El concierto terminó por todo lo alto. A lo grande como nos tenía acostumbrados. No era nada raro. Esta mujer era la única capaz de hacer vibrar a miles y miles de personas con su voz y su arte. La gente fuera no se cansaba de gritar su nombre. Además lo hacían de forma coordinada. Todos a una voz, al unísono. Y eso era algo que conseguía ponerme los pelos de punta.
Bajó del escenario por la parte de atrás. Directa al backstage. Allí estaba yo, mirándola con esa cara de tonto que últimamente se me ponía al verla. Me miró sonriente. Resoplando, soltando toda la tensión acumulada. Al igual que en el palacio vino corriendo hacia mi y dio un salto para que la cogiera. Así lo hice. La cogí en el aire y la abracé con muchas ganas. Un gran grito de entusiasmo salió de su boca. Nos separamos pronto para no dar demasiado el cante delante de los demás compañeros. Disimulamos de la mejor forma posible.
—¡Felicidades jefa! -dije sonriendo.
—Gracias -dijo guiñándome un ojo.
En cuestión de segundos todo se llenó de gente. Gente del equipo que también querían felicitarla por su actuación. "Enhorabuena jefa" fueron las dos palabras más repetidas en ese corto intervalo de tiempo. También lo hicieron los miembros de su banda. A los cuales yo también felicité. Juntos formaban un equipo inmejorable. Y eso se demostraba encima de los escenarios, como hacían ellos.
Desprendían felicidad por los cuatro costados. Y la transmitían. De hecho podía sentir más cerca que nunca aquella cantidad de emociones en mi propia piel. Eso era el trabajo bien hecho. El esfuerzo que se veía recompensado en forma de éxito.
—¿Bueno que? Esto habrá que celebrarlo -Dijo entusiasmado uno de los miembros de la banda.
—Celebrar por México... Menudo peligro -Comentó Rubén.
—Que te lo digan a ti guapo -dijo Malú dándole una palmadita en la espalda.
—Mientras que no vayamos al sitio de aquella vez -añadió el pianista.
Los miré sonriente mientras comentaban sus antiguas juergas por México DF. No quise interrumpir aquella conversación. No era quien para hacerlo. Pero a decir verdad, yo solo podía pensar en ella. En nosotros. En aquellas palabras del concierto. Pronto la gente se empezó a dispersar y quedaron solamente los músicos.
—Ir donde queráis, pero tener cuidado, no quiero quedarme sin banda precisamente ahora -advirtió ella.
—¿Tu no vienes? -se interesó uno de ellos.
—Estoy cansada -dijo mirándome a mi.
—Estás mayor hermanita -añadió Jose.
—Yo también te quiero -vaciló ella.
—¿Nacho tu te apuntas? -preguntó Jose.
Creo que lo hizo básicamente por disimular delante del resto. Pero sabía perfectamente la respuesta. Sabía perfectamente con quien quería celebrarlo yo. Esta noche tenía que ser únicamente nuestra. De los dos. El guitarrista me hizo un gesto cómplice.
—Que va tío. Estoy muerto. Me voy a ir al hotel a descansar -comenté.
—Sois unos muermos -dijo Rubén.
En ese momento les avisaron para que comenzaran a recoger los instrumentos. Los chicos se despidieron y se fueron de nuevo hacia el escenario donde tenían todo.
—¡Pasarlo bien! -gritó Malú para que la oyeran.
—No les animes. Están en el país del tequila... -dije divertido.
—Al final me voy a tener que poner seria.
—Puff con lo que me pone a mi eso -le susurré al oído.
Una sonrisa pícara se dibujó en su boca. Levantó la mirada y me pegó una palmada cariñosa en el pecho.
—Capullo -añadió entre risas.
—Guapa.
—Anda tira. Me voy a cambiar.
—Te veo en el hotel -añadí.
—¿No me esperas? -preguntó ella.
—¿Que pensaría tu chófer si nos tuviera que llevar a los dos solos al hotel mientras todo el mundo se va a celebrar el éxito?
Se quedó pensativa durante unos segundos y pronto se echó a reír.
—Ehh... Mejor espérame allí. Vamos al camerino y te doy la tarjeta.
Fuimos hasta su camerino. El que le habían preparado para el concierto de esta noche. Una sala acondicionada para la ocasión. No era demasiado grande. Pero era acogedora. Y lo que era más importante, en aquella sala por fin estábamos solos. Sin gente pasando por nuestro lado a cada segundo. Sin nadie que nos molestara ni nos interrumpiera.
Entré cerrando la puerta. No pude evitar lanzarme a su boca. Un impulso me obligó a hacerlo. Tal vez el imán que poseían sus labios. No le pilló desprevenida. Me besó también. Por su rápida respuesta intuí que sabía perfectamente lo que iba a hacer. Empezaba a conocerme.
Tras unos segundos de besos sin medida me separé de ella. Puse mis manos a ambos lados de su cara. Cogiéndola por completo. Teniéndola literalmente entre mis manos. Le acaricié las mejillas con suavidad.
—Necesitaba esto... -dije clavando mi mirada en la suya.
—Yo también.
—Me has vuelto loco con la dedicatoria en la canción de "Ahora tú"
—En realidad no hay palabras para agradecerte tanto. Pero te la debía -dijo ella sin apartarme la mirada- Además... Solo he dicho lo que siento
—¿Y que sientes?
—Que yo también te quiero -susurró en mi oído.
Ante esa respuesta no pude hacer nada más que sonreír. Sonreír como un tonto. Un cóctel de emociones me invadió por completo. Se mezclaban sin que pudiera distinguir unas de otras. Pero todas se resumían en una... Felicidad máxima. Lo había dicho. Lo había dicho en voz alta. Me lo había dicho a mi. Casi me da un vuelco el corazón. De hecho creo que por un momento se me paró.
La miré fijamente. Durante unos segundos no nos dijimos nada. Nuestra ya habitual manía de entendernos con solo mirarnos. Me acerqué a sus labios lentamente hasta juntarlos de nuevo con los míos. Nos besamos de manera apasionada. De manera intensa.
Era maravilloso. Ella era maravillosa. No quería que terminara ese momento. Parecía que no existía nadie más en el mundo. Pero no era así. Y como no era así, alguien tocó la puerta. Aquel sonido nos devolvió al mundo real. Reaccionamos separándonos rápidamente. Pero la puerta no se abrió. Sin embargo una voz se distinguió al otro lado.
—¿Malú? ¿Puedo pasar?
Malú me miró algo sobresaltada. Puso cara de susto. Sus ojos también la delataron. En ellos pude leer algo como... "Si entra la hemos liado"
—¡¡Un momento, ya voy!! -gritó ella- Es Rosa, mi manager. Espera dos minutos y sal detrás de mi -me ordenó en voz bajita.
—¡La tarjeta! -le recordé utilizando el mismo tono de voz.
Me dio la tarjeta de la suite del hotel y salió fuera del camerino para atender a su manager. Confié en que le hubiera dado tiempo en dos minutos a alejarla de la puerta. Salí convencido. Afortunadamente no me crucé con nadie.
Me pillé un taxi para volver al hotel. Subí directamente a la habitación de Malú. De camino me había dado tiempo a planear una de mis sorpresas románticas. Su habitación era una suite. Y como toda suite disponía de una gran bañera de hidromasaje que quitaba el sentido. La llené hasta arriba del todo con agua caliente.
Con todo preparado solo tenía que esperar su llegada, la cual no tardó mucho en producirse. Escuché que la puerta se abría. Debía llevar otra tarjetita. Me dirigí hacia allí para encontrarme con ella. Entró con su amplia sonrisa saludándome.
—¡Hola!
—Espera, espera, cierra los ojos -me anticipé a decir.
Le tapé los ojos con las dos manos. Me coloqué justo detrás de ella. La dirigí hacia el baño. Mis pasos sirvieron para que los suyos se encaminaran hacia el lugar correcto.
—No mires eh -insistí yo.
—Nacho, que miedo me das -dijo ella con tono gracioso.
Cuando estuvimos delante paré haciendo que ella parara también.
—No es nada malo... Es solo que se me ha ocurrido una buena manera de celebrarlo... -dije quitando mis manos de sus ojos.
Sonrió al ver aquello. A parte de llenar la bañera, había preparado champán del minibar. No imaginaba otro plan mejor. Se giró hacia mi. Me miró mordiéndose el labio inferior. Gesto que consiguió enloquecerme un poquito más.
—Me encanta... -pronunció finalmente antes de besarme- ¿me esperas dentro? Tardo dos segundos.
Salió del baño dejándome allí. Y no. No tardó dos segundos. Pero ese fue el tiempo que yo necesité para quitarme la ropa y meterme dentro del agua. Llené las copas con champán y las dejé al borde de la bañera.
Apenas unos segundos después llegó ella. Esta vez más ligera de ropa. Concretamente en ropa interior. Llevaba un conjunto de color negro, con detalles de encajes que lo hacían todavía más sexy. Como si no fuera bastante sexy el hecho de que lo llevara ella. Eso si que era el cuerpo del delito.
La miré con deseo. Con mucho deseo. Ella lo sabia. Se sentía poderosa. Sabia perfectamente como provocarme. Y lo conseguía. Armas de mujer supongo. Me miró con carita de niña buena. Como si no hubiera roto un plato en su vida. Me encantaba esa cara. Era para comérsela. Y si, en ese momento me la habría comido enterita.
Se acercó despacio deshaciéndose de su ropa interior. Primero el sujetador. Lo deslizó por sus brazos y lo lanzó hacia atrás sin pararse a mirar donde caía. Después llevó a cabo el mismo proceso con el tanga. Se lo quitó sin prisas. Mientras lo hacia me miraba mordiéndose el labio con gesto sensual. Tenía la clara intención de ponerme malísimo sin hacer un gran esfuerzo. Y lo estaba consiguiendo. Mi temperatura subía a un ritmo que pronto no podría controlar.
Se adentró en el agua y se relajó apoyando su cabeza en mi pecho. Cogí una de las copas y se la di.
—¿Un brindis? -propuse cogiendo la otra copa.
—¿Por que? -preguntó ella.
—Por el pedazo de concierto que te has marcado hoy...
—Mejor por esta noche. Por lo que está por venir -añadió.
Brindamos chocando nuestras copas. Todavía no había terminado de beber cuando Malú me quitó la copa para dejarla de nuevo en el borde de la bañera. Hizo un movimiento para quedar sentada sobre mi cuerpo. Atacó mis labios. Nuestras lenguas bailaban al compás de nuestros besos. Se entendían solas. Encajaban a la perfección como dos piezas de puzzle.
Me incorporé un poco sin bajarla de encima. La sujeté de la espalda para tenerla controlada. Ella se agarró a mi cuello. Cogí una de las copas. No se cual de las dos. En realidad eso me daba igual. Dejé caer el champán por su cuello y por su pecho. Bebí de su cuerpo. Despacio. Muy despacio. Los hombres también tenemos nuestras propias armas. Notaba en su cara y en sus gestos como subía su temperatura. Como se volvía loca con cada roce de mi lengua en su piel. Como dejaba escapar de su boca algún gemido ahogado.
Salimos cuando nos cansamos de estar dentro del agua. Sin secarnos fuimos hasta la cama. Llenando el camino de continuos besos y caricias. Caímos juntos sobre el colchón, mojando todo lo que venía a nuestro paso.
—Hazme el amor -dijo mirándome fijamente a los ojos.
Ese "hazme el amor" pronunciado por ella era realmente especial. Por supuesto en modo imperativo como era habitual en ella. Ejercía de jefa incluso en momentos como este. Pero eso me ponía mucho.
—¿Que prisa tienes? Tenemos toda la noche... -añadí yo.
—Tenemos toda la noche para hacerlo una... y otra... y otra vez más...
Intercalaba sus palabras con pequeños mordiscos en el lóbulo de mi oreja derecha.
Me reí por lo que acababa de decir. No dejaba de sorprenderme nunca. Me encantaba lo que iba descubriendo de ella. Cuando pensaba que no podía ser más perfecta me demostraba que me equivocaba. Allí estaba ella para cambiarlo todo con una de sus sonrisas.
Esa noche por supuesto consiguió su propósito. No recuerdo las veces que hicimos el amor. Una y otra y otra... Nos vimos inmersos en una vorágine de emociones y sensaciones donde el placer era el principal protagonista. Nuestra sed de deseo no se saciaba fácilmente.
El cansancio fue el único capaz de conseguirlo. El único capaz de derrotar nuestras ganas de seguir queriéndonos. Estábamos exhaustos. Caímos rendidos al cuarto o quinto asalto. Desnudos sobre aquel colchón todavía húmedo por el agua y el sudor de nuestros cuerpos. Cubiertos solamente por una fina sábana de color beige.
Me desperté a la mañana. Cuando el fresco del amanecer se empezó a notar en la habitación. Miré hacia mi lado. Malú dormía placidamente como una niña. Cogí el edredón que habíamos apartado a los pies de la cama y se lo eché por encima con cuidado de no despertarla. Me quedé mirándola atontado. Abrió los ojos perezosa.
—Buenos días princesa -dije en tono bajito.
—Mm buenos días -respondió desperezándose- ¿Que hora es?
—Todavía es pronto. Puedes dormir un rato más
—Da igual, me reservo para el avión.
—Yo voy a hacer lo mismo. Es la única forma de olvidarme de que estoy volando.
—Bueno, como vamos en el mismo avión... Te escapas del grupo y te vienes conmigo -propuso ella sonriendo.
—Eso es muy tentador...
—Lo se. Se que no puedes resistirte a mis encantos -bromeó.
—Creida -dije acercándome a sus labios.
—¿Yo? En absoluto.
—Si tu. Y mucho.
Me acerqué más todavía y cuando estuve a punto de rozarlos me separé.
—¿Tu eres un poco cabrón no?
—Anoche no me decías lo mismo... -dije riendo.
—Ya. Es que los post conciertos son muy malos.
—Anda, me voy a la ducha -dije ahora si dándole un beso.
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