Me levanté de la cama tal cual me había acostado. Es decir, totalmente desnudo. La ropa de la noche anterior se había quedado perdida por algún lugar del baño. Y el resto de mis cosas seguían en la habitación que compartía, entre comillas, con Jose de Lucía.
—Huye cobarde -gritó ella desde la cama.
—No huyo guapa. Necesito una ducha... Anoche alguien me hizo sudar demasiado -dije mirándola apoyado en el marco de la puerta del baño.
—Tendrás morro -exclamó tirándome uno de los cojines de la cama- Tus gestos de placer de anoche no parecían preocuparse por el sudor.
—Bueno ya sabes, la emoción del post concierto -dije sacándole la lengua.
—¡Te odio! -dijo riendo.
Me enamoraba incluso con esas palabras. Lo conseguía. Cualquier frase que salía de su boca sonaba dulce. Ese "te odio" cariñoso que acompañado con su gran sonrisa cambiaba por completo el significado de la palabra. Ese "te odio" que pronunciamos tantas veces entre amigos para decir totalmente lo contrario.
—¡Yo te quiero! -exclamé con entusiasmo.
Me sonrió desde la cama. Estaba guapísima esa mañana. Como siempre supongo. Me encantaba. Me encantaba verla tan natural. Sin maquillaje de por medio, completamente despeinada y recién levantada. Os juro que estaba radiante. Tenía un brillo especial en su intensa mirada. Y por si todo esto no fuera suficiente... esa sonrisa. Esa sonrisa perfecta. Esa sonrisa imborrable. Esa sonrisa capaz de volver loco a cualquiera. A mi el primero.
Me metí en la ducha. Estuve un buen rato. Relajado. Dejando que el agua recorriera mi cuerpo. Estaba viviendo en un sueño y lo sabía. Nadie elige de quien se enamora. Y yo me había enamorado de ella. De la persona que hay detrás de la artista. De esa chica sencilla que sale a la luz cuando baja de los escenarios. Sabía que iba a ser complicado. Que las circunstancias no eran fáciles. Que no podíamos ir por la calle cogidos de la mano como una pareja normal. Pero ya habíamos dado el primer paso.
Salí después de mi momento de reflexión. Me rodeé una toalla a la cintura y me dirigí de nuevo a la habitación. Malú se había vuelto a quedar dormida. O al menos eso parecía.
Me acerqué despacio. Intentando hacer el menor ruido posible. Estaba tumbada boca abajo. La sábana le llegaba a la altura de los riñones, así que tenía toda la espalda descubierta. Dejando a la vista uno de sus tatuajes. Una frase escrita con letras árabes. Laura me había contado mil veces el significado. Y no se si es que le prestaba poca atención o que, pero la verdad es que no lo recordaba.
La acaricié suavemente. Utilizando únicamente las yemas de mis dedos. Haciendo círculos sobre la tinta negra del tatuaje. Fui bajando muy despacio. Hacía dibujos sobre ella. Dejaba la mente en blanco y curiosamente me salían corazones. Cientos de corazones con mi firma descansarían en su espalda para siempre. Un escalofrío recorrió su cuerpo. Y una sonrisa que escapó de su boca delató que estaba despierta.
—¿Que dibujas? -preguntó sin moverse.
—Corazones -Respondí
—Me encantas...
No descuidé las caricias en ningún momento. Ni siquiera mientras hablábamos. Pero quise ir un poco más allá. Las empecé a combinar con pequeños besos sobre su piel. Recorriendo poco a poco cada centímetro de su espalda con mis labios. Besos que pasara lo que pasara ya serían imborrables.
—¿Que significa? -pregunté mientras besaba aquella frase.
—El mayor desafío de la vida es vivir -contestó ella.
—Es muy profundo. Pero tiene mucha razón -añadí riéndome- ¿Y por que en árabe?
Se incorporó y se giró para mirarme. Finalizando así con mi juego de besos.
—Pues... Para que cuando tu lo vieras me preguntaras su significado -dijo sonriendo.
Sonreí por esa respuesta. Me encantó. Siempre encontraba las palabras adecuadas para cada momento. Y de nuevo me miraba con esa sonrisa que me enloquecía. Nos miramos fijamente a los ojos. Nuestras miradas quedaron literalmente enganchadas. Fue ella la primera en desviarla. Me miró los labios y al momento me besó con mucha dulzura.
Dulzura que poco a poco iba convirtiéndose en pasión. Me empujó con un ligero toque de agresividad. Y a la que quise darme cuenta la tenía desnuda sentada sobre mi cuerpo. Mandando sobre mi. Teniendo todo el poder. La miré apretando los labios con fuerza. Desde esa posición podía contemplar su belleza. Era perfecta.
Empezó con el mismo juego que había dejado yo momentos antes. Miles de besos y caricias recorrieron mi torso de principio a fin. Sus labios y su lengua al contacto con mi piel eran la mejor sensación del mundo. Dejaba escapar de mi boca pequeños suspiros de placer. Esa era una de mis debilidades.
Cerré los ojos. Me relajé y me dejé contagiar por su magia. Llevaba el control y eso me ponía hasta limites insospechados. Se me notaba. Mis gestos y mis caras me delataban. Ella lo sabía y disfrutaba aprovechándose de ello. Jugaba conmigo a su antojo. Me encendía al ritmo que le apetecía. Hasta que vio que no podía aguantar más. Fue entonces cuando me hizo el amor de forma desenfrenada. Besé sus labios dejando que sus gemidos terminaran en mi boca y los míos en la suya. Por un momento creo que llegue a tocar el cielo. Lo tocamos juntos.
Nos quedamos unidos durante unos segundos. El calor hacia rato que se había unido a la fiesta. Grandes gotas de sudor se deslizaban por nuestros cuerpos, mezclándose unas con otras. Intenté calmar mi respiración. Ella me miró riéndose. Se bajó de mi como si nada y se tumbó a mi lado.
—No se para que te has duchado... -dijo mirándome con cara de niña buena.
—Te odio -dije todavía con la voz cansada.
—Mentiroso... -rió.
Alargó el brazo hasta la mesita de noche. A parte del móvil tenía también el paquete de tabaco y el mechero. Eran las tres cosas que siempre la acompañaban. Algo así como sus signos de identidad. Sacó un cigarrillo del paquete. Lo puso entre sus labios de la manera más sexy y lo encendió. Se giró hacia mi tirándome a la cara la primera bocanada de humo.
Yo hacía un montón de años que no fumaba. Antes lo hacía, pero mi ex lo odiaba. Me costó bastante dejarlo. Fue uno de los esfuerzos más grandes que tuve que hacer durante aquella relación. Lo hice por ella, el amor es así... Y no me arrepiento en absoluto. A decir verdad esa fue una las mejores cosas que Laura hizo por mi.
—¿Cuanto hace que fumas? -pregunté interesado mirándola a los ojos.
—Buff, ni me acuerdo -dijo dándole una calada- ¿Tu nunca has fumado?
—Si. Hace años. Lo dejé cuando empecé a salir con mi ex. Lo odiaba.
—Es un bonito gesto, aunque yo no se si podría ¿Nunca lo echas de menos?
—Bueno... -la miré con media sonrisa- Me he acostumbrado.
—¿Ni después del sexo? -dijo riéndose.
Me leyó el pensamiento. En momentos como este se echa de menos. Además, para mi, las ganas de encenderse un cigarrillo van en función de lo satisfactoria que haya sido la relación sexual. Cuanto más placer más ganas.
No dije nada. Simplemente la miré. Acercó sensualmente su cigarro a mi boca ofreciéndome para que fumara. No me pude negar. Le di una calada. Por una tampoco pasaba nada.
—Sabes, conozco algo más adictivo que el tabaco...
—¿El que? -preguntó curiosa.
—Tú
Ella rió sin decir nada. Me miró a los ojos. Podía percibir el cariño a través de su mirada. La pasión había vuelto a convertir este momento en un momento dulce. Tras la tempestad siempre llega la calma. Pasé mi brazo por encima de su hombro y la abracé acurrucándola en mi pecho. Besé su cabeza con ternura. Sentía la necesidad de protegerla. De tenerla así siempre. Entre mis brazos. Era como un niña. Era mi niña.
—¿Dónde has estado todo este tiempo? -dijo sin cambiar su posición.
—He estado buscándote...
El ringtone típico del iPhone comenzó a sonar amenizándonos aquel momento. Ambos reímos por la situación. Era el móvil de Malú. Ojala ese momento no hubiera terminado jamás. Quería quedarme así con ella para siempre.
Pero en algún momento había que volver. Había que enfrentarse a la realidad.
Malú descolgó el teléfono. Habló desde la cama para no deshacer la posición que teníamos. Era un amor.
Colgó tras unos minutos. Dejó el móvil y me miró.
—Era mi manager -dijo rompiendo nuestra postura y mirándome a los ojos- Tengo que quedarme un día más.
—Vaya... Al final si se me va a hacer largo el vuelo -bromeé.
—Lo siento -añadió acariciando mi mejilla.
—No pasa nada tonta. Es trabajo.
—Ya, pero me apetecía volver contigo.
—Da igual, no te vas a librar de mi tan fácilmente -aseguré yo.
—¿Ah no?
—Que va. Pasado mañana me tienes en el aeropuerto con un cartel de "Welcome to Spain" -bromeé.
—Que imbécil -dijo riendo.
—Ya, pero te encanta -susurré en su oído.
Volvimos a acurrucarnos un rato más. Me encantaba estar así con ella. Hacía que me olvidara absolutamente de todo lo que pasaba a mi alrededor. Del mundo en general. Era una sensación difícil de describir. Todo el mundo debería sentirla alguna vez en su vida.
Nos levantamos cuando se hizo la hora. Yo si que me marchaba hoy con el resto del equipo. En el mismo avión en el que lo hubiera tenido que hacer ella antes de su imprevisto.
Me vestí con la ropa de la noche anterior, la única que tenía. Todavía tenía que pasar por la otra habitación para recoger mis cosas. Malú decidió acompañarme.
Abrí con la tarjetita. Jose aún estaba durmiendo. Nos miramos riéndonos. Se mordió el labio con un gesto pensativo que se fue transformando en travieso conforme pasaban los segundos.
Se acercó hasta la cama. Se subió de pie en ella y se puso a saltar para despertarlo. Me reí al verla.
—¡Hermanitoo! ¡Despierta! -gritó sin dejar de saltar.
Jose abrió los ojos desconcertado. Seguramente con resaca de la noche anterior. Lo último que supimos de él es que se fue a celebrar el éxito del concierto por bares de copas.
—¿Que pasa? -Preguntó él.
Malú paró de dar saltitos y se sentó por fin en la cama.
—Eso digo yo. ¿Anoche bien no? -dijo ella.
—Déjame dormir -concluyó él tapándose la cabeza con la sábana.
—¡Joder Jose! ¡Vas a perder el avión! -exclamó con tono de enfado.
Se incorporó de un saltó al escuchar sus palabras. Nos miró a ambos algo extrañado de vernos allí.
—¿Que hora es? -preguntó asustado.
—Tranquilo. No le hagas caso a tu hermana. Vamos bien de hora -dije yo calmando los ánimos.
—Joder, que susto. Te has levantado graciosilla... -me miró- ¿que le hiciste anoche?
—Y a ti que te importa ¡fantasma! -se adelantó ella dándole un golpe.
—Oye Nacho ¿Tú estás seguro de que te gusta la loca de mi hermana? -dijo dirigiéndose a mi- Huye, aún estás a tiempo
Me reí por el comentario. Los tres lo hicimos. Malú me miró a la espera de mi contestación.
—No me gusta... Me encanta -dije dándole un beso.
—Mm no empecéis con el rollito empalagoso, que mi Vane no está aquí -protestó él.
—Tengo una amiga que es una santa, no se como te aguanta -dijo divertida.
—Que graciosa estás desde que tienes sexo -bromeó
—Eres un gilipollas -dijo volviendo a pegarle.
—¡Te has pasado! -se quejó.
—¡Pues deja de decir gilipolleces y levántate de una puta vez! -ordenó ella.
Yo me reí al verla así. Me encantaba cuando se ponía así de seria. Jose se levantó y se fue a la ducha, dejándonos solos.
—Me encanta cuando te pones de mala leche.
—En el fondo le quiero. Tú también tienes un hermano. ¿Me entiendes no?
No se en que momento la puse al día con mi vida. Pero estaba claro que lo había hecho.
—Te entiendo perfectamente.
Malú sacó su móvil del bolsillo. Miró algo en la pantalla y volvió a dirigirse a mi.
—Cariño, tengo que irme...
—¿Me has llamado cariño? -pregunté sorprendido.
Me acerqué a ella. La rodeé por la cintura y la pegué a mi. Juntando nuestros cuerpos. La miré a los ojos en esa corta distancia que nos separaba.
—Se me ha escapado... -dijo algo avergonzada.
—Pues me encanta -sonreí finalizando con un beso.
Me respondió al beso. No queríamos separarnos, pero teníamos que hacerlo. Fue ella la que dio el primer paso.
—¿Hablamos vale? -dijo separándose.
Nos despedimos con un último beso. Y finalmente se marchó. Dejando lo nuestro más vivo que nunca. Me despedía de aquella aventura. De aquel viaje que había sido inolvidable gracias a ella.
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