mis nervios empezaban a aflorar. Asomaban la cabeza tímidamente.

Por supuesto el resto de la banda se había enterado de mi verdadera relación con la cantante. Así que durante el trayecto no tuvimos que fingir. Mi chica se echó a dormir sobre mi hombro. Y poco a poco se fue haciendo hueco en mi pecho. Acaricié su pelo. Me relajaba. Ella me relajaba. Tanto que al final yo también me quedé dormido.

Cuando abrí los ojos estábamos cruzando el Guadalquivir. Miré al frente. Las vistas eran mágicas. La giralda y la torre del oro se levantaban mandando sobre el resto de la ciudad. Y lucían resplandecientes con el sol del amanecer. Miré a mi alrededor. Todos dormían. Desperté a Malú de forma delicada.

—Peque mira -dije entusiasmado mirando por la ventana.

Abrió los ojos sin muchas ganas. Se los frotó con ambas manos. Miró por la ventana. Aquella que nos regalaba esas vistas tan increíbles de la ciudad de Sevilla.

—Adoro esta ciudad -dijo en tono bajito.

Llegamos hasta el hotel. Estaba a las afueras. En un lugar bastante apartado. De hecho cruzamos toda la ciudad para llegar hasta el.

Nos instalamos en su habitación. Según el registro yo compartía habitación doble con alguno de los chicos. Afortunadamente ya no me hacía falta coartada para estar con ella. Aprovechamos que era una zona poco transitada para salir a dar un paseo. Pasé mi brazo por encima de su hombro y ella el suyo alrededor de mi cintura. Como una pareja cualquiera paseamos por la orilla del río durante un largo rato.
Hasta que acabamos tumbados en una zona de césped. Malú apoyó la cabeza en mi pecho y se relajó mirando a la nada.

—Te va el corazón a mil por hora... -dijo sin moverse.

—Es el efecto que causas en mi.

—Mentiroso. Estás así por el concierto -apuntó ella.

—Eso también -confirmé riendo.

—Va a estar genial ya lo verás. ¿has hablado con tus padres? -se interesó.

—Me llamaron el día que recibieron las invitaciones. Pero no les dije nada, solo que tienen que asistir al concierto -expliqué.

—¿Vendrán?

—Claro. A mi madre le encantas. ¿No te he contado nunca que cuando íbamos de vacaciones ponía aprendiz a toda leche?

—Venga ya -dijo incrédula.

—Es verdad.

Nos quedamos callados durante unos segundos. Sintiendo nuestras respiraciones. Acaricié su mano hasta terminar entrelazando nuestros dedos.

—Oye cariño... -dije rompiendo el silencio.

—Dime.

—¿Has pensado el revuelo que se va a levantar cuando vean que un actor en cuya serie has participado, es tu guitarrista? -pregunté incorporándome un poco.

—Si. La verdad es que lo he pensado...

—Van a especular -aseguré mirándola.

—Lo sé. Pero me da igual -contestó segura.

Sonreí por su respuesta. Si a ella no le importaba, a mi todavía menos. Pero que iba a haber especulaciones era casi seguro.

Volvimos al hotel a la hora de comer. Comimos allí junto con el resto de grupo. Por supuesto el tema de conversación fue el concierto. Recibí algunos buenos consejos que seguramente me serian de utilidad.

A eso de las seis de la tarde nos fuimos al recinto del concierto. Era el auditorio de Rocío Jurado. Entramos directamente con el coche hasta dentro. Donde los técnicos de luces y sonidos ya estaban ultimando los detalles del montaje. 

Preparamos nuestros instrumentos. Afinamos y probamos nuestras guitarras hasta dejarlas a punto. Ensayamos un par de canciones con la jefa. Que cantó para que los técnicos pudieran ajustarle el sonido del micro. De momento todo iba sobre ruedas. Sabía todo lo que tenía que hacer y me acoplaba perfectamente al resto de la banda. 

Llegó la hora de la apertura de puertas. La suerte ya estaba echada. Fuimos hasta las salas habilitadas como camerinos. Intenté relajarme durante el rato que quedaba hasta el inicio del concierto. Pero solo conseguí alterarme más. Aunque lo disimulaba bastante bien.

Ahora si que había llegado la hora. Me asomé un par de veces desde el backstage. Realmente impresionaba. El auditorio estaba repleto hasta la bandera. No había ni un solo asiento libre. Resoplé cerrando los ojos. Intentaba contener los nervios que cada vez eran más evidentes.
Malú me miró sonriente. Para ella esto era lo normal. Pero yo estaba acojonado. Y ella lo sabía. Se acercó y me dio un abrazó. 

—Disfruta -susurró en mi oído antes de separarse.

Me quedé con su consejo. Nadie mejor que ella para aconsejar.
Subimos al escenario. La emoción era máxima. La emoción que se siente cuando haces algo por primera vez es indescriptible. Son sensaciones que nunca vuelven a aparecer de esta manera. Me sentía como un niño con un regalo sin abrir.  Expectante, nervioso, ansioso. Tragué saliva para intentar apaciguar mis nervios. La gente gritaba con estusiasmo porque sabia que estaban a punto de ver a su ídola. Los gritos de la multitud me habían hecho más pequeño todavía. El corazón se me iba a salir del pecho de un momento a otro. Las piernas me temblaban como nunca. Y mis dedos no se si iban a ser capaces de responder como es debido.

lunes, 16 de junio de 2014

Capítulo 20 (Ven a pervertirme)

Me besó dulcemente en los labios. Dulzura que sin apenas darnos cuenta se transformó en pasión conforme pasaban los segundos. Logró dejarme casi sin aliento. Sus besos siempre lo hacían. Siempre provocaban en mi un terremoto de sensaciones. Todas a la vez. Mezcladas entre si. Explosionando juntas en forma de deseo. Creo que nunca había probado unos labios como los suyos. Eran totalmente adictivos. Tanto como ella. Se separó de mi, quedando a escasos milímetros de mi cuerpo. Me miró a los ojos, sonriente como siempre. Con su peculiar carita de niña. Aquella que conseguía hacerme vulnerable. 
Resoplé por lo que acababa de hacer conmigo. Ella rió al ver mi gesto.

—Y creo que yo voy a ser el primer infartado -bromeé tocándome el pecho.

—¡Pasa anda! -exclamó- Que tienes a mi hermano esperando dentro.

—Es que no veas el tráfico que había -me excusé.

El encontronazo con mi ex había tenido algo que ver con mi retraso. Con que llegara algo más tarde a nuestro "segundo ensayo". Pero apenas habían sido unos diez minutos. Un visto y no visto. Así que tampoco me pareció un tema demasiado relevante. Ni siquiera como para mencionarlo. Por tanto no lo hice.

—¿Te he dicho ya que estás guapísima? -dije entrando y cerrando la puerta.

—Puede... Pero no estaría mal que me lo recordaras - sugirió mirándome de la manera más sexy.

Me acerqué de forma provocativa. Puse mis manos sobre sus caderas y la atraje hacia mi. Juntando nuestros cuerpos hasta que no quedo ni un solo hueco por el que dejar pasar el aire. Acaricié su espalda de arriba a abajo. Una y otra vez. Sin romper el cruce de nuestras miradas. Ese brillo en sus ojos me cautivaba completamente. No hay nada más transparente que una mirada. Y a través de la suya podía contemplar su felicidad. Creo que podríamos pasar horas mirándonos a los ojos sin decir una palabra y nos entenderíamos a la perfección. 

—No veas como me pones... -susurré bajito en su oído.

Quizás no era la mejor frase. Demasiado soez tal vez. Pero se escapó de mi boca sin que pudiera detenerla. Malú rió de inmediato. Al parecer le hizo gracia mi ocurrencia. Y no solo eso. Sino que además aprovechó la situación para jugar conmigo un poco más. Se acercó a mis labios. Los rozó con sutileza provocándome descaradamente. Y justo cuando yo iba a responder con un beso, se apartó dejándome con las ganas. Clavé mi mirada en la suya con cara de pocos amigos.

—No me mires así cariño. Te lo has ganado.

—¿Perdona? -dije en plan ofendido.

Agarré sus muñecas. Una con cada una de mi manos. La empujé contra la pared del pasillo sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Y fue entonces cuando me lancé de nuevo a sus labios. Con entusiasmo. Con ímpetu. Encajando nuestras lenguas. Bailando a su compás. Recorriendo con ella los rincones más ocultos de su boca. Sabía que le gustaba. Me miró desafiante. Sensual. Mordiéndose el labio inferior. Me reí al verla. Conocía bien ese gesto. Volví a besar su cuello. No se como, pero nos olvidamos de que no estábamos solos. 
Hasta que Jose se presentó en el pasillo y nos pilló en pleno arrebato de pasión.

—Eh parejita, dejad eso para más tarde. Tenemos curro -dijo el guitarrista interrumpiendo el momento.

—Ya vamos hermanito -respondió mi chica.

Las palabras de Malú sirvieron para que su hermano volviera al salón y nos dejara de nuevo solos.

—¿Tienes idea de como me has puesto? -preguntó pegándome con fuerza en el pecho.

—Te lo has ganado -dije imitándola.

—¡Te odio! -exclamó liberándose de mi cuerpo.

Me reí al verla así. Me gustaba picarla. Me gustaba demasiado. Se ponía extremadamente sexy cuando se enfadaba. Aunque se que no lo hacía de verdad. Todo quedaba en un juego inventado por nosotros mismos.

Por fin nos reunimos con Jose. Nos esperaba sentado en el sofá mientras afinaba las diferentes guitarras que tenía preparadas para esa tarde. Guitarras de todo tipo, amplificadores, partituras, letras. Todo amontonado en un pequeño espacio del salón.

Me quedé alucinado con aquel pequeño despliegue musical. Creo que todavía no era muy consciente de que esto iba en serio. Pero lo era. Y esa tarde me di cuenta.

Agarré la guitarra con seguridad. Rocé las cuerdas suavemente con los dedos. Comprobé que sonaba correctamente pulsando algunas de ellas. Y comencé con una de las canciones que más habíamos ensayado el día anterior. "Desaparecer" uno de los temas del último disco. En los conciertos se realizaba en formato acústico. Algo que lo hacía diferente y totalmente íntimo.

Malú me miró atenta a cada movimiento de mis dedos. A cada acorde que formaba con ellos. Esa mirada me intimidaba. Pero me concentré de manera que no pudiera conseguirlo. Cuando llegó el estribillo entonó la canción con un tono suave. Acoplándose perfectamente a las notas que yo tocaba.

"Ni pienso ni busco ni quiero volver.
No quiero ni verte ni hablar ni saber.
Yo quiero irme lejos tanto como pueda. Quiero que me veas desaparecer"

Levanté la mirada del instrumento. Estaba sentada justo enfrente de mi. En el borde de la mesa de centro. Me miraba sonriendo. Sonrisa que por supuesto me descolocó haciendo que me equivocara de cuerda.

Seguimos en esa linea durante toda la tarde. Los resultados eran buenos. Nos entendiamos incluso de esta forma. Y eso era muy buena señal.

Miré hacia la ventana. La luz era tenue. Los últimos rayos del sol se colaban a través del cristal. Otra tarde que se había consumido ante nuestras narices.

—¡Bien cuñao bien! Sevilla nos espera -exclamó de Lucía.

—No me acojones antes de tiempo.

—Os dejo. He quedao para cenar con unos colegas -argumentó recogiendo todos sus trastos.

Nos despedimos de él antes de que se marchara a toda prisa. Retiramos las guitarras a un lado donde no molestaran. Jose las dejó para practicar el resto de la semana.

Me acerqué por detrás abrazándola con fuerza. Apoyé mi cabeza en su hombro. Y desde esa misma posición empecé a besar su cuello.

—Por fin solitos -susurré en voz baja.

—Te recuerdo que estoy enfadada contigo -aclaró ella.

—¿Segura? -insistí.

—Segurisima.

—Que pena. Iba a retomar lo que habíamos dejado pendiente... 

Se giró sobre si misma para mirarme. Colocó sus manos sobre mi pecho. Y bajó lentamente con una de ellas haciendo zig zag por el recorrido de mis abdominales. Hasta llegar a mi parte más íntima. La rozó con habilidad. Consiguió ponerme malo en aquel preciso instante. Con el simple contacto a través del pantalón.

—Es que ahora ya no me apetece -dijo ella.

Me miró triunfante por haber conseguido vengarse de mi. Como siempre me ganaba la partida. Armas de mujer. Cualquiera se enfrenta a ellas. Siempre ganan. Eso es un hecho.

—¡A cenar! -exclamó finalmente apartándose de mi.

Se marchó a la cocina dejándome allí. Con mi ya característica cara de panoli. Me reí por la situación. No solo me encantaba picarla. También me gustaba cuando era ella quien lo hacía. Fui tras ella. Y le ayudé a preparar la cena. Mis dotes culinarias no eran especialmente de chef. Pero me defendía con bastante destreza.

Cenamos allí. En la mesa de la cocina. Para no ensuciar el salón. Que más que salón ya era la sala de ensayos oficial.

—Tengo una cosa para ti -dijo Malú sin quitarme la vista de encima.

—¿Y que es?

Dudó un momento antes de levantarse. Pero finalmente lo hizo. Salió de la cocina en busca de algo. Y volvió a entrar con ello en la mano. Lo dejó sobre la mesa. Eran cuatro acreditaciones de los conciertos de la gira. Pases vip como el que me envió al estudio el día de mi cumpleaños. 

—¿Y esto? -pregunté curioso.

—Esto es para que invites a tu familia cuando estemos en Sevilla.

No le faltaba detalle a esta mujer. Recordaba lo que en alguna ocasión le había contado. Que mis padres y mi hermano pequeño vivían en aquella ciudad.

—Eres increíble -dije ojeando las tarjetitas.

—La cuarta es porque no sabía si tu hermano tenía novia -comentó riéndose.

—A decir verdad no lo sé ni yo -sonreí.

—Bueno pues si no, no pasa nada.

—Gracias cariño -dije dándole un pequeño beso.

—Oye. Creo que tu y yo teníamos algo pendiente... -pronunció con tono pícaro.

—¿Ya se te ha pasado el enfado?

—Bueno... Digamos que nunca lo estuve, pero me apetecía picarte -dijo con toda la calma. 

Me levanté de la silla. Le di la mano para ayudarla a levantarse. Tiré de su camiseta hacia arriba hasta quitarla por completo. Y deslicé aquel pantalón corto por el camino de sus piernas. Levanté su cuerpo en el aire impulsandola de los muslos. La dejé sentada sobre el borde de la encimera. Se estremeció al sentir el frío mármol directamente sobre sus nalgas.

—Pues ahora me toca a mi -añadí

Era mi turno. Mi oportunidad de volverla loca. Incliné ligeramente mi cabeza para besar sus labios. Pasé mi lengua sobre ellos para humedecerlos. Me abrí camino a través de su boca hasta encontrarme con su lengua. Jugué con ella. Despacio. Saboreándola. Enredé mis manos por su pelo. Me encantaba como olía.

Me deshice de sus últimas prendas. Dejando al descubierto sus bellezas más ocultas. 
Sin descuidar los besos pasé mis manos por todos y cada uno de los rincones de su cuerpo. Su piel se erizaba a mi paso. Me encantaba. Con delicadeza abrí sus piernas y acaricié su sexo con las yemas de mis dedos. Estaba completamente excitada. Me paré justo a las puertas del cielo. 
La miré a los ojos. Me devolvió la mirada con cierta incertidumbre apretando los labios con fuerza. Sabía perfectamente lo que iba a hacer. Y aproveché su excitación para abrirme paso hacia su interior. 
Un pequeño suspiro salió de su boca, por el placer que le produjo sentirme dentro de ella. Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Quería más. Y yo pensaba dárselo.
Mis dedos se deslizaban con facilidad a través de aquel laberinto. Con mucha soltura y seguridad. Aumentando la velocidad al mismo ritmo que subía la temperatura. Su cuerpo agitado emitía pequeños espasmos. Besé su boca para callar sus gemidos, ya totalmente descontrolados. Aceleré el ritmo cuando comprendí que estaba a punto de alcanzar el orgasmo. Y en ese momento fue ella la que buscó mi boca desesperadamente. La besé con brío hasta que un último jadeo ahogado me indicó que era el final.

—Te quiero -susurré bajito en su oído.

Mantenía los ojos cerrados y todavía respiraba con dificultad. Sonrió ante mi confesión y me miró resoplando. Intentando estabilizar su cuerpo. Mientras lo conseguía se dedicó a desabrocharme los botones de mi pantalones vaqueros. Los deslizó hasta donde la postura en la que nos encontrábamos le permitió. Hizo lo mismo con mis boxers. Mi excitación hacía rato que pedía ser liberada. Jugó con ella haciéndola todavía más evidente.

Bajó de la encimera. Me empujó hacia atrás sentándome en una silla y sin esperar más subió a horcajadas sobre mi cuerpo haciendo que volviera a entrar en ella. Su respiración se agitaba otra vez al ritmo de sus movimientos. El sentirla completamente hizo que me rindiera ante ella. Que me estremeciera. Me volvía loco cuando tomaba el control. Cuando me manejaba a su antojo. No se podía explicar lo que sentía. Había que vivirlo para saberlo. Llegué a la cumbre. Y conmigo ella de nuevo. Estábamos exhaustos. Nos relajamos sin separar nuestros cuerpos.

Al final terminamos resolviendo la tensión sexual provocada anteriormente por nuestros continuos piques. En aquella cocina y de esa forma tan poco habitual. Pero que había conseguido llevarnos a la locura. A perder la cabeza.

Y fue a la mañana siguiente. Al despertarme de nuevo junto a ella. Al regalarme otra vez esa sonrisa. Cuando terminé por darme cuenta una vez más de que la necesitaba en mi vida.

domingo, 8 de junio de 2014

Capítulo 19 (Pequeña)

Cuando abrí los ojos estaba durmiendo en su cama. Entre aquellas sabanas impregnadas con su aroma. El perfecto despertar existía. Miré hacia el lado. Allí estaba ella, dormida profundamente como una niña pequeña. Mi niña pequeña. Sonreí al mirarla. Sin duda era lo más bonito de aquel lugar. Me quedé un rato inmóvil. Cautivado. Contemplando su belleza con una sonrisa dibujada en la cara. Nunca me cansaba de hacerlo.

Miré el reloj en el teléfono. Todavía era temprano. Así que aproveché para levantarme y bajar a hacer el desayuno. Un detallito romántico siempre alegra el día. Yo nunca había tenido la oportunidad de llevarle el desayuno a la cama. Pero creo que le iba a gustar. Sabía que en fondo era una romántica. Adoraba los pequeños detalles. Las pequeñas cosas. Los gestos más insignificantes. Los detalles más tontos del mundo. Al fin y al cabo ahí está la magia de todo. Eso era la vida.

El desayuno fue bastante simple. Algo clásico. Los clásicos nunca fallan. Zumo de naranja recién exprimido. Café. Y tostadas con mermelada. Con la curiosidad de que la mermelada estaba huntada formando un corazón. Si, a veces me sorprendía a mi mismo.
Lo coloqué todo estratégicamente en una bandeja que encontré por la cocina. Escribí una nota en un post-it de color amarillo y la puse junto con todo lo demás. Tres palabras. Tres palabras claras y concisas. Tres palabras sinceras.

"Te quiero mucho"

Subí las escaleras haciendo malabarismos con la bandeja para no descolocar nada. Lo conseguí. La dejé en su lado de la cama, sobre la mesita de noche. Me senté en el borde del colchón. Acaricié su cabeza repetidas veces. De la manera más delicada posible. Abrió los ojos despació. Sonrió nada más descubrime. La luz que entraba a través de la ventana todavía era suave. Lo que hacía aún más especial esa sonrisa. Intentó hacerse la remolona volviendo a cerrar los ojos.

—Buenos días princesa -susurré bajito en su oído.

Y tras esas palabras besé su frente. Debió encantarle mi gesto. Porque abrió de nuevo los ojos y volvió a regalarme otra de sus sonrisas. Aquellas con las que conseguía parar el mundo. Incluido mi corazón, que creo que dejaba de latir con cada una de ellas...

—¡Buenos días! Mmmm huele a café... -dijo incorporándose un poco.

Se sorprendió al comprobar que tenía el desayuno recién hecho en la mesita de noche. Me miró sin dejar de sonreir en ningún momento. Extendió sus brazos como señal para que la abrazara. Y eso hice. Nos quedamos unidos durante varios segundos. Energía mañanera. Fui el primero en separarme.

—Venga cariño, desayuna ¡Que se enfría! 

—Te quiero -dijo dándome un beso en los labios.

—El del desayuno también. ¿No has leído la nota? -bromeé

Ojeó el post-it. Lo cogió con una mano y volvió a leerlo. Sonrió ampliamente y me miró con dulzura.

—Pues dile al del desayuno que me encanta.

Desayunamos los dos juntos. En un constante juego improvisado de mimos y caricias. Así que no tengo claro si desayunamos o nos desayunamos a besos. La suavidad de sus labios al despertar. No imaginaba un plan mejor. Adoraba esos momentos de intimidad. Probablemente porque esas eran las muestras de cariño que en público no podíamos tener.

El timbre sonó poco después devolviéndonos al mundo real. Había un nuevo día al que hacer frente. Y a decir verdad no lo podía haber empezado de mejor forma.

—Este debe ser el pesado de mi hermano -dijo poniendo los ojos en blanco.

Me reí al ver su gesto. Estaba guapísima. Era tan sencilla y natural. A veces incluso me costaba asimilar que se tratara de ella. Que era la misma chica que se subía a un escenario y se ganaba al público con la primera estrofa de una canción. La misma que abarrotaba palacios y plazas como si tal cosa.

—Me voy a duchar. No quiero llegar tarde uno de mis últimos días... -comenté con humor.

Malú asintió guiñándome un ojo. Se marchó a abrir la puerta y yo me metí en el cuarto de baño de su habitación. Me duché rápidamente. Salí y me vestí con la misma ropa. No tenía tiempo de pasar por casa.

Bajé las escaleras con toda la energía del mundo. Toda la que me había proporcionado el despertar a su lado. Esperaba encontrar a Jose allí. Sin embargo no fue así. No era Jose el que estaba con mi chica, sino una mujer rubia de mediana edad. De repente caí. Era su manager. La había visto antes, en el concierto de Madrid.

Me quedé un poco paralizado al verla. A ella creo que le pasó lo mismo conmigo. Pero ya me había visto, así que actué con naturalidad. Al menos con toda la que pude. Yo seguía siendo un chico bastante tímido.

—Hola -saludé amablemente.

Miré a Malú con gesto complice. Necesitaba urgentemente que me sacara de este marrón. ¿Sabéis el típico momento de tierra trágame? Pues algo parecido.

—Rosa, ¿te acuerdas de Nacho? -pronunció finalmente.

—Eh...si... Hola -balbuceó ligeramente- Siento haber interrumpido.

—Yo ya me iba... -acerté a decir mirándolas a ambas.

—Cariño espera. Rosa es como una madre para mi, no pasa nada.

Las dos se miraron y terminaron por reírse. Yo no entendía muy bien a que venía. Pero prefería dejarlas solas. Además, gracias a mi aparición estelar ya tenían tema para echar la mañana.

—Malú, ¿te importa venir un momento? -dije apartándome hacía la puerta de la calle.

Se levantó del sofá donde estaba sentada con su amiga y salió al pasillo para encontrarse conmigo. Me miró de forma divertida.

—No te preocupes. Tarde o temprano se lo iba a contar.

—A mi no me importa, mientras tu estés segura... -dije para zanjar aquel tema- Oye, te recuerdo que no llevo coche y me tengo que ir a currar.

—Coño es verdad. Espera que voy a por un casco y te dejo la bici -comentó muy seria dejándome allí plantado.

Me quedé con cara de poker. No sabía si lo había dicho en serio. Lo que se es que consiguió dejarme allí con aquel careto. Apareció momentos después con las llaves del Audi en la mano. Rió a carcajadas al verme la cara de tonto que se me había quedado.

—Toma anda -dijo entregándome las llaves.

No pude hacer otra cosa que reír también. Así era ella. Por un momento había pensado que me iba a dejar marcharme en bici. Ya me veía pedaleando y llegando tres horas tarde. Menudo espectáculo.

—Mmm el Q7 en mis manos.

—Cuidado a ver que le haces -dijo amenazante apuntándome con el dedo índice.

—Que poco confías guapa -bromeé.

—Ah y no le pises mucho que luego la multa viene a mi nombre -advirtió riendo finalmente.

—Gracias cariño -dije dándole un beso antes de marcharme.

Y si. Me fui a trabajar en el coche de mi chica. El mismo que el destino quiso estropear para que nos conociéramos... Aquel que tanto juego había dado en el inicio de nuestra relación. Y que de hecho seguía haciéndolo.

Lo estacioné en mi plaza. Mejor dicho la que hasta entonces lo había sido. Casualmente llegué a la vez que mi jefe. También jefe por poco tiempo. Allí estaba él. Aparcando su flamante BMW. Bajé del coche. Caminé a su encuentro cerrando el vehiculo desde lejos con el cierre centralizado de la llave.

—Vaya cochazo -comentó Jesús acercándose.

—Es de un buen amigo -dije sin dudar un momento- No creas que yo puedo permitírmelo. Y menos ahora que voy a quedarme en el paro.

—Nacho todos estamos jodidos con esta situación -se defendió él.

—Lo sé. Perdona Jesús. Sé que la culpa no es tuya. No tendría que haberme ido así ayer.

—No pasa nada, yo también os entiendo a vosotros. Pero no te desanimes. Dicen que no hay mal que por bien no venga -apostilló mi querido jefe en plan sabio.

—No puedo estar más de acuerdo -comenté sonriente.

—¿Tienes algo apalabrado? -se interesó Jesús.

—Puede. Pero nada de lo que te imaginas... Hay que renovarse jefe. -dije de manera triunfante.

—Ya me contarás.

—Ahora nos vemos -me despedí.

Entré dentro. Las caras de mis compañeros eran bastante largas. Cosa normal por otra parte. Teníamos que acabar de rodar a pesar de saber que no seguiríamos en antena. Sin embargo yo estaba eufórico esa mañana. Mi nuevo proyecto era más que ambicioso. Tanto que estaba deseando llegar a casa para darle caña a la guitarra.

Rodamos durante toda la mañana y parte de la tarde. A decir verdad, esto ya era crónica de una muerte anunciada. Así que cuanto antes termináramos mejor.

Abrí el WhatsApp de camino al coche. En los rodajes dejaba el móvil en la taquilla. Así que solía estar desconectado del mundo. Como ya venía siendo habitual, solo había una conversación que me interesaba realmente. Me fui a esa directo.

"Chica Q7"
-Hola pequeña.
-Me encanta cuando me llamas pequeña.
-Ah si?? Y por qué?
-Porque me haces sentir la persona más grande del mundo. Irónico verdad?
-Un poco si. Pero me encanta que te encante.
-Que tal el día?
-Bien. Acabo de terminar. Y tú que tal?
-Todo el día en casa con Rosa. Hemos estado organizando el concierto de Sevilla.
-Guai!
-Por cierto, le has caído muy bien.
-No seas cabrona. Casi muero de la vergüenza😳
-Jajajajja Vienes para aquí? Echo de menos a mi cochecito...
-Ah gracias!! Yo también te quiero.
-Que es broma tonto! 😇
-Anda ahora voy. Tengo que pasar por casa a por ropa. Que luego me lías y tengo que quedarme a dormir.
-Eres un creído. Esta noche no te lío, por tonto 😤
-Mentirosilla. Te encanta 😁
-Anda tira.
-Jjajajja dile a tu hermano que vaya preparando las guitarras.
-Hasta ahora 😘
-😘😘😘

Hice el recorrido hasta mi casa. Como tantas otras veces. Paré bastante cerca. Subí al piso. Lo tenía bastante desordenado últimamente. Pero ahora no era plan de ponerme a organizar. Fui bastante rápido. Preparé una mochila con ropa y cosas básicas. Cepillo de dientes y demás objetos de higiene personal. No es que tuviera pensado quedarme allí a vivir ni nada por el estilo. Es que no podía pasar más de una noche sin lavarme los dientes. Era superior a mi.

Comprobé que llevaba todo lo necesario. Me toqué los bolsillos en busca de las llaves del coche. Todo correcto. Bajé a toda prisa. Con tan mala suerte que al salir por la puerta de la calle choqué con una chica. No tuve tiempo a reaccionar.

—Perdona. No te he visto -dije levantando la mirada.

Y aquí mi sorpresa. Al descubrir que no era cualquier chica. Era Laura. Después de tanto y tenía que tener un encontronazo precisamente con ella. Parecía una broma. Pero era tan cierto como que me llamaba Nacho.

—Hola -saludé.

—Vaya prisas hijo -comentó con una sonrisa.

No dije nada. Simplemente la mire. Esa mirada que tan coladito me había tenido durante años. Lo que es la vida. Ahora la podía mirar tranquilamente sin sentir absolutamente nada. Me sentia orgulloso por ello.

—¿Dos besos no? -interrumpió ella.

—Si claro -dije dándole dos besos.

—¿Que tal todo? -preguntó mi ex.

—Muy bien la verdad. ¿Y tú? -correspondí la pregunta por mera formalidad.

—Bien, gracias.

A decir verdad no es que me interesara demasiado. Pero tampoco quería quedar de borde. Al contrario. Estaba feliz. Así que no tenía problemas en demostrarlo. Incluso me sentía bien haciéndolo. Lo había pasado mal por ella. Y ahora era yo el que desprendía felicidad por los cuatro costados. Algo de lo que indudablemente se dio cuenta. 
La miré. Dude en cortarle, pero en ese momento me abordó con otra pregunta.

—He leído en twitter que acaba tu serie. ¿Es verdad?

—Así es.

—¿Y que vas a hacer ahora?

—Tengo buenos planes créeme.

—¿Puedo saber de que se trata?

—Ya te enterarás por twitter -vacilé por su explicación de antes.

Me miró un poco mosca por mi última frase. Creo que interpretó que había pensado que era una cotilla. En realidad no lo pensé. Yo también me informaba de las cosas vía twitter. Era mucho mejor que leer un periódico o ver el telediario. Y encima actualizado al segundo. Quitando los bulos podía considerarse una buena fuente de información. Con un punto de cotilleo, si.

—Laura perdona me tengo que ir. Tengo un poco de prisa -dije intentando excusarme.

—Vale. Ya nos veremos entonces.

—Si. Ya nos veremos...

Me despedí de ella de la manera más cordial posible. Al fin y al cabo eramos seres civilizados. Ex sin más. Ya solo nos unía el tiempo que habíamos pasado juntos. Pero el pasado, pasado está.

Esperé a perderla totalmente de vista para arrancar el coche de mi chica. Me dirigí hacia Boadilla. Otro camino que empezaba a saberme al dedillo. Y que por cierto me encantaba hacer. Ya que eso era sinónimo de ver a la nueva dueña de mis sentimientos. Tardé un poco más que de normal. Era viernes por la tarde y podía apreciarse notablemente el aumento del tráfico hacia las entradas de la capital y ciudades adyacentes. Un autentico caos.

Cuando llegué aparqué en la puerta de su casa. Bajé y toqué al timbré. Me recibió ella. Con el pelo alborotado y su habitual sonrisa desenfadada. Vestía un pantalón de pijama hiper corto que dejaba al descubierto sus piernas. Y una camiseta de tirantes que se adaptaba perfectamente a sus curvas. La miré mordiéndome con fuerza el labio inferior.

—Como recibas así a todas tus visitas vas a provocar más de un infarto... -susurré en su oído.

Me calló con un beso. Hay veces en las que sobran las palabras. Y creo que para ella, esta era una de esas veces.

martes, 3 de junio de 2014

Capítulo 18 (Entre huracanes de pasión sin límites)

Me sentía bien. Con ella no existían los problemas. Sus gestos de cariño y complicidad borraban cualquier preocupación que pudiera pasar por mi mente. La sentía muy cerca. Y es que me había demostrado tanto en tan poco tiempo... En realidad ambos lo habíamos hecho. 

Supongo que así es el amor. Todavía me entraban escalofríos de pensar lo caprichoso que era el destino. Como de la noche a la mañana una persona puede pasar de no significar nada a ser absolutamente todo. Y eso es precisamente lo que habíamos vivido en estas últimas semanas.

Cuando una relación se acaba todo se vuelve gris. Tu propia casa se te cae encima. Y el mundo se desmorona ante tus pies sin poder evitarlo. Esos momentos en los que piensas que nadie va a ser capaz de suplir a esa persona. De llenar ese vacío. Que no habrá nadie mejor. Pero siempre, siempre, aparece alguien que rompe todos tus esquemas.

Y esa persona era ella. Era ella la que me había demostrado que estaba equivocado. Que el destino siempre nos tiene reservado algo bueno. Algo mejor.


Me besaba de forma desenfrenada. Sin posar sus labios en un lugar fijo de mi cuerpo. Sus besos descansaban en mi boca, mi cara, mi cuello... Y sus caricias ya formaban parte de mi espalda. Era pura pasión. Un auténtico huracán.

Nada podría estropearme este momento. Nuestro momento. Me olvidé del trabajo y me dejé contagiar por ella. Por su magia. Por su poder que seducción. Conseguía enloquecerme hasta limites insospechados.

Se deshizo de mi camiseta con facilidad. Tardé dos segundos en hacer lo mismo con la suya. Las prendas quedaron por algún lugar del salón. Nos daba igual.
La levanté en el aire. Se agarró a mi cuello con ambas manos y cruzó sus piernas alrededor de mi cintura. 
Me dirigí con ella hasta el sofá. La dejé caer y me puse encima para atraparla con mi cuerpo. 

Comencé con mi particular juego de besos. Recreándome especialmente en su cuello. Combinando los besos con pequeños mordiscos. Sabía que la volvían loca. Sus suspiros de placer se encargaban de recordármelo.

—Esto fuera -dije quitándole también el sujetador.

Besé apasionadamente sus encantos más ocultos. Me miró con deseo mientras apretaba los labios con fuerza, mordiéndose en ocasiones el inferior. Me encantaba verla así, tan alocada, tan deshinibida. Esos gestos tan suyos.

Nos desvestimos por completo en mitad de aquel juego. La excitación se había apoderado de nosotros. Ardíamos en deseo de volver a tenernos.

Mientras ella se encargaba de darle potencia a cada uno de los besos yo me entretenía en juguetear por zonas muy cercanas a su parte íntima, rozándola ligeramente de pasada, pero sin llegar a tocarla.

—Nacho... ¡Hazme el amor! -suplicó en un gemido ahogado.

Me reí por aquello. Había conseguido crear la suficiente incertidumbre como para que terminara pidiéndomelo a gritos. 

—Shhh -dije bajito para callarla.

Quería que siguiera disfrutando conmigo. Hacerla tocar el cielo. Mis caricias en aquel lugar tan íntimo pronto pasaron a ser besos. Sus suspiros se transformaron en pequeños gemidos, que cada vez iban en aumento.

Disfrutaba al verla disfrutar de esa manera tan evidente. Y por fin cumplí sus deseos. Le hice el amor allí mismo. De manera efusiva y a la vez relajada. Combinando lujuria y romanticismo, como a mi me gustaba. Los decibelios de nuestros jadeos se descontrolaron por completo y el sofá fue el único testigo de todo.

Intentamos relajarnos tras llegar a la cumbre. Lo conseguimos. Nuestra respiración se estabilizó y nuestras miradas volvieron a encontrarse provocando una gran sonrisa en nuestras bocas.

—¿Te he dicho alguna vez que me encantas? -preguntó mi chica.

—Alguna vez. Pero me encanta escucharlo -confesé.

—Pues me encantas -dijo dándome un beso.

—A mi me encanta tu lado romántico.

—No te acostumbres -dijo entre risas- ¿Que tal si comemos?

—Estaría bien. Mi estomago me lo está pidiendo a gritos.

Recuperamos nuestra ropa, que estaba esparcida y desordenada por todo el salón. Nos vestimos rápidamente y fuimos hasta la cocina para prepararnos algo de comer. Nos decantamos por unos macarrones. Necesitabamos hidratos para recuperarnos del esfuerzo. 

—Oye Nacho. Tengo una cosa que comentarte -dijo mirándome.

—No me asustes. 

—No es nada malo. Es que me falla un guitarrista para el próximo concierto de la gira... Y había pensado en ti.

Me atraganté al escuchar esa última frase. Cogí mi vaso y di un trago largo al agua. Malú rió al verme.

—¿Yo? Malú estás loca -afirmé con contundencia.

—¿Por? Se te da bien. Y te sabes la mayoría de mis canciones.

—Tampoco tantas. Además tendría que practicar un montón. Sabes que hace mil años que no toco en plan serio. Y un concierto tuyo son palabras mayores -me justifiqué.

—A ver no te asustes. Solo piénsalo ¿vale?

No podía negarlo. La idea de formar parte de su banda en un concierto suyo me resultaba extremadamente atractiva. Guitarrista... Aquello que siempre había soñado. Pero no me encontraba suficientemente preparado para ello. Y pasaba de ponerla en un compromiso así. 

—Gracias por pensar en mi. Pero no quiero estropearte uno de tus conciertazos. Me tirarían tomates.

—No me hagas reír. Yo creo en ti. Te he oído tocar Nacho... Y vengo de familia de guitarristas, así que ojo no me falta... -comentó ella con seguridad.

—¿Lo dices de verdad? 

—Prométeme que te lo vas a pensar.

—Te lo prometo.

Sonó el timbre nada más que terminamos de comer. Debía ser Jose. Malú lo conocía bien y tenía razón. No se había tragado la excusa que le dio por teléfono. Echó un vistazo rápido para comprobar que no había muestras de nuestro arrebato de pasión. Abrió la puerta momentos después.

Efectivamente, era Jose. Pasó al salón tras darle dos besos a su hermana.

—¡Hombre cuñao! -dijo él con esa naturalidad que caracterizaba a ambos hermanos.

Me reí. Saludé a mi compañero y cómplice de aventuras. Habíamos compenetrado genial. Tras el recibimiento, los tres nos sentamos en los sofás del salón. Malú y yo intuitivamente lo hicimos en el que antes había servido para dar rienda suelta a nuestros sentimientos. 

—¿Por que no habéis venido a comer? -se interesó Jose.

—Ya te lo he dicho. No me encontraba muy bien -insistió su hermana manteniendo el mismo argumento.

—Que preferíais estar solos ¿no?

—Mira ahí le has dao -dijo finalmente mi chica- ¿Y Vane?

—Se ha ido a currar. Tenía una entrevista -añadió él.

—Oye, me viene genial que estés aquí. Necesito tu opinión.

—He ofrecido a Nacho ser mi guitarrista en el concierto de Sevilla. ¿Como lo ves?

—¿En serio? -dijo mirándome a mi.

—Ya le he dicho que no es una buena idea -aclaré yo.

—¿Bromeas? Es una idea estupenda -comentó Jose.

—¡Te lo dije! -exclamó triunfante Malú.

—Yo te enseñaré todo lo necesario. No te preocupes.

—Jose no sé... Me encanta la idea. Pero nunca he tocado delante de nadie. ¿Como voy a ser capaz de hacerlo delante de esa cantidad de personas?

—Lo intentamos. Intentamos prepararte. Si de aquí al concierto no te ves capacitado nos buscamos otro guitarra -propuso Malú tendiéndome la mano para cerrar ese trato.

—Está bien -dije riéndome y dándole la mano.

—¡Guai! Hermanita bájate la guitarra. Yo voy a por la mía -dijo Jose frotándose las manos.

Y así fue. Convertimos esa tarde en un concierto improvisado. En un ensayo más bien. Malú nos deleitaba con su maravillosa voz y Jose y yo poníamos el acompañamiento musical. Trabajamos las canciones una y cien veces. Corregía mis errores y me enseñaba sus técnicas. A decir verdad no podía tener mejor maestro que él.

La tardé pasó ante nuestros ojos. Y las yemas de los dedos de mi mano izquierda empezaban a resentirse. Así que paramos por hoy. Jose se fue volando cuando se percató de que llegaba tarde a la cita con su chica.

—Vas a hacerlo increíble -dijo Malú abrazándome por detrás.

—¿De verdad lo crees? -pregunté.

—Anda pues claro -añadió justo antes de darme un beso en la mejilla- ¿Te apetece que cenemos por ahí?

—Me apetece cenar contigo. El sitio me da igual.

—Voy a llevarte a un sitio que vas a flipar -aseguró ella.

Se cambió y se arregló. Lo hizo rollo casual e informal. Como a ella le gustaba. Unos vaqueros ajustados de tono oscuro. Una camiseta ancha de color grisáceo. Y unos taconazos del color de la camiseta. Se maquilló de manera no muy exagerada. Intensificando su mirada con una fina raya negra sobre sus párpados. Estaba guapísima. Pero eso no era ninguna novedad. La miré con una sonrisa de embobado.

Salimos hacía el centro de Madrid. La miraba mientras conducía. Esas caras de concentración no tenían desperdicio. Nos pilló un buen atasco a la entrada de la capital. Sacó un cigarro del mismo sitio de siempre. Según ella para quitarse el estrés de conducir por esas calles. Odiaba hacerlo cuando había demasiado tráfico.

Tardamos un buen rato en llegar a nuestro destino. Aparcamos en un parking cercano al lugar. Salimos a una de las calles que daban a la gran vía. Nos metimos en el hall de un hotel de lujo y subimos hasta la última planta. Allí se encontraba uno de los restaurantes más valorados de Madrid.

Y no me extraña. Disponía de una inmensa terraza convertida en el comedor del propio restaurante. Las vistas que nos regalaba eran inmejorables. La ciudad a nuestros pies. Era todo tan insignificante desde allí arriba. Nos sentamos en un sitio íntimo pegado a un ventanal enorme que nos permitía seguir disfrutando de la noche madrileña.

—Me encanta este sitio -dije con una sonrisa.

—Lo se. Todavía no hay nadie que me haya dicho lo contrario.

—¿Traes aquí a todos tu ligues? -pregunté divertido.

—Si, pero solo para dejarlos. Así pueden tirarse al vacío -bromeó ella.

—¿Me vas a dejar? 

—Tonto -dijo con una gran sonrisa.

En ese momento llegó el camarero para tomarnos nota. Pedimos lo que nos aconsejó. Y para acompañar la cena una botella de un buen vino. Por supuesto lo eligió la experta.

Nos sirvieron el vino en primer lugar. Malú llenó las copas. Solo hasta la mitad. Levantó la suya y me animó con la mirada a hacer lo mismo. La entendí a la perfección y así lo hice.

—Por nosotros -dijo sin más.

—Por ti -añadí yo.

Me miró con un sonrisa, creo que incluso se sonrojó. Chocamos nuestras copas y bebimos.

Nos sirvieron la cena momentos después. Cenamos tranquilos, sin ningún tipo de prisa. No la teníamos. A decir verdad mañana aún trabajaba, pero ahora ya daba igual ir con unas ojeras de más.

Tras la cena pasamos a un reservado rollo chill out que tenían para tomar las copas. Mesas bajitas. Sofás. Cojines por el suelo. Y sabanas translúcidas entre mesa y mesa, que hacían el ambiente aún más íntimo. Todo blanco. Daban ganas de quedarse allí a vivir.

Nos tomamos un gin tonic sentados en aquel sofá de cuero blanco. Ella y yo solos. Con la ciudad a nuestros pies y el cielo a solo centímetros de nuestros dedos, nos quedamos disfrutando de la noche. Ahora entendía el dicho, "de Madrid al cielo" y si es con ella mejor que mejor...