martes, 29 de julio de 2014

Capítulo 26 (Celos quizá)

Nos quedamos literalmente enganchados a aquel atardecer. Intentando estirar el tiempo lo máximo posible. Como si nunca quisiéramos alejarnos de aquel lugar mágico.
Los colores del cielo se oscurecían a la vez que avanzaban los segundos en nuestros relojes. Y la luz de aquella playa era cada vez más tenue. Pero aún así podía apreciar la imborrable sonrisa de su rostro. Y cegarme con el brillo de sus ojos marrones. Ese brillo que me llenaba de amor hasta saciarme por completo. Esa mirada que nada más encontrarme hacia que un agradable cosquilleo recorriera todos y cada uno de los rincones de mi estomago. Podría pasarme así la vida entera. Colgado de aquella mirada. De aquellos ojos en los que habitualmente me perdía hasta perder la razón.


Caminamos cogidos de la mano. En silencio. Acompañados únicamente por el sonido de las olas. Que se atenuaba conforme nos íbamos alejando del mar. Volvimos a recorrer el mismo camino de la mañana. Aquella senda rodeada de árboles que no dejaban ver más allá de nuestros ojos. La luz ya era prácticamente inexistente. Pero no tuvimos problema para llegar hasta el coche. Malú levantó la llave en el aire y sin mirar pulsó el botón del cierre centralizado. Un destello intermitente de luces anaranjadas procedentes de los focos del vehículo iluminó toda la zona. 

¿Conduces tu? –preguntó ofreciéndome las llaves –Estoy demasiado relajada como para ponerme al volante.

Sonreí por su comentario. Cogí las llaves que sostenía en el aire con una de sus manos. Me encaminé hacia el asiento del conductor y me adueñé del volante. Tenía bastante facilidad para aprenderme los lugares cuando viajaba de copiloto. Así que ni siquiera tuvo que indicarme el camino. Lo recordaba perfectamente. Se echó ligeramente el asiento para atrás y se apoyó totalmente cerrando los ojos.

¿Cansada? -pregunté poniendo mi mano derecha sobre su muslo.

Agotada -dijo mirándome Un día de playa contigo agota más que uno de mis conciertos.

Si claro. Mira que eres exagerada eh…  -me reí  Oye, ¿y qué tal si cenamos tu y yo solitos? No sé... para acabar de redondear este día.

¿No me digas que todavía estás con esa tontería de los celos?

Que no mujer. Era por si te apetecía más quedarte en casa –dije intentando excusarme.

Llegamos enseguida a nuestro destino. Estábamos solos. Al parecer mis suegros habían salido a cenar fuera. O eso es lo que decía la nota que se encontraba sobre el recibidor de la entrada. Malú sonrió al leerla y masculló algo en voz tan baja que fui incapaz de descifrar. Nos dirigimos directamente a la habitación. Teníamos el tiempo bastante ajustado. No obstante me dejé caer con gesto cansado sobre la cama. Cerré los ojos un par de segundos. Hasta que sentí ligeros golpes sobre mis piernas. Abrí los ojos y levanté levemente la cabeza para mirarla.

Venga cariño. Vístete que no llegamos -comentó acelerada.

Resoplé al escuchar esas palabras. En realidad me daba igual no llegar a aquella cena. Pero como a ella le importaba hice un gran esfuerzo. Me levanté con decisión. Comencé a sacar la ropa que había dentro de mi maleta. Camisetas, pantalones, camisas… Todo lo iba extendiendo sobre la cama. Me quedé pensativo frente a todas aquellas prendas, como si la ropa fuera a elegir por si sola.

Malú ¿Cual te gusta más? Es que no sé que ponerme… -dije alzando la voz desde la habitación.

Mi chica que estaba acicalándose en el baño salió de inmediato al escuchar mis palabras. Estaba a mitad de pintarse. De hecho todavía sostenía el eye liner en una de sus manos. Se acercó hasta la cama y señaló uno de los conjuntos sin pensarlo dos veces. No me sorprendió. Ella era así de segura. Rara vez la había visto dudar en nada.

Pero vamos. Que tú estás guapo con lo que te pongas -dijo dándome una palmada en el culo antes de volverse al espejo.

¡Ey! Cuidadito guapa -advertí con tono de broma

Decidí hacerle caso a ella. El gusto de una mujer es inmejorable. Era un look totalmente playero. Bermudas vaqueras, camiseta azul marino con el estampado de un ancla y camisa a cuadros sobre esta última. La camiseta la había comprado el verano pasado y ni siquiera había tenido tiempo de estrenarla. Entré al baño donde estaba ella y me miré al espejo indeciso. Pero de nuevo fueron sus palabras las que se llevaron mi indecisión lo más lejos posible.


Estás guapísimo hijo -comentó mirándome a través del cristal.

A decir verdad la que estaba guapísima era ella. El maquillaje era sutil. Lo justo para estar impecable. Una base del color de su piel que cubría cualquier signo de cansancio. Y una sombra oscura en los ojos que junto con la raya pintada de negro intensificaba su mirada, haciéndola más bonita si cabe.
La ropa que había elegido era bastante sencilla. Pero le quedaba increíblemente bien. Como todo supongo. Una camiseta grisácea con los hombros al aire y unos shorts blancos que dejaban al descubierto sus perfectas piernas. Estilizadas todavía más con unos taconazos de vértigo.



Terminamos de arreglarnos y nos marchamos a casa de Sergio. Esta vez fue Malú la que se encargó de conducir. Yo no tenía ni idea de donde quedaba la dirección que nos había proporcionado. Y al parecer ella tampoco. Nos costó un par de vueltas perdidas hasta que dimos con el número correcto. Se trataba de una urbanización de chalets en la zona más moderna de la ciudad.

En la puerta nos esperaba el chico. Vestido con el mismo estilo que por la mañana, pero con un look más casual. Mucho más apropiado para la noche. Su pelo estaba perfectamente peinado. Y su barba descuidada había desparecido. La ausencia de sus oakley polarizadas me permitió ver por primera vez el color de sus ojos. Eran verdes claros.

Nos invitó a pasar con toda la amabilidad del mundo. Entramos dentro. Caminamos detrás de él, siguiendo sus pasos hasta que nos dimos de frente con un enorme jardín. Provisto de todo lo necesario para pasar una gran velada. Piscina, barbacoa, zona chill out… En fin un paraíso en propiedad. Mi chica fascinada por la belleza de aquel lugar, exploró con la mirada todos los lugares de arriba a abajo. Sin dejarse ni un solo rincón.



Joder Sergio. ¿Qué has estado haciendo todos estos años? ¿Traficas con armas, drogas o algo parecido? -comentó ella de forma chistosa.

¿En serio me ves cara de camello? Pues siento decepcionarte. Solo continué la tradición familiar. Ahora la farmacia de mi padre es mía.

¿Eres farmacéutico? -intervine curioso.

Así es Nacho -me miró algo dudoso – ¿Eras Nacho no? Soy malísimo para los nombres -dijo con una sonrisa.

Afirmé con la cabeza despejando sus dudas. Eché un vistazo a mi alrededor. La verdad es que aquello era increíble.

Bueno, voy a preparaos algo.

Ejerciendo como buen anfitrión, nos sirvió unos Martinis en copas de coctail y nos invitó a relajarnos mientras él terminaba de hacer la cena en su extraordinaria barbacoa.

De momento todo iba sobre ruedas. Los fantasmas que me inundaban la cabeza no habían aparecido por ningún lado. Pero eso duró poco. Exactamente hasta el momento en el que Malú se levantó a por el segundo Martini de la noche. Sergio le indicó donde se encontraba todo. Y cuando se giró la siguió con la mirada barriendo su cuerpo por completo. Incluso desde donde yo me encontraba pude apreciar sin ningún problema como se mordía ligeramente el labio inferior. Ese gesto me encendió por dentro. Aunque no había hecho nada más que confirmar mis sospechas. Pero esa noche debía contenerme. Debía contenerme por ella. Me acerqué hasta donde estaba el  chico.

¿Te gusta? -pregunté sin más preámbulos.

¿El qué? -contestó disimulando.

Malú… ¿Qué si te gusta?

Ah joder sí. O sea… Que está muy buena. Sabes… ella y yo fuimos novios cuando éramos niños.

Le dediqué una sonrisa fingida que salió directamente de lo más profundo de mi alma. Y entonces llegó ella. Justo a tiempo para calmar mi inquietud. Llevaba tres copas entre las dos manos. Y una de ellas estaba a punto de derramar su contenido. Se la cogí riéndome al ver sus malabarismos para evitar que cayera.

–A ver chicos. Por nosotros. Por las viejas amistades -dijo alzando su copa.

Sergio rió por las palabras de Malú y brindó con ella. Yo con desgana hice lo mismo. Mi chica me miró extrañada al darse cuenta de la expresión de mi careto. Normalmente cuando algo me molestaba no podía evitar que se me notara. Y con ella menos. Me conocía perfectamente.

El resto de la noche fue parecido. Pasó todo el rato intentando llevarla a su terreno. Era incluso más fantasma de lo que a priori parecía. Durante la cena se contuvo. Pero tras esto llegaron las copas y ahí ya sí que no había quien lo parara. Sacó todo un arsenal de chistes malísimos y recuerdos de adolescencia, con los que pasito a pasito parecía ganarse su confianza. No sé si era mi imaginación dominada por los celos, pero yo cada vez lo veía más cerca de ella. Más cerca de su boca. De esos labios que también eran míos. Literalmente me hervía la sangre.

Me levanté a por otra copa. Pero cuando llegué comprobé que el hielo se había terminado. Me giré hacia ellos. Entonces vi algo que probablemente nunca tendría que haber visto. Él sin cortarse un pelo y apoyando sus manos en sus caderas intentó un acercamiento a sus labios. Ella se apartó de inmediato. Aún así no pude evitar lo inevitable. Era cuestión de tiempo que estallará en plan bomba. Caminé hacia ellos rápidamente, a todo lo que mis piernas me permitían. Lo aparté de un empujón haciendo que cayera bruscamente sobre el sofá. Lógicamente el muchacho no entendía nada de mi comportamiento.

¿Qué coño haces? -protestó Sergio.

No, ¿qué coño haces tú? Que llevas toda la puta noche intentando ligarte a mi novia -grité cabreado.

¿Perdona?

Ni perdona ni hostias -dije con el mismo tono de antes.

¡Nacho vale ya! -intervino la cantante intentando calmarme.

Malú ¿qué narices dice este tío?

Sergio, este tío es mi novio.

Después de la que se había organizado no tardamos nada en marcharnos. La decisión fue de ella, que parecía más enfadada que nunca. Y creo que lo estaba. A la que me quise dar cuenta íbamos los dos en el coche sin mediar palabra. Sin ni quiera intercambiar una mirada. Entonces me di cuenta de que probablemente me había pasado. De que no debería haberme comportado de aquella manera tan desapacible.

La miré. Ambas manos sujetaban el volante con firmeza. Su vista al frente no se desviaba ni un segundo de la carretera. Y pestañeaba repetidas veces como si un tic se hubiera apoderado de ella. Seguramente sería su forma de contenerse. Intente buscarla. Buscar algún gesto en el que refugiarme para siempre. Pero no quedaba ni rastro de ella. Su impecable sonrisa de siempre había desaparecido, dejando paso a un semblante mucho más serio y frío.

Cariño… -dije acariciando su pierna.

Me miró desviando la vista fugazmente. Su gesto no cambió ni lo más mínimo. Y eso no me gustaba. No me gustaba nada. Giró bruscamente dando un volantazo hacia una calle estrecha. Apenas iluminada. Echó el freno de mano y nos detuvimos en mitad de aquella travesía.

No era necesario todo eso Nacho. Tengo muy claras las cosas y se quitarme de encima a quien no me conviene. No necesito que estés encima de mí como si fueras uno de mis guardaespaldas -dijo de carrerilla sin coger aire ni para respirar. Esta noche he descubierto una parte de ti que desconocía. Y no me gusta nada.

Esas palabras se me clavaron en mi cuerpo como miles de puñales. No sé si me había pasado o no. Solo sé que si ella no hubiera estado delante le habría partido la cara a ese gilipollas. La miré sin pronunciar palabra. No encontraba las palabras correctas para aquel momento. Tal vez porque no existían. Porque no quería entrar en una discusión tonta. Porque lo mejor era afrontar que la había cagado.

Lo siento…




viernes, 18 de julio de 2014

Capítulo 25 (Días de sol)

Desperté totalmente empapado en sudor. El calor de la ciudad era sofocante. Tanto que apenas había podido pegar ojo en toda la noche. Retiré cuidadosamente las sabanas que cubrían mi cuerpo. Aquellas sabanas viejas que todavía guardaban la esencia de nuestro arrebato pasional de la noche anterior.

De nuevo su perfecta espalda desnuda era la primera imagen que me regalaba el amanecer. El perfecto y más bello amanecer. Me incorporé ligeramente sobre el colchón. Apoyé la cabeza sobre mi mano y la contemplé desde esa posición con una sonrisa pintada en la cara. Rocé su piel con la mano que me quedaba libre. Y utilizando solamente mi dedo índice comencé a trazar líneas. Líneas rectas que unían cada uno de los lunares de su espalda. Y que decidían por si solas la forma de mi dibujo invisible.


Dio un respingo al sentir aquel recorrido sobre su piel. Arqueó la espalda ligeramente rompiendo el contacto con mis dedos. Y gimió hundiendo su cabeza en la almohada. Me reí al ver su gesto. Era sencillamente adorable. 

Buenos días princesa… -susurré bajito en su oído.

Se giró sobre sí misma. Todavía mantenía los ojos cerrados. Sin embargo su sonrisa ya iluminaba toda la habitación. Incluso más que el sol que se filtraba a través de la persiana. Besé sus labios fugazmente en un movimiento rápido. Abrió los ojos y buscó mi mirada pidiéndome más.

Buenos días -respondió al fin.

Venga arriba dormilona –dije dándole una palmada en el muslo y levantándome de la cama.

¿Y mi beso? -preguntó sin moverse.

Me acerqué de nuevo hasta sus labios para besarlos. Una mala idea, porque antes de conseguirlo ella tiró de mí y caí de nuevo sobre el colchón. Mi chica rió inmediatamente. Y yo como venganza comencé con una larga guerra de cosquillas. Reía descontroladamente suplicándome que parara. Pero no le hice caso. Solo me detuve cuando sonó la puerta un par de veces. Ambos nos miramos sin movernos del sitio.

El desayuno niños -se escuchó al otro lado.

Ya vamos mamá -se adelantó a decir.

Nos vestimos rápidamente y salimos al salón. Su madre nos había preparado unas tazas enormes de chocolate y su padre acababa de llegar con churros recién hechos. Malú abrió unos ojos que casi se le salen de las orbitas. Adoraba el chocolate. Corrió hacia la mesa y se sentó en la primera silla que encontró. Los tres la miramos riendo. A pesar de estar ya entrada en la treintena, era una autentica niña. Y eso era algo que me encantaba de ella.

Que buena pinta -dije sentándome también.

Cada vez que visito a mis padres engordo cinco kilos -comentó divertida.

Hija eres una exagerada. Si luego pierdes otros cinco en cada concierto.

Eso puede ser -añadió.

Desayunamos sin prisas. Era temprano. Así que teníamos todo el día por delante para ir a la playa. Como el plan había sido improvisado yo no venía preparado para esto y por supuesto no llevaba bañador. Aunque no hay problema que se le resista a mi querida novia, que rebuscó hasta encontrar un bañador de su hermano.

La playa no quedaba muy lejos de aquí, pero Malú se empeñó en coger el coche. Al parecer quería llevarme a un lugar más apartado de la ciudad. Según ella era un sitio íntimo que no conocía casi nadie. Eso serviría para encontrar la tranquilidad que buscábamos. Sin gente alrededor, sin fans, sin curiosos, Ella y yo solos...

¿Malú?

Nada más salir por la puerta una voz masculina pronunció su nombre. Ambos nos giramos automáticamente al escucharlo. Era un chico de aspecto alegre y despreocupado. Moreno, media melena y una barba un tanto descuidada. Cubría sus ojos con unas oakley de cristales azulados. Vestía unas bermudas vaqueras, unas chanclas de playa y una camiseta básica bastante ajustada que dejaba entrever unos abdominales perfectamente marcados. Un enorme tatuaje asomaba ligeramente por el corte de la manga del brazo izquierdo. El tipo no debía tener más de treinta años. La miraba entusiasmado sin mediar palabra.

Soy yo, Sergio -aclaró el muchacho

¿Sergio? -preguntó incrédula

El chico afirmó con la cabeza. Al principio pensé que era un fan más. Alguien que la había reconocido y quería un autógrafo. Pero conformé pasaban los segundos comprobé que me equivocaba. Parecía que se conocían de antes. Una antigua amistad tal vez. Enseguida Malú reaccionó y se acercó a él para fundirse en un efusivo abrazo.

¡Joder tío, cuánto tiempo! -exclamo mi chica con su habitual desparpajo.

¿Qué haces por aquí? -se interesó él.

Ya ves… de vez en cuando también toca visitar a la familia -comentó.

Malú me miró y me hizo un pequeño gesto para que me acercara. Yo no había querido intervenir en aquel reencuentro. De hecho me había mantenido bastante al margen.

Sergio te presento a Nacho, es mi… -me miró dudosa antes de pronunciarlo.

Soy su guitarrista. Y amigo de Jose –dije sin titubear tendiéndole la mano.

Encantado.

No sé porque motivo me presenté de aquella forma. Bueno si lo sé. Su mirada me lo había dicho todo. Me había pedido que lo hiciera. Por la forma en la que dudó estaba claro que no quería decirle al chico que yo era su novio. Había olvidado que ante los ojos de la gente únicamente éramos dos amigos. Dos conocidos sin más. Estaba algo molesto por ello, pero intenté disimularlo.

Igualmente Sergio -dije con una sonrisa algo forzada.

Charlamos con su amigo un rato más. O mejor dicho charlaron. Por un momento sentí que no pintaba nada allí. Y por si no era suficiente, ella decidió por los dos que íbamos a cenar con él. La verdad es que no me hacia especial ilusión estar en la cena de reencuentro de dos amigos que llevaban más de quince años sin verse. Porque básicamente yo pasaré a un segundo plano cuando ellos comiencen a contar sus anécdotas de adolescencia. 
Subimos en el coche y Malú puso rumbo a la playa.

¿Por qué no le has dicho que eras mi novia? -solté de repente.

A ver cariño… hace 16 años que no le veo, no sé nada de él… podría ser hasta un paparazzi de alguna revista. Así que no le importa lo que somos.

¿Solo erais amigos? -pregunté de nuevo.

Bueno… Éramos algo más -respondió segura – ¡Aquí es!

Llegamos en el momento más inoportuno. Aparcó el coche en mitad de la nada. Había arboles, tantos que no dejaban ver el mar. Miré a mi alrededor. Ni rastro de la playa. Malú me miró divertida.

Pensaba que íbamos a la playa…

Es que hay que andar un poquito.

Me cogió de la mano y tiró de mí con un brusco movimiento que me colocó de golpe a su lado. Estaba entusiasmada. Andamos durante un rato por una senda de tierra. Atravesamos un camino de rocas hasta que por fin pisamos la ansiada arena de playa. Allí estaba, escondida tras aquellos arboles. Era una pequeña cala aislada entre rocas. Me quité las chanclas y hundí mis pies en la cálida arena. Estábamos solos en aquel paraíso. Ambientado por la agradable melodía del romper de las olas. Creo que era una de las cosas más relajantes del mundo. Me quedé embobado admirando la inmensidad del mar y sus infinitos tonos de azul. Estiré los brazos hacia los lados, respiré hondo y me dejé envolver por su inconfundible aroma a sal. Numerosas gaviotas decoraban la estampa veraniega volando al ras del agua. 



Noté como se acercaba cuidadosamente y se quedaba justo detrás de mi.

¿Qué te parece? -preguntó rodeándome con los brazos

Me encanta.

Lo imaginaba. Este lugar es mágico.

La observé mientras se desvestía. Se deshizo de la ropa en dos tirones. Llevaba puesto un biquini de color negro a juego con los tatuajes que decoraban su cuerpo. Le sentaba realmente bien. Parecía diseñado a medida para ella. Ni pequeño ni grande, lo justo para resaltar de forma perfecta todas sus curvas de escándalo. Desprendía sensualidad por todos los poros de su piel. La miré de arriba a abajo de forma descarada mordiéndome el labio inferior. Me devolvió la mirada con una sonrisa provocativa.

¿Vienes al agua? -dijo con voz de niña.

No pude resistirme a esa forma de pedírmelo. Me quité la camiseta. Me levanté y corrí hacia el agua. Me adentré en el mar salpicando todo lo que venía a mi paso. Hasta que hubo la suficiente profundidad como para tirarme de cabeza y sumergirme totalmente. El agua estaba en la temperatura adecuada. Ni muy fría ni muy caliente. Salí y miré a Malú, que entraba pasito a pasito con mucha indecisión. Me reí al mirarla.

Cariño, ¿vienes o que? -dije divertido picándola.

No me metas prisa. Yo voy a mi ritmo… Además está helada.

Eres una exagerada.

Fui hacia ella con disimulo. Sabía perfectamente cuales eran mis intenciones. Se alejó del agua refugiándose en la arena. Aunque no le sirvió de nada. Salí corriendo tras ella hasta que la alcancé. La cogí en brazos y me dirigí hacia dentro. Me pegó repetidas veces en el hombro suplicándome que no lo hiciera.

Nacho ni se te ocurra. Te aseguró que te arrepentirás -dijo amenazante.

Pero me iba el riesgo. Ignoré sus palabras y la hundí hasta empaparla por completo. Después me dejé caer con ella. Protestó hasta la saciedad por lo que acababa de hacer. Me miró y rió echándose el pelo hacia atrás. De repente me empujó violentamente contra la arena. Caí en la orilla y la atraje hacia mi para que cayera conmigo.

Eres un cabrón.

De nuevo desatendí sus palabras. Le sonreí. Me acerqué hasta sus labios y la besé apasionadamente recorriendo su espalda con mis manos. Nuestras lenguas se acariciaron con suavidad. Encajando a la perfección como habitualmente hacían. Mientras la espuma de las olas rotas invadía nuestros cuerpos. Y el agua del mar calmaba nuestra temperatura.


Oye ¿Y el Sergio este y tu…? -dije dejando la frase en el aire. Sabía que me entendería a la perfección. Y lo hizo.

¿Qué si me acosté con él?

La mire atentamente y afirmé asintiendo con la cabeza. En realidad no me importaba. Pero tenía curiosidad desde que me había confirmado que fueron más que amigos.

No. No lo hice ¿Contento? -aclaró sin dejar de sonreír.

Pues no, porque creo que eres su cuenta pendiente ¿No has visto como te miraba?

Oye ¿tu no estarás celoso no? –Me miró levantando una sola ceja. Ese gesto me mataba muy lentamente. Como la gran mayoría.

¿Celoso yo? Venga ya Malú por favor -dije serio intentando negar lo evidente.

Nacho… -insistió.

Bueno un poquito -confesé poniendo cara de niño bueno.

¡Ay mi chico! Que está celosillo –comentó divertida pellizcándome un moflete- Si yo solo tengo ojos para ti tonto.

Sonreí y me dejé hacer todo tipo de gestos cariñosos por ella. Me encantaba cuando lo hacía. Eso significaba que no le importaba nada ni nadie. Solo yo. Solo nosotros.

Pasamos el día entero disfrutando de aquella playa paradisiaca. Escribiendo con letras mayúsculas otro día imborrable para nuestra memoria. El mar entero era nuestro. Jugamos como dos niños pequeños. Incluso acabé enterrado en la arena. Me habría encantado que el día nunca hubiese acabado. Pero era imposible. Y aunque los imposibles también existen, ese no iba a ser uno de ellos.

La brisa del mar acariciaba sutilmente nuestros cuerpos al atardecer. El sol comenzaba a caer en el horizonte dejando su reflejo en el agua. Limpia y clara pero sin sus tonos azules del día. Una mezcla de colores anaranjados se apoderaba de aquel cielo. Y las nubes cada vez más oscuras nos indicaban que la noche se instalaría en pocos minutos.

Y así, nos convertimos en testigos directos de los últimos suspiros de aquel maravilloso día de verano… 


viernes, 11 de julio de 2014

Capítulo 24 (Jugando en esa casa vieja)

Desperté con los primeros rayos de luz. Respiré hondo. Toda la habitación olía a ella. Ese olor que me envolvía por completo. Me giré hasta acabar contemplando su espalda desnuda. Pasé mi brazo por encima de su cuerpo para acurrucarme a su lado. Hundí mi cabeza en su cabello y besé con suavidad su nuca. Ese perfecto tatuaje que tanto me gustaba. Ella gimió entre sueños. Sonreí al escucharla y seguí llenando su espalda de besos.

Buenos días pequeña – dije sin alzar apenas el tono de voz.

Se giró para mirarme, finalizando así con mi tour a lo largo de su espalda. Pero no me importó. Esa sonrisa merecía la pena. A decir verdad todo el mundo debería despertar con una sonrisa como la suya a su lado. Esa si era una buena dosis de energía para afrontar el día.

Buenos días - respondió

Sabes una cosa… Estás guapísima recién levantada.

Ya… debo estar horrible –dijo cubriendo su rostro con las manos.

Súper horrible, das un susto al miedo… -retiré sus manos y le di un beso en la mejilla. —Tonta...

Tonteamos durante un rato hasta que por fin nos levantamos. A las doce teníamos que dejar la habitación del hotel de Sevilla. Sintiéndolo mucho había que regresar a Madrid. Aunque me habría quedado de por vida entre estas cuatro paredes. Solo me hacía falta ella. Ultimé los detalles de la maleta mientras mi chica hablaba por teléfono. Y bajamos directamente al parking del hotel, donde teníamos el coche.

¿Conduces tu?

Si – dijo de forma contundente arrebatándome las llaves de la mano.

Le encantaba conducir. Y yo adoraba mirarla mientras lo hacía. Así que combinación perfecta. Se encendió un cigarro nada más salir. Lo hacía casi de forma automática siempre que subíamos al coche. Odiaba que lo hiciera, sin embargo me resultaba extremadamente sexy.

No tardamos mucho en salir de la ciudad y encaminarnos hacia la autovía. Eché ligeramente mi asiento hacia atrás y me relajé hasta el punto de quedarme traspuesto durante media hora. Quizá algo más.

Desperté desconcertado. Miré incrédulo el cartel de mi derecha. Ni rastro de Madrid. Aquel letrero indicaba Jerez de la Frontera. Miré a Malú, que estaba concentrada en la carretera y no se había percatado de que estaba despierto.

¡Hombre! –exclamó divertida.

¿Cariño dónde estamos? – pregunté curioso.

He olvidado comentarte un detallito ¿Conoces Algeciras?

No –afirmé rotundamente.

Es que… mi madre se ha enterado de que todavía estaba en Sevilla y… -dijo sin acabar la frase.

¡No! Estás loca. No estoy preparado para conocerles.

Claro que lo estás –insistió ella.¡Malú no!

Amor que no muerden. Al menos que yo sepa –comentó divertida.

Te mato –dije con el mismo tono.

Oye encima que hago planes de playa…

Si me encantan tus planes… -sonreí Pero es que lo de conocer a tus padres…

Oye yo conocí a los tuyos, es lo mismo…

No es lo mismo,  mi padre no es Pepe de Lucía. ¿Y si no le caigo bien qué?

Confía en mí –dijo finalmente posando su mano en mi muslo.


Yo me había quedado en shock con la noticia. Conocer a sus padres ya eran palabras mayores. Pero me encantaban esos arrebatos de Malú. Había decidido por si sola que pasábamos de volver a la capital y que nos íbamos a la playa. Y eso eran cosas que solo hacia ella.

Llegamos en algo más de una hora. Nos adentramos en el casco antiguo de la ciudad. Era una calle estrecha, adornada con fachadas viejas pintadas de blanco. Donde las flores en los balcones resaltaban su encanto. Un grupo de niños correteaba sin descanso detrás de una pelota. Me gustaba, parecía muy familiar. Malú aparcó en la puerta de una de las casas.


Bienvenido a mi infancia.

Sonreí por sus palabras. Parecía inmensamente feliz y me encantaba. La puerta de la casa se abrió y apareció la figura de una mujer. Malú me hizo un gesto cómplice. Indudablemente era su madre. Bajamos del coche a la vez.

¡¡Mamá!! –exclamó mi chica dándole un abrazo.

Yo me quedé justo detrás, dejándoles su tiempo para que se saludaran. Intenté aparentar normalidad pero estaba especialmente nervioso. Su madre desvió su mirada hacía mi. Le devolví la mirada con una sonrisa. Eso siempre da confianza.

Hola –dije amablemente.

Mamá este es Nacho, mi novio.

Encantada Nacho, bienvenido –se adelantó a saludarme con dos besos.

Gracias. El placer es mío de verdad –respondí con firmeza.

Hija que guapo, no sabía que tenias novio.

Mamá por favor… -dijo algo cortada.

En mitad de aquella presentación irrumpió Pepe. Me miró serio. Tragué saliva para calmarme. Sonrió al abrazarse con su hija. Hicimos las respectivas presentaciones y la verdad es que no fue tan mal como yo pensaba. Fueron muy amables conmigo. Pasamos toda la tarde visitando los lugares más emblemáticos de la ciudad y rememorando las historias de cuando Malú y José eran pequeños. Su madre me las contaba con toda la confianza del mundo. A veces mientras lo hacía incluso me agarraba del brazo. Ambos me resultaban muy cercanos.

Durante la cena continuaron las anécdotas. Malú me hacía gestos para que nos fuéramos a dormir. Creo que estaba harta de oír tantas historias sobre ella. Pero yo no podía cortarles así sin más. Estaban entusiasmados.

Oye nosotros nos vamos a ir a dormir. El viaje ha sido agotador.

Está bien hija.

Que descanséis –apuntó Pepe.

Entramos en la que un día fue su habitación. Según me contaba, pasaba aquí veranos enteros. Se puso nostálgica al ver que todo seguía exactamente igual. Me dejé caer sobre el colchón nada más entrar. Levanté la cabeza y miré a mi chica, que estaba descojonada de la risa. Resoplé mirándola a los ojos.

No te rías.

Nacho relájate. Les has caído bien.

Si vamos… -dije poco convencido.

Se acercó a la cama lentamente. Subió despacio  sentándose sobre mí y atrapándome entre sus piernas. Me miró a los ojos y me dedicó una sonrisa picarona. Le devolví la mirada apretando mis labios. Me encantaba contemplarla desde esa posición. Era increíblemente perfecta. Se quitó la goma de la coleta que llevaba puesta y agitó la cabeza hacia los lados, hasta que consiguió que su pelo quedara impecable. En ese momento la miré con mucho deseo. Cada gesto me volvía un poco más loco. Incluso el más simple del mundo.

Que si tonto… - Susurró en mi oído.

Susurro que enseguida pasó a ser un beso. Recorrió con su lengua el lóbulo de mi oreja derecha. Me estremecí al sentirla así. Comenzó a subir la intensidad de sus besos. Exploró todos los rincones de mi cuello sin dejarse nada. Y sin vacilar me quitó la camiseta.
Intenté frenarla. Algo en mi me impedía estar al 100%. Y es que mis “suegros” a los que acababa de conocer, dormían pared con pared.

Espera, espera.

¿Qué pasa? –preguntó ella.

Cariño tus padres…

La miré con gesto de preocupación mientras pronunciaba esa última frase. Ella sin embargo, parecía estar de lo más relajada. De hecho, no dijo nada. Entreabrió mis labios con los suyos hasta adentrarse con su lengua en mi boca. Se entretuvo durante un largo rato en aquellos besos pasionales que a mí me encantaban. Yo respondía a ellos cada vez más relajado. Era el efecto que causaba en mí. Hacía que me olvidará de todo. Que simplemente me centrara en ella. Como si en el mundo no existiera nadie más.
Me desprendí también de su camiseta. Y acto seguido de su sujetador. Acaricié su cuerpo perdiéndome en ella. Sus besos no cesaban ni un momento. La sentía en cada poro de mi piel. Pero mi indecisión todavía estaba presente.

Malú… ¿has cerrado la puerta con pestillo?

Paró de besarme y me miró riendo.

Nacho te quieres relajar – ordenó.

Deslizó mis pantalones y los tiró por algún lugar de aquella habitación. Se tumbó a mi lado. Eso me permitió que yo pudiera hacer lo mismo con los suyos. Me acarició sutilmente el pecho. Utilizaba únicamente las yemas de sus dedos, provocando en mí un sinfín de sensaciones indescriptibles. Fue bajando a lo largo de aquel recorrido improvisado. Se paró en mi sexo. Y sin ningún apuro me desnudó totalmente.

En ese momento en el que nada parecía frenarla, di un giro inesperado que me colocó justo encima de ella. Me miró mordiéndose el labio inferior. Besé sus labios con frenesí mientras acariciaba su sexo. Notaba su excitación incluso por encima de su ropa interior. Me deshice de esa fina tela que me impedía sentirla completamente. Volví a acariciarla con las puntas de mis dedos. Sus caras de placer me animaban a ir más allá. Y en una de esas caricias hice que uno de mis dedos se perdiera dentro de ella. Besé sus labios en ese preciso instante para atrapar sus gemidos en mi boca. Ambos nos miramos.


Shhh.

Afirmó con la cabeza como respuesta a mi observación. Apretó los labios y cerró los ojos. Volví a adentrarme en ella iniciando un constante vaivén de movimientos interminables. Respiraba cada vez con más dificultad. Clavó mi mirada en la suya. Ese cruce de miradas que casi hablaba por si solo. Disminuí la velocidad para conseguir que se relajara.

De repente me paró. Se incorporó para dejarme a mí debajo. Estaba totalmente desenfrenada. Unió nuestros cuerpos sin pensarlo dos veces. Intenté contenerme como pude. Apreté con fuerza el extremo del colchón. Volvimos a fundir nuestros labios para hacerlo más llevadero. Los suspiros iban y venían a su antojo, de su boca a la mía y de la mía a la suya. Eso hacía que fueran más bajitos de lo normal. Casi imperceptibles a tres metros de distancia. Lo cual me tranquilizaba bastante.

Relajó sus movimientos y se acercó a mí mirándome divertida. La miré confuso.


Hay una cosa que no te he dicho… -susurró en mi oído.

¿Cuál?

En esta habitación no hay pestillo –soltó mirándome con esa sonrisa suya.

Mi mirada inevitablemente se desvió hacia la puerta. Aunque ella lo impidió. Me cogió la cara con ambas manos. Apoyó su frente contra la mía. Y se entregó a fondo en la última acometida antes de alcanzar la gloria.

Caímos exhaustos sobre el colchón. Sobre todo ella. Se desvaneció a mi lado completamente abatida. Y permaneció sin moverse durante varios segundos. Sus mejillas estaban enrojecidas y su cuerpo totalmente empapado en sudor. La miré sonriendo y acaricié su pelo alborotado.


Te quiero –susurré bajito en su oído.

Por fin reaccionó. Y lo hizo nada menos para regalarme su bella sonrisa. Tanto como ella. Y es que daba igual la situación en la que estuviera. Su belleza traspasaba todos los límites.

Me encanta que me lo recuerdes después de hacer el amor –dijo por fin.

Lo sé. A mi me encanta recordártelo.

Me besó dulcemente en los labios. Y después en la mejilla.


Yo también te quiero.

jueves, 3 de julio de 2014

Capítulo 23 (Sevilla tiene un color...)

La noche con mis padres había sido larga. Tan larga que llegamos al hotel a las tantas de la madrugada. Pero había merecido la pena ver su sonrisa mientras mi madre le enseñaba toda la retahíla de fotos de cuando era enano. 

Ya casi estaba amaneciendo. Así que tuve una idea que a mi parecer era genial. Subimos al ascensor y presioné directamente el botón del último piso. Mi chica me miró extrañada.

—¿Nacho, donde vamos?

—Shhh -la callé poniendo mi dedo índice sobre su boca- Te va a encantar.

El elevador se detuvo en el piso número quince. La cogí de la mano y la guié conmigo. Subimos a pie un piso más, hasta donde el ascensor no podía acceder. Nos dimos de frente con una puerta gris metalizada. Donde un cartel sobre ella prohibía el paso a cualquier persona que indagara por aquel lugar. La abrí igualmente ignorando la advertencia. 

Era justo lo que buscaba. La azotea de aquel edificio. Entramos con sigilo. Malú me miro sorprendida. Sus ojos se iluminaron acompañados de una lenta pero irresistible sonrisa. Y ahora fue ella la que tiró de mi hasta llegar a la barandilla.

—¡Guuuau! -exclamó mirando al frente.

Las vistas eran inmejorables. Sevilla a nuestros pies. Tan pequeñita y a la vez tan grande. Como ella.

El sol comenzaba a asomar tímidamente por el horizonte. La luna se desdibujaba de manera sutil. Escondiéndose hasta donde nuestros ojos no podían llegar. Una mezcla de tonos anaranjados pintaban completamente el cielo. Y escasas nubes con forma de algodón hacían presagiar un día de lo más despejado.

Me situé justo detrás de ella. La abracé desde esa posición. Rodeándola con los brazos y apoyando mi cabeza en su hombro. Cerré los ojos un momento. Su aroma me cautivaba incluso más que aquel bello amanecer. 

—Te dije que te encantaría -susurré en su oído.

—Es precioso... -dijo sin moverse.

Ninguno de los dos lo hicimos. Nos quedamos embobados observando el nacimiento del nuevo día. Los signos de la pasada noche ya eran prácticamente inexistentes. El mundo parecía insignificante desde aquí arriba. Pero todo daba igual. Daba igual porque en aquel insignificante mundo tenía lo que necesitaba. Ella. La culpable de mi felicidad.

—¿Sabes una cosa? -dije sin alzar apenas el tono.

—¿Qué? -se interesó

—Hoy hacemos un mes -aseguré.

—¿Ah si? ¿Y desde cuando empezamos a contar? -preguntó dudosa.

—Desde el día en que me dijiste te quiero.

Se giró sobre si misma. Nuestras miradas volvieron a encontrarse. Sus ojos brillaban con fuerza. Me alegraba saber que el motivo lo había provocado yo. Su sonrisa se dibujó entera. Y como era habitual, ese gesto fue suficiente para conseguir volverme loco de amor. Un día me enamoré de su sonrisa. Y creo que lo sigo haciendo cada día que pasa. Tan dulce, tan sincera, tan cálida. Esa sonrisa que solamente por estar presente ya me hace inmensamente feliz.

No quiso esperar mas. Besó mis labios. Suave y lentamente como a ella le gustaba. Delicadeza que curiosamente conseguía encenderme a un ritmo frenético. Respondí a cada uno de los besos que me daba. Y acaricié su espalda y su cintura con suaves movimientos de arriba a abajo. Siempre por debajo de su camiseta. Sintiendo su piel completamente con las palmas de mis manos.

Se separó interponiendo una mínima distancia entre nosotros. Me miró sensualmente y se mordió el labio haciéndome perder la cordura. Le encantaba hacerlo. Verme desesperar. Excitarme utilizando sus poderosas e incontables armas de mujer.

La atraje hacia mi enredando mis manos en su precioso cabello ondulado. Nuestras lenguas se buscaban desesperadamente. Encajaban a la perfección. Como dos piezas de puzzle destinadas a encontrarse.

Sí. Lo habíamos hecho. Acabábamos de encender la chispa de la pasión en aquella azotea. Ambos sabíamos que no debíamos hacerlo. Pero había una fuerza superior que nos impedía parar. Aquel deseo irrefrenable de tenernos. Era mía. Y quería hacerla mía. No me importaba el momento ni el lugar. Con ella cualquier sitio era mágico.

Me dejé caer en el suelo. Estaba ligeramente mojado por el rocío. La senté encima mía. Me deshice de su camiseta y acaricié con mi lengua todos los rincones de su cuerpo a los que me fue posible acceder.

Hicimos el amor bajo la luz de aquel nuevo día. La suave melodía del canto mañanero de los pajarillos se mezclaba con nuestros jadeos cada vez más intensos. Y la combinación me volvía absolutamente loco. 

Apoyó su frente contra la mía. Sus respiraciones terminaban en mi boca. La acaricié empapándome de ella. Incontables gotas de sudor resbalaban por su espalda. Permanecimos así durante varios minutos. Relajados.

El calor de nuestros cuerpos descendía en picado y el frescor propio del amanecer empezaba a apoderarse de nosotros. Nos vestimos rápidamente y bajamos a nuestra habitación. Donde dormimos hasta bien pasada la mañana.


Desperté al sentir sus labios juguetear sobre mi pecho en forma de besos. ¿Había mejor regalo que despertar de esa manera? Sonreí al sentirla pero no abrí los ojos.

—Buenos días dormilón -pronunció divertida.

—Estoy muerto de sueño -dije cubriéndome la cabeza con la sábana.

—¡Venga Nacho! Que por la noche eres muy valiente -apuntó mi chica.

—Un ratito más -supliqué.

—Te doy diez minutos. Voy a la ducha.

Me destapé la cabeza de nuevo para observarla mientras se iba. Sus curvas perfectas se contoneaban ante mi atenta mirada. Pero pronto desapareció. Sonreí como un tonto. En ese preciso momento sonó mi móvil. Estiré el brazo hasta conseguir alcanzarlo. Lo leí sin moverme de la cama. Aunque me incorporé de un salto al ver de quien se trataba.

"Laurita"
-Tenias razón. Me iba a enterar por twitter...

Era Laura, mi ex. O Laurita, como todavía la tenía registrada en la agenda de contactos. Dudé en contestarle o no. Pero lo de ser un borde no iba conmigo. Así que lo hice.

-Y que te parece?
-Me encanta. Pero como has acabado de guitarrista de la jefa?
-Es una larga historia. He recuperado mi afición.
-Me alegro. Se te daba bien.
-Tu nunca me apoyaste en eso Laura. Decías que era una tontería más.
-Supongo que me equivocaba. A veces nos damos cuenta tarde de las cosas.
-A veces incluso demasiado tarde.
-...
-Tengo que dejarte. Un beso.
-Chao.

Suspiré dejando el móvil de nuevo en la mesita. Me deshice de mi pereza, me levanté y fui hasta el baño. Malú ya había salido de la ducha. Y se arreglaba el pelo frente al espejo, cubierta únicamente por una toalla. La abracé por detrás y me miró sonriente a través del cristal.

—Cariño ¿Y si no volvemos? -propuse convencido.

—Si no volvemos nos matarán -dijo riéndose.

—Malú hablo en serio. Vamos a quedarnos todo el fin de semana aquí. 

—¿Qué? -preguntó sorprendida.

—Tú y yo solos... ¡Apagamos los teléfonos! Sin twitter, sin llamadas, sin gente especulando... ¿Qué me dices?

—Qué estás loco -afirmó dándome un beso- Y lo peor es que me encantan tus ideas.

—Lo sé.

No sé de que forma me las apañé para convencerla. Pero lo hice. La banda se marchó a Madrid esa misma mañana. Y nosotros por el contrario nos quedamos a disfrutar de Sevilla lo que quedaba de fin de semana. Desconectados del mundo. Aislados totalmente. Sin nadie que nos molestara. Solos ella y yo en aquella maravillosa ciudad.


—¿Me vas a decir ya donde vamos? -pregunté curioso.

—Nacho no seas pesado -dijo sin levantar la vista de la carretera.

No le había sido difícil hacerse con un coche con el que movernos por la ciudad durante nuestra estancia aquí. Y por supuesto con el que volver a la capital. Ella era así. Adoraba mirarla mientras conducía. Esa cara de concentración no tenía desperdicio. Y moría literalmente de amor cuando lo daba todo cantando algún tema de los que sonaban en la radio.

—Cierra los ojos -ordenó.

—Malú...

—Cariño cierra los ojos -dijo dándome una palmada en el muslo.

Le hice caso. Cerré los ojos. Me encantaba cuando se ponía en plan sorpresa. Odiaba las sorpresas, pero con ella todo era bonito. Todo era diferente. Era única para hacerlo todo especial. 
Paró el coche. Me ayudó a bajar y de la mano me guió hasta el lugar que ella consideró oportuno.

—Ábrelos.

Estábamos en mitad de un circuito enorme. De karts aparentemente. Era una pista bien cuidada. Con multitud de curvas pronunciadas y amplias rectas. A simple vista parecía divertido. La verdad es que siempre me había gustado esto del motor y la velocidad. Pero no recordaba habérselo comentado nunca a ella. No sé como haría esta mujer para enterarse de todo. Pero lo hacía.

—¿Y esto?

—¿Te hace una carrera? -preguntó divertida.

—¿En serio? -contesté asombrado.

—¿Qué pasa no te atreves? -dijo con tono desafiante.

—Perdona bonita. Alonso a mi lado es un mero aficionado -comenté en plan chulesco.

—Eso ya lo veremos...

Malú conocía al dueño de aquel kartodromo a las afueras de Sevilla. Tras las presentaciones y los correspondientes saludos nos facilitó dos coches de idénticas características. Cascos y demás elementos de seguridad para salir a la pista. Estábamos solos en aquel paraíso de la velocidad.

Pasamos la tarde como dos niños con un juguete nuevo. Agotamos la gasolina en apenas tres o cuatro carreras. Y descargamos adrenalina en cantidades industriales. Menudo subidón de energía.

—Hacía mucho que no me divertía tanto -añadí entusiasmado.

—Pero has de reconocer que te he ganado.

—De casualidad -dije divertido- Además te he dado ventaja.

—Soy una crack al volante. No pasa nada por decirlo.

—Y una creída -me acerqué cariñosamente. —Pero mi creída -dije finalizando con un beso.

El resto del día fue igual de agotador. Cenamos en la terraza de un restaurante a orillas del río Guadalquivir. Conocía el sitio de haber estado con mis padres en varias ocasiones. Me gustaba bastante así que no dudé en llevarla. Sabía perfectamente que le gustaría. Y le encantó.

Era un sitio súper discreto. Con velas y luz bajita que nos proporcionaban la suficiente intimidad como para seguir compartiendo gestos y miradas sin que nadie pudiera molestarnos.

Afortunadamente para nosotros, allí nadie se fijaba en nadie. Tanto es así que de vuelta al hotel fuimos caminando cogidos de la mano. Me encantaba hacerlo. Supongo que sería porque normalmente no podíamos ir así por la calle. Era un simple gesto. Pero dicen que la vida se basa en las pequeñas cosas. Y es verdad.

A la vista de todos solo éramos una pareja más. Dos enamorados caminando por la noche sevillana. Y bien pensado, eso es lo que éramos...